Ernesto Mayz
Vallenilla
EL HOMBRE Y SU OBRA
Alfredo D. Vallota
avallota@cantv.net
Ernesto
Mayz Vallenilla nació en Maracaibo, Estado Zulia, el año 1925. Realizó
sus estudios de Secundaria en el Liceo de Aplicación, el Liceo Fermín
Toro y el Liceo Andrés Bello de Caracas. Su título de Licenciado en
Filosofía lo obtuvo en la Universidad Central de Venezuela, como
integrante de la Primera Promoción de la Facultad de Filosofía y Letras,
el año 1950. También en la Universidad Central de Venezuela obtuvo su título
de Doctor en Filosofía y Letras, Mención Filosofía, el año 1954. Hizo
estudios de postgrado en las Universidades alemanas de Göttingen,
Freiburg im Br. y München. Ha sido maestro de brillantes promociones
venezolanas y autor de numerosos libros que representan valiosas y
originales contribuciones a la Filosofía de nuestro tiempo. Fue
Rector-Fundador de la Universidad Simón Bolívar, Caracas, 1969-1979;
Presidente-Fundador de la Sociedad Venezolana de Filosofía; Presidente de
la Sociedad Interamericana de Filosofía; Miembro del Comité Directivo de
la Federación Internacional de Sociedades de Filosofía (FISP); Miembro
del Instituto Internacional de Filosofía; Miembro de la Kant
Gessellschaft, Alemania; Miembro de la
Gottfried-Wilhelm-Leibniz-Gesselschaft, Alemania; Miembro de la Societé
Européenne de Culture, Italia; Miembro de la Comisión Rectoral de la
Universidad Central de Venezuela (1958-1959); Miembro Fundador y Miembro
del Directorio del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y
Tecnológicas (CONICIT) (1969-1975); Director de la Escuela de Filosofía
de la Universidad Central de Venezuela; Miembro del Instituto de Filosofía
de la Universidad Central de Venezuela; Profesor Titular de la Universidad
Central de Venezuela; Profesor Titular de la Universidad Simón Bolívar;
Jardinero de la Universidad Simón Bolívar (1995); Profesor Titular
(1985-2000) y Profesor Emérito del Instituto de Estudios Avanzados
(IDEA); Profesor Titular de la Cátedra Unesco de Filosofía (1996).
Desarrollo
histórico de su obra
El
primer libro publicado por Mayz Vallenilla es un estudio sobre La Idea de la Estructura Psíquica en Dilthey (1949). En 1956 sale a
la luz la Fenomenología del
Conocimiento, su Tesis Doctoral, que es una minuciosa y rigurosa
investigación acerca del problema crucial de la constitución del objeto
en el campo de la conciencia, a partir del estudio e interpretación de la
Fenomenología de Husserl. Reeditada en 1976, esta obra tuvo una
importante acogida entre los estudiosos de la filosofía de Husserl. Ha
sido recomendada por Jean Wahl en sus cursos sobre Fenomenología en La
Sorbonne y citada como un clásico por Herbert Spiegelberg en The
Phenomenological Movement: A Historical Introduction. Alain Guy, en su
Panorama de la Philosophie Iberoamericaine, se refiere a ella como
una de las obras más fieles al pensamiento husserliano, dedicándole una
sección especial. También es citada en varios artículos del Diccionario de Filosofía de J. Ferrater Mora. La interpretación de
la obra de Husserl, presentada por Mayz Vallenilla en la Fenomenología del Conocimiento, introduce en el análisis de las
complejas estructuras vivenciales que integran la urdimbre de la
constitución del objeto en la conciencia. Mayz Vallenilla no trata de
abordar todos los problemas relativos a las diversas y posibles
constituciones del objeto sino que concentra su investigación en el
problema de la constitución del objeto
real, entresacando de las cuestiones adyacentes a este tema únicamente
aquéllas que se encuentran en relación directa con él, como son los de
la verdad y existencia
en el objeto constituido.
Esta tarea es llevada a cabo extremando el rigor del procedimiento hermenéutico
y atisbando allí donde el indicio textual proporciona ocasión adecuada
para el desenvolvimiento del pensamiento husserliano, ya sea interpretándolo
textualmente, o vislumbrando y completando lo que apenas se insinúa.
La Ontología
del Conocimiento, publicada en 1960, es el primer intento, que al
nivel mundial se hizo de una investigación ontológica-existenciaria del
conocimiento, basada en el pensamiento de Martin Heidegger. Antes que una
mera exégesis, tiene más bien el sentido de un esfuerzo hermenéutico.
El
problema que esta obra aborda –el del posible diseño de una Ontología del Conocimiento– si bien está prefigurado en
Heidegger, e incluso es posible filiarlo con su propio intento, es sin
embargo una vertiente que, a la postre, el pensador alemán no desarrolla
enteramente. Heidegger sienta las bases, prepara el terreno, e incluso señala
sus posibles metas, pero el problema en cuanto tal no llega a ser tratado
en la total dimensión que exige su propia contextura. La investigación
de Mayz Vallenilla, por el contrario, se centra rigurosamente sobre el fenómeno
en cuestión. En tal sentido, su intención no es otra que la de reasumir
el caudal del pensamiento heideggeriano y, desde sus bases, plantear en
forma explícita y temática los problemas inherentes a una auténtica y
rigurosa Ontología del Conocimiento.
En El
Problema de la Nada en Kant, de 1965, Mayz Vallenilla dirige su
pensamiento hacia la noción de la Nada, que desde Parménides es una de
las nociones fundamentales de la filosofía. Este libro toma como punto de
referencia para centrar su análisis el tratamiento de la noción de la
Nada que se encuentra en la Crítica
de la Razón Pura, al final de la “Analítica Transcendental”. A
partir de ello, Mayz Vallenilla intenta fundamentar su propia tentativa de
pensar la Nada desde el Tiempo... y, recíprocamente, de comprender el
Tiempo desde el horizonte de la propia Nada. Es a partir de esta zona
fronteriza, entre ella y los entes, haciendo hincapié en la diferencia
ontológica, que la Nada alcanza a manifestar su negatividad positiva, originaria
y absoluta. Con ello Mayz
Vallenilla va más allá de los horizontes del pensamiento heideggeriano.
En Del
Hombre y su Alienación, publicada en 1966, se confrontan las
concepciones de Marx y Heidegger sobre la alienación.
Con este libro inicia Mayz Vallenilla el tratamiento del tema de la
ciencia y de la técnica que, a través de varias etapas críticas y
autocríticas, culmina en su pensamiento actual. En ese camino se
encuentra el opúsculo titulado Hacia un Nuevo Humanismo –publicado en 1970– que reúne la lección
“La Idea de Filosofía” y el Discurso de Orden “Eros y Técnica”.
El
Esbozo de una Crítica de la Razón Técnica, de 1974, recoge varios
trabajos preparatorios de una “Crítica de la Razón Técnica”, frente a la Crítica de la Razón Pura kantiana,
con sus correspondientes nuevas categorías y principios. La “Crítica
de la Razón Técnica” aborda también las vinculaciones de la técnica
con el Humanismo y con el Eros, temas estos que son desarrollados en obras
posteriores.
La
cuestión del afán de poder,
como raíz de la técnica, es estudiada en El Dominio del Poder (1982), donde Mayz Vallenilla intenta bosquejar
una ética frente a los vicios y excesos del afán de poder, esto es, del uso incontrolable por el hombre de los
instrumentos de la técnica. La Ratio
Technica (1983) completa el tratamiento del tema anunciado en el Esbozo
de una Crítica de la Razón Técnica. En ella se muestra el logos
técnico como principio ductor y organizativo de nuestro tiempo.
Otra
vertiente hacia la cual Mayz Vallenilla ha dirigido su pensamiento es el
problema de la Educación y, de manera destacada, el de la Universidad y
su vigencia como institución en el mundo contemporáneo. Una pluralidad
de obras se ocupa de estas cuestiones: Formas
e Ideales de la Enseñanza Universitaria en Alemania (1953); La Enseñanza de la Filosofía
en Venezuela (1955);
Universidad, Ciencia y Técnica (1956); Universidad
y Humanismo (1957); Universidad,
Pueblo y Saber (1958); La
Formación del Profesorado Universitario (1959); De
la Universidad y su Teoría (1967); Diagnóstico
de la Universidad (1968); Sentido
y Objetivos de la Enseñanza Superior (1970); La Crisis Universitaria y Nuestro Tiempo (1970); Arquetipos
e Ideales de la Educación (1971); La
Universidad y el Futuro (1972); La
Universidad en el Mundo Tecnológico (1972); Examen
de la Universidad (1973); Mensaje
del Rector a la Primera Promoción (1974); Esbozo
de una Crítica de la Razón Técnica (1974); Hombre
y Naturaleza (1975); Misión de
la Universidad Latinoamericana (1976); Ratio
Technica (1983); El Ocaso de las
Universidades (1984); El Sueño
del Futuro (1984); Pasión y
Rigor de una Utopía (1989); Invitación
al Pensar del Siglo XXI (1998); Travesías
del Pensar (1999). No obstante, la obra fundamental de la reflexión
de Mayz Vallenilla en torno a la Universidad es El
Ocaso de las Universidades (1984). Allí se propone una concepción
radicalmente novedosa de la Universidad, que supera su noción tradicional
y los fundamentos de la misma, como consecuencia de una meditación sobre
los efectos de la ratio technica
en el ordenamiento de las estructuras organizativas de la Universidad.
Fundamental
en los intentos de elaborar un pensamiento filosófico original de América
Latina es El Problema de América (1959).
Como respuesta al problema de la falta de originalidad del pensamiento
latinoamericano, Mayz Vallenilla sostiene que el único recurso al que
pueden recurrir los latinoamericanos para ser originales y originarios en
sus creaciones es entregarse a vivir lo más auténticamente posible su
propio modo de ser... habitantes de
un Nuevo Mundo. En tal sentido, los latinoamericanos sólo pueden
alcanzar la originariedad de su
propio ser hombres del Nuevo Mundo
(y, con ello, un estilo histórico original dentro de la Historia
Universal) siendo fieles a su auténtica conciencia histórica de ser
habitantes de un Nuevo Mundo, asumiendo tal conciencia con radicalidad y sin
traicionarse a sí mismos. Para Mayz Vallenilla el ser americano es un ser
histórico que, como tal, sólo puede revelarse pacientemente en el tiempo
y en la historia. Por ello, los intentos programáticamente
“originales” de descubrir América, o de reconquistar un pasado que no
le pertenece, para fijar allí la originariedad
de los latinoamericanos, son denunciados por él como ilusorios y
equivocados. Fiel a ello, Mayz Vallenilla hace un llamado para que los
latinoamericanos permitan activamente que Latinoamérica se manifieste,
desde sí misma y por sí misma, en su “originariedad”... logrando, de
tal manera, que la experiencia del
ser venga a la luz a través de un tiempo extasiado de futuro, lo cual
no implica un quietismo, o una actitud únicamente receptiva... sino, por
el contrario, una acción, intelectual y práctica, eminente y
necesariamente creadora. En tal sentido, la actitud propugnada por Mayz
Vallenilla se condensa en el enunciado: “por ser americanos, ya en
nuestro ‘ser’ nos está dada la comprensión original de América”.
De esta manera, El Problema de América propone una hermenéutica existenciaria del
ser americanos –hombres del Nuevo
Mundo– pues la vía para buscar una auténtica comprensión de América
debe fundarse en el factum de
que el “ser” de los americanos tiene ya, en cada caso, una comprensión
originaria de América en la que se halla implícita el sentido de ser
nuevo –original– del Nuevo Mundo. De acuerdo con esto, el camino a recorrer es “dejar
que el sentido del ser original de América venga a la luz mediante la
analítica existenciaria de nuestra pre-ontológica comprensión de
seres-en-un-nuevo-mundo”.
La obra
fundamental de Mayz Vallenilla, hacia la cual conduce el camino iniciado
en Del Hombre y su Alienación,
e incluso antes, son sus Fundamentos
de la Meta-Técnica (1990). Esta obra es, sin duda alguna, tanto por
la originalidad de sus planteamientos filosóficos, como por sus
proyecciones científicas, culturales y antropológicas, la más
importante y fundamental de Mayz Vallenilla. Según el autor, la razón
y la racionalidad humanas, cuya
genealogía y límites óptico-lumínicos
han prevalecido hasta nuestros propios días, se ven hoy radicalmente
modificadas y sustituidas por un logos
trans-óptico, trans-lumínico y trans-humano,
diseñado y construido por el propio hombre con la ayuda de instrumentos técnicos
que, a su vez, trascienden y modifican los límites antropomórficos, antropocéntricos
y geocéntricos que ostentaban
la razón y la racionalidad humanas tradicionales, tanto en lo relativo a sus Principios
como en sus Categorías.
Esta
radical modificación, de acuerdo con lo que señala el autor a lo largo
de su obra, afecta y transmuta paralelamente tanto los Fundamentos
de las Ciencias, como los de todas las Instituciones
creadas por el hombre con la ayuda de su innata
razón y su correspondiente racionalidad
tradicional, incluidos en los fundamentos
del lenguaje humano y sus sintaxis,
como sustentáculos o bases de las creaciones, obras e instituciones
humanas. De aquí surge la propuesta de una Nootecnia
como disciplina y/o procedimiento traductor de la vieja a la nueva racionalidad... y a sus correspondientes categorías, instrumentos y
creaciones.
En la extensa obra filosófica
del Dr. Ernesto Mayz Vallenilla, que abarca tanto temas estrictamente de
la disciplina como esfuerzos para dibujar una perspectiva latinoamericana
con valor universal, así como preocupaciones educativas, políticas y
sociales, es posible destacar tres grandes etapas. La primera, etapa de
iniciación y exégesis, fue dedicada al estudio de las grandes figuras de
la filosofía, especialmente alemana, que dieron lugar a obras de
reconocida valía que no se limitaron al mero comentario. Entre las
figuras que ocuparon especialmente su reflexión encontramos a Dilthey,
Kant, Husserl y Heidegger en cuyo trato Mayz adquirió las herramientas
necesarias para un pensamiento riguroso, aunque sin abandonar nunca la
identidad venezolana y latinoamericana, hondamente enraizada en su
personalidad. La segunda fue dedicada a su reflexión en torno a la Técnica
y, derivada de ésta, la tercera en la que desarrolla su revolucionaria
propuesta de la Meta-técnica
Del primer período
destacan obras como El Problema de la nada en Kant, que fuera
recomendada para su publicación por el mismo Heidegger, de quien Mayz fue
alumno y discípulo, y que generara una perspectiva no vista antes en el
pensamiento del filósofo de Koenigsberg. En ella, Mayz realiza un
verdadero y novedoso aporte a la lectura de Kant, cuyo estudio había
iniciado siendo aún estudiante. De su trato con el pensamiento
husserliano, motivo de sus estudios doctorales en Alemania, resultó la Fenomenología
del Conocimiento, una obra que se convirtió en el tema central del
curso que diera Jean Wahl sobre Husserl en La Sorbonne, a finales de la década
del 50, y que llevó a Mayz a ser incluido entre los más notables
miembros de la tradición fenomenológica en América. El paso siguiente,
derivado de un trato personal y académico, fue adentrarse en el mundo
heideggeriano y, como fruto de ello, Mayz escribió su Ontología del
Conocimiento, un tema cuyo diseño es posible encontrar en Heidegger
pero que nunca fuera desarrollado por el filósofo alemán y que Mayz
materializa, confirmando su valía como pensador, enraizado fuertemente en
la más sólida tradición filosófica aunque, reiteramos, sin abandonar
su independencia y sus originales perspectivas.
Por razones de natural
limitación, queremos centrarnos en esta presentación de Ernesto Mayz
Vallenilla en dos aspectos de su obra que, desde nuestra perspectiva,
estimamos de interés prioritario, sin dejar por ello de hacer notar sus
aportes destacados en otros aspectos del filosofar, así como rastrear, en
su trato y diálogo intelectual con los grandes pensadores, la maestría
necesaria para el arte de pensar por cuenta propia. Nos referiremos por
ello a una breve presentación de su visión del ser latinoamericano y a
lo que constituyen lo que clasificamos como sus segunda y tercera etapas:
su desarrollo filosófico del pensamiento en torno a la Técnica, que
culmina en su propuesta más lograda: el Logos Meta-técnico.
El
ser latinoamericano
En este sentido, los
trabajos de Mayz se han constituido en uno de los intentos mejor logrados
de delinear el ser del latinoamericano y las posibilidades de generar,
desde nuestra propia perspectiva, una filosofía original. Sus
ideas están expuestas principalmente en dos obras que son ya clásicas, Examen
de nuestra conciencia cultural y El Problema de América,
que le acarrearon justa fama, como lo atestigua el homenaje internacional
que le hiciera la Sociedad Argentina de Filosofía en el año 2001.
En estos dos trabajos Mayz elaboró la fórmula para definir el ser histórico
del hombre latinoamericano como el de un no-ser-siempre-todavía,
con lo cual intenta captar aquello que nos caracteriza, valga decir, la de
ser un ser siempre a la expectativa, con un pasado
cuasi-ausente, un presente acongojado por la existencia y la incertidumbre
del futuro (1992: 26-30).
Mayz pretende delinear
un examen de la conciencia histórico-cultural latinoamericana, a partir
de la estructura fundamental del mundo circundante en el que estamos
inmersos. Esta conciencia cultural, que se nos presenta con una perfecta
espontaneidad, se manifiesta como una voz que nos revela nuestra
historia, nuestro problemático puesto en la historia y nuestra
historicidad, es decir, la necesaria conexión de nuestro Presente con
nuestro Pasado y nuestro Porvenir. Nuestra actitud histórica, la manera
en que los latinoamericanos hacemos frente a los éxtasis de la
temporalidad, la define Mayz en estos términos:
En efecto, nosotros
–los latinoamericanos de hoy que gestamos las obras de un quehacer
cultural determinado– con respecto a aquello que pudiera ser
considerado como nuestro Pasado cultural (vale decir, nuestras
“herencias” culturales) vivimos notando que ellas no están
ausentes ni presentes en nuestro quehacer actual, sino que ya se
aparecen, ya desaparecen, sin llegar a estar ausentes ni presentes por
completo, sino...con una presencia cuasi-ausente (1992: 28.
Destacado en el original).
En esta presencia
cuasi-ausente del Pasado en nuestro Presente encuentra Mayz la raíz
del criollismo, ese fenómeno vital que, sin poder olvidar totalmente el
pasado, vive el presente en un Nuevo Mundo que, con sus demandas,
impide que el Pasado se convierta en una verdadera tradición que
interprete, diseñe o modele nuestras acciones. En consecuencia, lo que
actúa poderosa y decisivamente en nuestra acción es el Presente (1992:
30). Este Presente es nuestro Nuevo Mundo, en el cual las cosas del
Viejo Mundo se nos presentan como cosas de un museo del pasado, ni
ausentes ni presentes, que no terminan por ser totalmente vigentes,
actuantes y determinantes para nuestra actualidad, lo que nos hace sentir al
margen de la historia y nos pone a actuar con un temple de radical
precariedad, es decir, de inseguridad, zozobra e inestabilidad. El
Futuro, como condición de posibilidad fundante de un Presente que está
al margen de la historia, puesto que adviene desde un Pasado que no es
rigurosamente ni ausente ni presente, se muestra entonces como un no-ser-todavía,
valga decir, como una expectativa que nos ha de llegar,
patentizando el mundo como algo siempre nuevo y por llegar a ser ante
nosotros.
En esta radical
precariedad histórica, en este siempre no-ser-todavía, Mayz
encuentra la raíz de la eventual búsqueda de originalidad, del crear una
cultura original, afán que nuestra América persigue para conseguir
un puesto en la Historia Universal. Pero esta búsqueda de originalidad,
o de originariedad, no debe confundirse con la falta de claridad en
el planteo, como un pretendido ser programáticamente originales, ni
tampoco con el buscar un pretérito que, a pesar de serlo, nos sea ajeno e
implique la renuncia al pasado que nos es propio. Por el contrario, aquélla
tensa y paradójica condición debe llevarnos a vivir lo más auténticamente
posible nuestro propio modo de ser... hombres de un Nuevo Mundo (1992:
43) puesto que, por ser latinoamericanos, ya en este nuestro ser
nos está dada la comprensión original de América, comprensión
pre-ontológica que, necesariamente, debemos iluminar nosotros mismos.
Puesto a dilucidar lo nuevo
del Nuevo Mundo, Mayz no lo descubre en el conjunto de cosas y entes
intra-mundanos, sino en la propia existencia del hombre latinoamericano,
en ese temple de conciencia al que hemos hecho referencia y que define una
nueva concepción de mundo, que no es otra que aquella en la que el
mundo aparece como nuevo y frente a la cual resulta fundamental el estar
a la expectativa. Este vivir a la expectativa no significa, sin
embargo, que no somos todavía, sino que nuestro modo de ser-en-el-nuevo-mundo
es precisamente un permanente y reiterado no-ser-siempre-todavía,
es decir, hombres expectantes (1992: 50). Dice Mayz:
La expectativa
como temple fundamental de nuestro ser –al hacer que éste consista
en un radical pre-ser-presente que se halla pre-afectado
por lo por-venir– obliga a que extasiemos nuestro mundo
en torno como un algo advenidero –como mundo por venir
o por llegar– y en cuanto tal, como Nuevo Mundo (1992: 64-65.
Destacado en el original).
La propia existencia del
hombre latinoamericano no se presenta como algo acabado o concluido, sino
como algo que se acerca, que llegará a ser, como un no-ser-siempre-todavía,
síntoma de una existencia en el temple de la expectativa. Sin
embargo, esto no debe entenderse como sinónimo de un no-ser que
llegará a ser, sino como siendo un ser en plenitud, plenamente existente,
pero cuyo modo de ser-en-el-Nuevo-Mundo es el de no-ser-todavía.
En consecuencia, el todavía no tiene una connotación negativa
sino un rasgo positivo de nuestro ser histórico puesto que somos
realmente de ese modo, extasiados en el advenir por obra de una
fundamental y existenciaria expectativa, aunque lo que se expecta
no necesariamente anticipa que ello sea mejor, esperanzador, peor o
temido, sino que frente al por-venir al latinoamericano sólo le
cabe estar preparado (1992: 66).
Aunque parezca extraño,
la acción del hombre latinoamericano debe ser un estar preparado,
no confiando en el falso optimismo, pensando que lo que se acerca sea un
incremento de valores positivos, o en el pesimismo del temor de lo que
adviene. Por eso dice Mayz:
Lo que se acerca es
el Nuevo Mundo y somos también nosotros sus moradores. El hombre
americano debe saber que este Nuevo Mundo no es una realidad ya dada,
ni que llegará a ser por sólo azar de fortuna, una especie de
“tierra prometida” llena de frutos y bendiciones. Debe saber que
el Nuevo Mundo se acerca pero que, incluso, en el caso más extremo,
puede hasta no llegar a ser un “Nuevo Mundo”... El Nuevo Mundo
resplandece en su existencia y se le ha descubierto mediante su
radical expectativa. Pero la expectativa... es sólo el
Presente de algo advenidero (1992: 69. Destacado en el original).
La
Técnica
La segunda etapa a la
que hemos hecho mención inicia lo que podríamos llamar el tema central
de la obra de Mayz, que no es otro que sus reflexiones en torno a la Técnica.
El interés nace en ocasión de su contacto con los estudios de Ingeniería
en la UCV, y tiene un momento importante en su nombramiento como
Rector-Fundador de la Universidad Simón Bolívar en Venezuela (USB), una
tarea que lo ocupó durante la década de los setenta. Mayz diseñó a la
USB con una novedosa estructura organizativa, destinada a formar el grupo
de ingenieros y científicos con el mejor nivel técnico y humanístico
posible, necesarios para las tareas del desarrollo que se delineaba en
Venezuela a comienzos de los años 70 del siglo pasado. En este sentido,
hemos de decir que los resultados superaron las expectativas más
optimistas y, siguiendo sus lineamientos e impronta, la USB se convirtió
prontamente en una de las universidades más prestigiosas de Venezuela por
la calidad de sus profesores, estudiantes y egresados, contribuyendo de
manera importante a la investigación en los niveles más exigentes de la
academia y aportando al país los mejores profesionales.
La reflexión mayziana
sobre la Técnica se puede dividir en dos períodos. En el primero, que se
plasma en numerosos trabajos, se orientó a la Técnica y sus relaciones
con el hombre. Esta etapa tiene uno de sus puntos culminantes con el
intento que hace Mayz Vallenilla de delinear las Categorías que rigen lo
que denominó la ratio-technica, que se muestran en su trabajo Esbozo
de una crítica de la Razón técnica. La segunda, que se deriva de la
primera como una consecuencia, incluye la propuesta que hace nuestro autor
con lo que denomina Logos Meta-técnico. En razón de su novedad y
actualidad, dedicaremos la parte más extensa de esta presentación a
estos intereses de E. Mayz Vallenilla.
El tratamiento de Mayz
de la Técnica comienza con la constatación de un hecho que requiere
reflexión ya que se presenta como un verdadero desafío. En 1966, en
“La universidad y la idea del hombre”, dice:
La actual época se
orienta hacia el ideal de una tecnificación progresiva del Universo
y, por tanto, hacia una paralela y creciente tecnificación de la
conducta del ente humano (1974: 54).
A juicio de nuestro
autor, el ideal de una vida inspirada en un ingenuo naturalismo ha
perdido vigencia frente a los logros de la Técnica, que se traducen en la
posibilidad de modificar la Naturaleza originaria y reemplazarla por una
diseñada por el propio hombre. Ante este hecho, la Técnica emerge como
una verdadera preocupación para el filosofar y Mayz no rehuye el desafío,
que progresa con el tratamiento de aspectos y problemas complementarios.
Por un lado, indaga acerca de las características de esa Técnica que le
permitieron alcanzar tal jerarquía a nivel universal y no ya
exclusivamente planetario-terrenal. Por otro, trata de dilucidar los términos
de las relaciones que se dan entre ese producto del quehacer del hombre, y
el hombre mismo, sobre quien influye al punto de ocasionar una creciente
tecnificación de la conducta del ente humano. En el primer aspecto,
el resultado será la determinación de los fundamentos y Categorías de
la Razón que sustenta el desarrollo técnico, la Ratio technica.
El segundo, luego de un largo camino de elaboración, culminará en el Logos
Meta-técnico.
La
Razón Técnica
La importancia adquirida
por la Técnica es el resultado manifiesto del giro producido en la
Modernidad, cuya paternidad cartesiana se evidencia en el centro mismo de
su concepción. Cuando Descartes enuncia la inmanencia, rompe con ello la
inserción del hombre en el cosmos para hacerlo centro ordenador,
legislador y constructor del mundo en el que habita, y de sí mismo. A
partir de ese momento, el hombre ha de desarrollar, desde su propia
subjetividad, un plan o proyecto que le permita alcanzar los fines que, a
su vez, desde esa misma subjetividad, se fija como los ejes de su Mundo y
de su propia existencia. Ese plan o proyecto se encarna en la Técnica,
que no es otra cosa que la manifestación de esa subjetividad, tanto en
los fines como en sus logros. En este sentido, la Técnica no es sino el
instrumento de una subjetividad que es su dueña y que con su Razón
dirige e instrumenta.
Para Mayz esa
subjetividad, que así diseña y ejecuta un plan que se concreta en la Técnica,
tiene como agente un ingrediente primordial o fundamental, consustanciado
al ser mismo del hombre: la Voluntad
de Poder, a la que hemos de entender como la respuesta del
hombre frente a los asumidos límites
de su propia finitud (1974: 17 y 18).
El hombre se sabe finito, pero busca expandir los límites de su
natural finitud para lo cual se sirve del resultado de su hacer: la Técnica.
En otras palabras, para satisfacer esa pretensión de poder más de lo que
puede, desarrolla un saber que adquiere la forma de saber hacer. Para ello
debe irrespetar lo que hasta ese momento se consideraba el
inalterable ser de las cosas a fin de hacer que obedezcan a sus propósitos
y se enmarquen en sus proyectos, por lo que adopta una conducta
transformadora que hace que los entes del mundo pierdan su innata e
inmutable esencia o naturaleza y transmuten en objetos
al servicio del hombre y sus intereses, aunque esto terminará por incluir
al hombre mismo.
Ahora bien, si la
Voluntad de Poder se despliega en una Razón técnica, Mayz formula una
pregunta análoga a la que Kant se hiciera respecto de la razón pura, a
saber: ¿cuáles son las Categorías que la constituyen y a su vez hacen
posible la Técnica? Esta tarea es la que queda asignada a una real Tecno-logía,
que pueda legitimar la praxis
técnica.
Sin embargo, a pesar de la importancia que la Técnica tiene en nuestra
cultura, a la que ha determinado en su marcha y desarrollo, no ha habido
intentos de responder explícitamente a estas preguntas excepto los de
Mayz que estamos esbozando.
La consideración
inicial de la Razón técnica y su manifestación, la Técnica, introducen
una distinción con respecto a la indagación kantiana referida a la Razón
Pura ya que Mayz reconoce que la Técnica es un hecho histórico. La Técnica,
con los atributos que hemos delineado, surge en un momento de la historia
del hombre y sus características no existieron idénticas a lo largo de
todo el devenir humano ni aún se los puede considerar suprahistóricos.
De manera que los caracteres que se puedan hallar en la Razón técnica,
posibilitadores de la Técnica, no son universales, ni a-temporales, ni
necesarios, sino que surgen en un momento dado de la gesta humana, como
resultado de un conjunto de circunstancias que los posibilitan y que, en
cierta medida, podemos decir que exigen su constitución.
La Razón técnica es,
por tanto, tan histórica como la Técnica a la que da fundamento, o a la
que explica, por lo que su rasgo no puede ser el de la inmutabilidad que
Kant adscribía a sus Categorías sino, en todo caso, el de una cierta
constancia, lo que de ninguna manera las hace invariables sino
dependientes de su concreta aplicación. Esto anticipa que, cuando surja
la posibilidad o la facticidad de nuevas Técnicas, asignando un sentido
fuerte a la palabra nuevas, se
podrá, o eventualmente se hará necesario, buscar nuevas ratios o logos que puedan
dar cuenta de ellas.
Ante todo, el análisis
crítico de la Razón técnica supone un ámbito espacio-temporal en la
que ella actúa en sus aspectos ordenadores y reguladores. En
consecuencia, para Mayz, al par que los fenómenos técnicos concretos,
también las nociones de espacio y tiempo han de verse afectados y no
debemos considerarlos como meras referencias de los procesos técnicos,
receptáculos inertes y homogéneos de los fenómenos. Por el contrario,
son integrantes del proceso o, como veremos, funciones del Sistema. Este
aspecto, el que nociones tan primitivas como el espacio y el tiempo sean
consideradas dependientes de la Técnica, es algo que debemos tener muy
presente para apreciar plenamente las propuestas de Mayz.
En su indagación en
torno a la praxis Técnica, Mayz identifica tres categorías en la ratio
technica que conforman su tríada fundamental, que son: totalidad, finalidad y perfección.
Agrega además una 4º, la automaticidad,
que puede entenderse tanto derivada como co-esencial con ellas, y una 5º
con funciones integradoras que se suma a las otras cuatro, la funcionalidad.
Cabe destacar que estas categorías, derivadas de reflexiones en torno a
la Ratio technica, no se
refieren a la Técnica entendida exclusivamente como los procesos de
producción económico-industriales, sino que deben extenderse a la
constitución burocrática-administrativa de instituciones Técnicas, como
el Estado o el Mercado, y hasta un estilo de vida que podemos llamar
tecnologizado. A continuación, presentaremos brevemente cada una de esas
categorías.
Totalidad:
los procesos técnicos, en virtud de la constitución del sujeto como
centro y cuya Voluntad de Poder manifiestan, son el resultado de una
autonomía legal y dinámica que los hace autárquicos, es decir, son
legislados por leyes de las que ellos mismos son los legisladores. Pero
para que esta autarquía sea posible, es necesario que el conjunto se
encuentre integrado en un Sistema, en una Totalidad
que no sea meramente una suma de partes, sino que se constituya en una
unidad estructural que represente una novedad respecto de la partes,
unidad que precisamente se expresa en un Sistema. La Totalidad
reconoce en el Sistema una novedad cualitativa a la que es
imposible acceder desde las partes, un carácter holístico que supera al
mero agregado y, en consecuencia, una autonomía derivada de esa Totalidad
(1982: 10).
Finalidad:
si el mero conjunto de partes constituye una Totalidad, un Sistema,
es menester que se constituya una unidad fundamentada, ya que lo que
verdaderamente unifica son las relaciones de fundamentación. Mayz
encuentra el fundamento de tal unidad en la Finalidad (1974: 24) ya
que un proceso técnico cualquiera, o un artefacto, supone una Totalidad
que se orienta o implica un fin en cuya prosecución se despliega.
Pero, en algún sentido,
también puede decirse que la Finalidad se encuentra subordinada
a la Totalidad. En efecto, ese fin no puede involucrar un elemento
extraño a la Totalidad, no puede ser determinada extrínsecamente
sino que la Finalidad no puede ser otra que el cumplimiento de la Totalidad
misma del proceso técnico, o del artefacto, cuyo esbozo y ejecución se
apoyan en la posibilidad misma de esa estructura. No cabe en este sentido
ninguna entidad o agente metafísico ajeno que establezca la Finalidad
del proceso técnico, sino que éste resulta del Sistema mismo, de su diseño
y realización, que es lo que regula el desenvolvimiento y la orientación
de la expansión Técnica.
Perfección:
siendo la Totalidad la que orienta y regula al proceso técnico, no
sólo le es inherente una Finalidad por ella determinada, que no es
otra cosa que su despliegue. Esta Finalidad, al ser intrínseca a
la Totalidad, sólo puede significar un autodespliegue y
autocumplimiento del Sistema. En este sentido, la Totalidad
y la Finalidad implican a su vez una Perfección, tanto en
la unidad de las partes del Todo como en la Finalidad que se
persigue, siendo esta Perfección lo que da sentido a la autonomía
de la Razón técnica en su persecución de impulsar los asumidos límites
de su propia finitud (1974: 25).
Estas tres categorías, Totalidad,
Finalidad y Perfección,
son las que, a juicio de Mayz, constituyen la tríada de categorías fundamentales en el proceso del trabajo técnico (1974:
25). A pesar de haberse presentado en un esquema de subordinación,
estrictamente no les cabe ya que fácil es de ver que la Perfección
cobra sentido merced a la Finalidad y la Perfección es
inseparable de ambas. Dice Mayz:
En tal sentido, cualquier proceso de trabajo técnico no se orienta sólo
hacia una cualquiera de estas categorías consideradas en particular,
sino que su desarrollo se encuentra necesariamente posibilitado por la
indisoluble funcionalidad operativa de aquella tríada fundamental
(1974: 25).
Automaticidad:
para lograr el cometido que las tres categorías anteriores imponen al
proceso técnico, con las características de autonomía que hemos
establecido, es menester que el sistema pueda autorregularse en su
despliegue. A esto se refiere la Automaticidad,
que no se limita a señalar la repetición mecánica y monótona de los
procesos. La Automaticidad es la
responsable tanto de la uniformidad del proceso (aspecto estático) como
de asegurar y promover la autonomía y autarquía del conjunto en su
desarrollo (aspecto dinámico). La Finalidad, diseñada por la Perfección
de la Totalidad del Sistema, requiere un cierto automatismo mecánico
subordinado a su cumplimiento. Pero a su vez, siendo el Sistema
autorregulado por la totalidad, se requiere la posibilidad de
incrementar la Perfección funcional del sistema mediante una
retroalimentación que permita precisamente el auto-perfeccionamiento de
esa Totalidad. Se trata de una Automaticidad
que Mayz no duda en calificar de intencional
ya que, además de su rol mecánico que es como tradicionalmente se la
conoce, promueve la auto-Perfección de la Finalidad que la Totalidad
persigue.
Funcionalidad:
Mayz ha establecido que el proceso técnico exhibe una unidad que muestra
la interdependencia entre los miembros de la tríada categorial
fundamental. Pues bien, la Funcionalidad
es la categoría que permite tal interdependencia, y logra que las otras
Categorías se integren como variables en el Sistema. Más aún, no sólo
las Categorías fundamentales de la Razón técnica se interrelacionan
merced a la Funcionalidad, sino
que cada uno de los momentos de todo proceso técnico se comporta
funcionalmente, es decir, como una función del Sistema (1974:
28-29).
La Categoría de Funcionalidad introduce una radical transmutación en las características
de los entes, como es la de perder la individualidad e independencia que
tradicionalmente se les asignaba. En efecto, todo ente que participe en un
proceso técnico, humano o no-humano, deja de ser considerado en su
individualidad concreta, independiente, autónoma, para serlo en términos
de la función que cumpla dentro del Sistema, transformándose en un
miembro del mismo como parte de una Totalidad que pasa a fundar su
existencia. Sobre las cualidades que pueda desplegar un ente desde su
individualidad, priva su eficiencia anónima en la Perfección del
Sistema.
Vista ahora la noción
de Funcionalidad, cabe volver sobre lo que expresamos al comienzo de
esta sección respecto del espacio y del tiempo. En efecto, en todo
proceso técnico el espacio y el tiempo dejan de ser propiedades de los
fenómenos, simples coordenadas que fijan la referencia del proceso o límites
que la alteridad proyecta hacia el Sistema, para integrarse a él como
estructuras cuyo orden y sentido contribuyen a alcanzar la Finalidad
de la Totalidad (1974: 30). Al respecto, y para ilustrar este
aspecto, cabe pensar en un servo-mecanismo en los que el espacio y el
tiempo no sean indiferentes al funcionamiento del Sistema sino que, por el
contrario, sean participantes activos en la autorregulación del
funcionamiento de la Totalidad en pos de su Finalidad. Para
ejemplificar el punto, Mayz establece que el tiempo y el lugar en el que
un reloj se detiene no es considerado una meta o intención del reloj, ya
que ninguno de los dos afecta al movimiento o la descripción o las leyes
que rigen el movimiento del reloj. No podemos decir lo mismo de una célula
fotosensible, porque cualquier interrupción espacio-temporal ocasiona una
serie de acciones que tienen como meta o intención retornar a la situación
original, y la descripción de su funcionamiento o interrupción es
indispensable para el proceso en conjunto (1974: 31).
Quedan así delineadas
las Categorías de la Razón técnica tal como las expone Mayz, que son
las que legislan y regulan a la Técnica como manifestación de la
Voluntad de Poder que es el hombre. Es fácil de ver lo que anticipamos
acerca de que estas Categorías se aplican no sólo a los procesos técnicos
propiamente dichos, sino también a la organización burocrática de las
instituciones y a la propia vida social del hombre pues todos nos movemos
ejerciendo controladas acciones repetitivas, eficientes, previsoras, útiles
al fin del Sistema en el que estamos inmersos, y en el que podemos ser fácilmente
reemplazados por otro agente capaz de cumplir esas mismas funciones bajo
esas mismas leyes siempre y cuando se mantenga o incremente la Perfección
alcanzada.
El hombre y la Técnica
Cuando Mayz desarrolla
lo que llamó la creciente tecnificación de la conducta del ente
humano señaló una serie de aspectos que contribuirán a delinear su
posición respecto de la Técnica, algunos de los cuales ya hemos revisado
pero que retomamos en las siguientes consideraciones desde una nueva
perspectiva y el conjunto adquiere una unidad coherente en permanente
desarrollo.
Mayz distingue al hombre
de cualquier otro ser por su capacidad de forjarse una idea de sí mismo,
producto de su autoconciencia y de su autoobjetivación como ente, lo que
le permite dar sentido a su existencia (1974: 105).
Pero, con una clara influencia diltheyana y fenomenológica,
rechaza la concepción sustancialista y concibe al hombre con un dinamismo
radical en tanto que admite que su esencia o eidos puede
sufrir variaciones temporales.
Mayz admite posibles variaciones en la esencia humana, dentro de una
constancia que, lejos de ser absoluta, concibe como modificable, lo que se
traduce en visiones diferentes de la Historia. Al respecto propone tres, a
las que llama racionalista, providencialista y voluntarista
(1974: 107).
La vertiente
racionalista se apoya en el Ver, y concibe a la Razón precisamente
como un ver, como una Razón noética, la Razón Vidente del homo
sapiens (1974: 118). La providencialista se apoya en el Creer,
en la fe del Homo religiosus y la distinción entre el ver de la
ciencia y el creer de la fe la marca Mayz con la sentencia de S. Pablo:
La fe es la firme seguridad de lo que esperamos, la convicción de lo que
no vemos (1974: 124). Finalmente, la vertiente voluntarista se
funda en el Querer del que, según Mayz, surge la capacidad humana
de proponerse fines y metas tanto para su existencia como para el mundo
que lo rodea. En este caso, su Razón surge como una potencia o poder autónomo,
expresión de esa Voluntad de Dominio que requiere de la libertad,
como su indispensable condición óntico-ontológica, para garantizar el
ejercicio de tal poder que se exprese en una razón ductora de la propia
conducta (1974: 124).
Para Mayz esta nueva
modalidad de la Razón es la Razón técnica, que no se limita a
interrogar a la Naturaleza sino que, sabiéndose autónoma y autárquica,
se siente capaz de inventar leyes, de crear nuevos seres, de construir una
nueva Naturaleza para el hombre. El hombre de esta razón, el Homo
technicus o tecnita, adopta una posición diametralmente
diferente a las de las otras visiones de la Historia, y también se
distingue de lo que se entiende como Homo faber (1974: 126).
El Homo faber es un productor y usuario de instrumentos, lo mismo
que el tecnita, pero éste difiere de aquél por esa vertiente
característica de la Voluntad de Poder, a la par que la diferente actitud
espiritual de su afán de señorío sobre el Universo (1974: 127).
En efecto, Mayz
considera que es menester, antes de cualquier indagación acerca de las
relaciones entre el hombre, la ciencia y la Técnica, esclarecer la
actitud que asume el hombre frente al mundo para determinar por qué, cómo
y para qué se dirige a él mediante la ciencia y la Técnica
moderna. Y estima, precisamente, que el talante con el que el hombre
contemporáneo hace esto resulta de un ejercicio de su Voluntad de
Poder, que lo lleva a enfrentarse a la Naturaleza para dominarla, y
este proceder es lo que define y sostiene su posición actual frente a la
alteridad (1974: 62). Como consecuencia de esta
actitud, Mayz considera que el mundo es concebido como el horizonte de
sentido en el que se encuentra incardinado el hombre, por lo que no
corresponde entenderlo como mera realidad ajena y separada, sino más bien
como una instancia co-perteneciente al hombre mismo, correlato de su Voluntad
de Poder o dominio (1974: 176).
Resultante de esta
actitud que las sostiene, la Ciencia y la Técnica hacen posible la
transformación del perfil de los entes que se ofrecen al hombre porque
pareciera que el ser de los entes se redujera al aspecto de
instrumentos y medios para que el hombre alcance los fines que se
autoimpone (1974: 63).
Pero sucede que el mismo ser humano no escapa de esta tecnificación
de los entes que así se objetivizan resultando que un proyecto creado por
el hombre para sus productos termina aplicándose al hombre mismo. A este
proceso de tecnificación del hombre, que lo ha convertido en un
mero ente al servicio de sus propios designios, es a lo que Mayz llama
su alineación (1999: 74 y ss.). En otras palabras, el
signo distintivo de la relación del hombre con la Técnica es que la Técnica
no sólo transforma el ser de los otros entes sino que transforma al
hombre mismo ya que éste deja de ser fin, amo y señor de sus acciones y
pensares, para ser un medio, un siervo al servicio de la Técnica que él
ha producido, perdiendo en esta alienación hasta su propia libertad
(1999: 66). Mayz caracteriza este extrañamiento como abarcando cuatro
aspectos: la relación que guarda el ente humano frente a sus
productos, en referencia a su propia actividad, en sus vínculos con la
Naturaleza y en sus nexos existenciales con los otros hombres (1999:
73).
De manera que Mayz
determina que esa alienación Técnica es cuádruple:
alienación frente a los productos de la Técnica que se nos imponen en
nuestro comportamiento destruyendo nuestra autonomía; alienación de los
vínculos con la Naturaleza al constituirse el mundo técnico en una
Supra-Naturaleza en la que habitamos; alienación de la propia actividad
que se encuentra regida y orientada por la Técnica y nos convierte en
instrumentos de los aparatos; alienación de sus nexos existenciales con
nuestros semejantes al integrarlos dentro de la estructura Técnica en la
que nosotros mismos estamos insertos. En resumen, el hombre se cosifica y
su condición de persona entra en el olvido (1974: cap. V).
La conclusión que Mayz extrae de este desarrollo se resume en una posición
referida a la Técnica que en sus palabras dice:
Su condición de
instrumento es la expresión de la Voluntad de dominio que, al desplegarse
bajo la categoría de función, desvirtúa en él su dignidad de fin en sí
y lo transforma en simple medio al servicio del sistema representado y
encarnado en la Técnica en cuanto manifestación de aquel principio metafísico.
La función es así... la categoría por excelencia en el total proceso de
la alienación a que se encuentra sometido el hombre como agente histórico
de la Ratio técnica (1974:
43).
El trabajo humano, al
encontrarse inmerso en una Totalidad reguladora, pierde individualidad y
autonomía, se convierte en una mera ocupación despersonalizada cuya meta
es ser función del perfeccionamiento del Sistema y se aniquila todo
atisbo de genuina libertad.
Esta concepción alienante de la Técnica será desarrollada por Mayz en
varios trabajos, en los que analiza, por ejemplo, el papel tanto de la
universidad como de la educación, en su desarrollo y en las posibilidades
de evitarla.
En este sentido, sostiene que las relaciones del hombre con su semejante,
que derivan en un afán de dominio, bien podrían tener una relación Ratio-Eros
como alternativa a la relación Razón-Voluntad de Dominio.
Mayz concibe al Amor
como un afán de posesión pero no para dominar, avasallar o rendir al
objeto amado sino para absorberse en él, plenificándolo y potenciándolo
a fin de que alcance su más plena manifestación y resplandezca en su más
propio poder-ser. Este Eros, que tiene a la Filo-sofía
como una de sus manifestaciones, que lleva al hombre a inquirir por la
verdad, es el contrapolo ontológico de la Voluntad de Poder, raíz
originaria de la Técnica. Precisamente, el Eros se presenta
entonces como la verdadera alternativa para eliminar el efecto que resulta
de la Razón técnica que cosifica al hombre imponiéndole un ser
que lo aliena. Ante la inevitabilidad epocal de la Técnica, Mayz propone,
en esta etapa de su pensamiento, filiar aquella Técnica en ese Amor capaz
de generar una nueva relación entre Técnica y Humanismo.
Precisamente, Mayz, al
presentar a la Técnica contemporánea con una autonomía que parece
independizarla de la Voluntad de Poder que originariamente la
sostuvo y de la que emergía, puede proponer fundarla en una raíz
alternativa, tal como es el Eros, a fin de evitar los perjuicios
que tal concepción ha producido. Pero esto no sería posible si no se
concibiera al hombre como capaz de tener modificaciones esenciales, valga
decir como posesor de una esencia que es epocal. Mayz, habiendo
fundado su interpretación en un comienzo en la diferencia heideggeriana
entre una esencia (essentia) en sentido clásico o una esencia (Wesen)
que depende de la existencia,
concibe al hombre como un ente dotado de una Naturaleza y una
racionalidad, que son históricas, que se inventan y recrean a sí mismas
con los tiempos y, en consecuencia, el hombre pudiera ser el
constructor del hombre; su propio, autárquico y autónomo artífice o
demiurgo (1974: 236).
El camino a la meta-técnica
Mientras se desarrollan
estas reflexiones, surgidas de la concepción alienante de la Técnica,
Mayz realiza una crítica silenciosa a las respuestas que da a sus
preguntas. Esta reflexión toma la figura de notas aisladas, que el autor
va dejando sentadas privadamente en su diario biográfico-filosófico (que
no hará públicas sino parcialmente y años más tarde),
pero no constituyen en esta fase una revisión temática de la cuestión,
aunque se derivan de ella. Es un desarrollo que toma varios años y
podemos señalar algunos elementos que Mayz descubre en las reflexiones en
torno a la Técnica, que serán los que conformen esa nueva y radical
propuesta que denominó el Logos Meta-técnico.
En sus trabajos de dos
lustros han aflorado los elementos centrales de una nueva propuesta y sólo
faltaba reunirlos, lo que hizo en ocasión del Congreso de Filosofía de
Brighton de 1988, en donde presentó por primera vez las ideas que luego
ofrecería, con más detalle, en sus Fundamentos
de la Meta-técnica, publicada en Caracas en 1989. Podemos resumir su
idea central diciendo que, en lugar de plantearse al hombre enfrentado con
la Técnica, alienado por ella, se materializa una conjunción entre el
ser humano y el resultado de su propio hacer, en sus modalidades más
elaboradas, conformando una nueva esencia o modalidad de existencia
caracterizada por una racionalidad a la que llamó el Logos Meta-técnico.
De esta forma, como demiurgo de sí mismo, el hombre puede superar sus
propias limitaciones ingénitas, que conforman el sustrato de su ser y
hacer en el mundo, abriendo la posibilidad de un salto cuali-cuantitativo
en la evolución humana, que afecta a la consideración de lo que
realmente lo constituye y conforma su posición y comportamiento en el
mundo (Vallota 1998: 25-40). Para apreciar esta radical mutación, es
conveniente atender a la manera en que Mayz visualiza la evolución de la
Técnica.
El devenir de la Técnica
La Técnica, en su
desarrollo histórico, ha adquirido características que le permiten a
Mayz distinguir tres grandes etapas, cuya consideración va a permitirnos
iniciar el acercamiento al Logos
Meta-técnico:
1.- Una primera etapa es
aquella en la cual los artificios técnicos expanden y prolongan las
capacidades naturales humanas, que puede remontarse a épocas anteriores
al registro histórico. Tienen como modelo al propio hombre y tratan de
superar los límites que a éste le impone su Naturaleza somato-psíquica
innata, inmersa en el ámbito de la vida terrena, para tratar de alcanzar
los fines que derivan de su Voluntad de Poder. Se trata de una Técnica
que se puede calificar como antropomórfica, antropocéntrica
y geocéntrica. Antropomórfica en tanto tiene como modelo al
propio hombre; antropocéntrica en tanto es el resultado de la persecución
de fines que manifiesten la Voluntad de Poder del hombre; y geocéntrica
en tanto su aplicación está confinada al planeta en el que habitamos y
se funda en las particularidades que lo distinguen de otros cuerpos
celestes.
Se trata, verbigracia, de la Técnica destinada a movernos más rápido,
lanzar más lejos, golpear más duro, apresar más firmemente, levantar
cuerpos más pesados, saltar más alto, ver lo más pequeño o lo más
lejano y movernos de la mejor manera en nuestro planeta, superando
nuestras ingénitas limitaciones. Esta etapa alcanza su culminación en la
Revolución industrial y en ella se inscriben los principales logros
culturales y sociales (lenguaje, instituciones, organizaciones socio-políticas,
ciencia) del mundo moderno.
2.- Una segunda etapa es
aquella en la que la Técnica se amplía, trascendiendo y superando la
naturaleza humana, para copiar las naturalezas de otros seres con los
cuales vive y se relaciona. Se trata de una etapa en la que la Técnica mimetiza
las capacidades de otros seres, manteniendo, sin embargo, el carácter de
antropocéntrico y geocéntrico de sus creaciones o instrumentos, pero
superando su carácter antropomórfico. Es el caso de la Técnica
destinada a expandir el rango de longitud de las ondas electromagnéticas
que percibimos, utilizar nuevas fuentes de energía como la solar,
equiparnos para mejorar nuestro desplazamiento en el aire y en el agua,
como peces y pájaros, o entender nuestra conducta desde el conocimiento
de las conductas animales. Esta etapa tiene su culminación en nuestro días.
3.- Una tercera etapa,
que Mayz califica estrictamente de Meta-técnica, es aquella en la que se
superan los límites no sólo antropomórficos sino también antropocéntricos
y geocéntricos y que será el tema de una próxima sección.
Pero antes de llegar allí,
merecen destacarse algunos aspectos. El carácter antropocéntrico traduce
la concepción de la historia de la Técnica como una sucesión de logros
en la que el orden está dado por la eficiencia
en alcanzar esas metas propuestas por la Voluntad de Poder. El conjunto
constituye lo que denominamos progreso,
entendiendo por tal el incremento en las posibilidades de superar nuestras
limitaciones. En ese aumento de la eficacia, Mayz señala la singular
importancia que cobran los inventores,
es decir hombres o pueblos que producen cambios técnicos destacados que
significan cambios radicales en la marcha de la historia y, en ocasiones,
verdaderas revoluciones como el salto de la Edad de Piedra a la del Metal,
el dominio de la fuerza animal, la maestría en el arte de navegar, el
control de la energía atómica.
El carácter antropomórfico
de la Técnica que Mayz destaca se manifiesta en la adecuación de los
instrumentos y procesos técnicos a las características innatas del
hombre, en la conformación a sus fines y se explica con los conceptos y
esquemas que tienen al hombre como centro y como modelo. La Técnica se
acomoda tanto a la concepción epistemológica tradicional de las
relaciones Ciencia/Tecnología, que hace a la Técnica la aplicación de
la ciencia, como a la nueva concepción que sostiene una relación más
estrecha entre la epistemología y la Tecno-ciencia.
En todo caso, y como
consecuencia de la natural configuración somato-psíquica del hombre, el
sistema ordenador del mismo tiene un carácter preeminentemente visual, óptico-lumínico,
que se erige en el fundamento de la Razón técnica. Claro es que
los otros sentidos aportan su contribución, pero es innegable que la visión
constituye el sensorio natural humano más importante y es el eje de la
actividad ordenadora de la alteridad, al punto que Mayz dice:
Asimismo, a partir de semejante hecho,
[el
establecimiento de lo óptico-lumínico como fundamente exclusivo de la
razón humana] idéntica y complementaria jerarquía se le ha otorgado
a la luz –así como, derivadamente, a todo el Universo luminoso–
convirtiendo a sus estímulos y manifestaciones en agentes o exponentes de
aquella fulgurosa ratio.
Testimonios de ello se encuentran –reiterados desde
diversas perspectivas– a lo largo de la historia de la filosofía
occidental... el binomio de lo óptico-lumínico –sea en forma metafórica
o real– actúa como raíz o fundamento, primario o primigenio, de lo
racional (1990:
28).
Mayz dedica parte
importante de su trabajo a mostrar esta dependencia que con respecto al
principal sensorio humano (la visión) tienen las categorías ordenadoras
de la alteridad en la Ratio técnica, en lo que no podemos detenernos más explícitamente en esta
breve presentación. Lo que si queremos dejar claro es que la Técnica, en
tanto manifestación de esta razón así dependiente de lo óptico lumínico,
conservará esta aludida dependencia y sobre este punto girarán algunas
futuras consideraciones.
A modo de resumen de
estas consideraciones podemos señalar los siguientes aspectos: para Mayz
la subjetividad está consustanciada
con la Voluntad de Poder, que hemos de entender como la respuesta del
hombre frente a los asumidos límites de su propia finitud y la Razón
técnica no es otra cosa que la manifestación de la subjetividad así
entendida. La Técnica es la concreción de ese afán de poder. La Razón
técnica tiene, como base y eje, la constitución natural del hombre,
en la que se destaca el predominio de la visión, que hace de lo óptico-lumínico
el eje principal de su actividad ordenadora, tanto en lo sensorial como en
el entendimiento, razón o intelecto al que se le asigna una índole noética
derivada de sus raíces ópticas. Así también se la descubre en sus
productos, fenómenos, intuiciones, fantasías, ideas, evidencias y todo
su sistema inteligibilizador en cuyas etimologías y contenidos epistémicos
se descubre, tácita o explícitamente, la impronta óptico-lumínica.
La Técnica que de tal
razón resulta tiene como características destacadas ser antropomórfica,
antropocéntrica y geocéntrica. En tanto antropomórfica tiene su
eje en la potenciación de las características somato-psíquicas
naturales del hombre; en tanto antropocéntrica la Técnica se mide
en términos de eficiencia para lograr las metas que la Voluntad de Poder
impone; y en tanto geocéntrica el ámbito primero de su aplicación
es la Tierra, en la que el hombre natural ha habitado hasta este siglo.
La técnica contemporánea
Dice Mayz en sus Fundamentos
de la Meta-técnica:
Efectivamente: frente
a la modalidad hasta ahora prevaleciente de la Técnica –de estilo y límites
antropomórficos, antropocéntricos y geocéntricos– comienza a
insinuarse, en nuestros propios días, un nuevo proyecto y modelo de ella
cuyo logos pretende transformar y traspasar aquellos límites
–modificando eo ipso el estilo del quehacer técnico– con la finalidad
de acrecentar el poder de que dispone el hombre más allá de las
fronteras que establecen su ingénita constitución somato-psíquica y la
capacidad cognoscitiva sustentada en ésta misma
(11).
A partir de la
Modernidad, al realismo epistemológico se impone la concepción de que
los estados de orden, o de desorden, con que se nos presenta la alteridad
no son estados de la cosas que hayamos descubierto, sino el resultado de
la actividad ordenadora de nuestra racionalidad congénita (Foerster 1991,
cap. VI: 109-121). Destaca Mayz que el carácter de tal ordenación
resulta de la actividad de un logos ingénito que, dada nuestra peculiar organización somática,
se nutre de un conjunto de sensorios naturales con predominio de la visión,
que ha marcado todas las instancias del instituir humano, tal como se
traduce en el lenguaje, y en toda nuestra actividad inteligibilizadora,
desde nuestras nociones de espacio y tiempo, pasando por las teorías del
conocimiento, la concepción de la conciencia y de la Naturaleza, las
instituciones, la ética y las relaciones entre los hombres, hasta las de
la divinidad, las cuales ostensiblemente están determinadas por ese
fundamento óptico-lumínico.
Sin embargo, los logros
técnicos, que esa misma racionalidad ha permitido alcanzar, hacen que la
mencionada limitación óptico-lumínica sea superada y podamos entonces
ordenar la alteridad de muy diversas maneras, sin que la visión tenga
necesariamente un rol dominante en todas y cada una de ellas.
Más aún, la Técnica no sólo ha permitido optimizar nuestras
capacidades innatas o mimetizar la de otros seres vivos, sino también
desarrollar formas nuevas de ordenación y anuncia otras
impresionantemente impredecibles. De esta manera, los aparatos e
instrumentos técnicos dan lugar a una trans-formación y trans-mutación
radical del perfil de los entes y
del Universo en total comparado con el derivado de nuestras
capacidades congénitas, lo que a su vez supone el progresivo desvanecimiento y la paralela superación de los límites
y caracteres antropomórficos, antropocéntricos y geocéntricos de la Técnica
tradicional y conduce al desarrollo de un nuevo logos inteligibilizador, no limitado a su innata dependencia óptico-lumínica
y que Mayz llama Logos Meta-técnico
(1990: 23). En otras
palabras, la posibilidad de ordenar la alteridad mediante sistemas, que no
son los congénitos, acarrea la superación de la natural capacidad
inteligibilizadora por lo que, de la actividad ordenadora transmutada por
la Técnica, resulta la construcción de un modelo o proyecto que difiere
radicalmente de la Naturaleza tal como la concibe la Ratio-technica, y conforma una Supra-Naturaleza
Meta-técnica, que supera los límites que establece el predominio óptico-lumínico
de aquella, y cuyos efectos se proyectan sobre todo el instituir humano.
Varios autores han
anticipado el problema, pero sin darle solución ni llevarlo a sus últimas
consecuencias.
En este sentido, quizás Locke fue uno de los que, en los albores de la
Modernidad, previó la situación con mayor alcance:
Pero si los sentidos
cambiaran y fuesen más agudos y despiertos de lo que en la actualidad lo
son, tendrían un aspecto muy distinto para nosotros las apariencias y la
forma de las cosas; aspecto que no convendría, según me imagino, a
nuestro ser...
Resultaría que ese
hombre [uno con un oído mil veces más penetrante o una visión mil
veces más aguda] se hallaría en un mundo totalmente diferente al de
las demás personas: nada sería lo mismo para él que para los otros, las
ideas visibles de todas las cosas serían distintas, de manera que dudo
que ese hombre y los demás pudieran comunicarse sobre los objetos que
vieran...
Saltando varios siglos,
contemporáneamente, H. Putnam dice que si
un organismo ha de exhibir lo que llamamos inteligencia, obviamente es útil,
y quizás necesario, que tenga, o pueda construir, algo que funcione como
un mapa de su ambiente, con señales que representen los variados aspectos
distintivos del mismo (26). Precisamente,
lo que la Meta-técnica avizora es que, como en la cartografía contemporánea,
la Técnica permite dibujar, construir, representar, diferentes tipos de
mapas de la alteridad, atendiendo a distintos tipos de ordenaciones,
dependientes de los instrumentos y aparatos que utilicemos y de la manera
en que amplíen nuestros sensorios naturales y/o incorporen información
radicalmente nueva respecto de ellos. El conjunto de mapas es lo que
constituye la representación de esa alteridad, que adquiere un carácter
mudable y dinámico, ya que ninguno de ellos es privilegiado (como hasta
ahora ha sido el caso del predominio del logos óptico-lumínico en
nuestra pintura o imagen del mundo y sus relaciones), y que, a su vez, se
modifican constantemente con cada avance de la tecno-ciencia. La premonición
de Locke se ha hecho realidad gracias a los logros de la ciencia y de la Técnica,
por lo que es muy distinto para
nosotros las apariencias y la forma de las cosas y ya no convienen a
nuestro ser, o al menos a cómo
se lo concebía, tal como Mayz nos lo muestra:
Si tal ordenación y
construcción se realizara ...sería posible entrever entonces la simultánea
posibilidad de que esa nueva alteridad trans-óptica estuviese dotada de
una racionalidad no restringida simplemente a la videncia y evidencia
(meramente ópticas) que alimentan el logos técnico tradicional.
Semejante trans-racionalidad –sea dicho desde ahora– no sería por
ello i-rracional o a-rracional, sino expresión de un logos trans-humano
que trascendería los ingénitos límites del tradicional
(1990: 26).
En otras palabras, ya no
se trata de entender a la Técnica como una colaboradora
en la cuestión de encontrar respuestas a las preguntas, ni como un
instrumento de la Voluntad de Poder, sino como integrante, en estrecha
relación con el hombre, de un nuevo logos
capaz de formular nuevas preguntas.
Se establece así un
círculo de mutua y dinámica irradiación entre los avances epistemológicos,
las innovaciones ontológicas y la creación instrumental. Semejante tríada
se despliega a veces en forma coetánea y metódica, aunque también, en
otras, sin continuidad ni coherencia (1990:
25).
Una
propuesta de este carácter abre infinidad de preguntas, cuestiones y
terrenos de indagación en todos los ámbitos de la filosofía y señala
la desaparición de lo que podríamos llamar la última gran
discontinuidad (Freud 300). La primera, de Copérnico y Galileo Galilei
consistió en romper la barrera entre el mundo sublunar y el mundo
supralunar, demostrando que los cuerpos celestes eran de la misma
Naturaleza que nuestra Tierra y están sujetos a las mismas leyes; la
segunda fue la de Darwin que estableció la continuidad entre el mundo
animal, el de los restantes seres vivos, y el hombre; Freud anunció la
continuidad entre lo arcaico y lo civilizado, entre la enfermedad y la
salud, entre nuestras primeras experiencias y la conformación de la
personalidad adulta; Max Planck eliminó la diferencia entre una materia
concebida como discontinua, atómica, y una energía estimada como
continua al postular los cuanta que recibirían su consagración cuando el
joven Einstein los usó para dar cuenta del efecto fotoeléctrico en 1905.
Sin embargo, se mantenía
otra discontinuidad vigente, la de hombre y la máquina, cuyo origen se
remonta a la distinción natural-artificial de nuestros padres griegos
(Mazlih 272) reafirmada por la Modernidad, de la que la Ratio técnica
es su resultado. Descartes estableció una clara separación entre el
hombre y todos los otros seres de la Naturaleza, sean animados o
inanimados, en tanto que estos últimos constituyen la Res extensa
y el hombre es Res cogitans, es decir, son sustancias diferentes.
Precisamente, esta distinción es la que abre la posibilidad de que el
hombre avance sobre el resto de la creación con su afán de poder, de la
que tanto el hombre mismo, como Dios, están sustancialmente separados de
una manera insalvable (Descartes, VI, 56-57). La propuesta de Mayz
promueve la desaparición de esta discontinuidad entre el hombre y su
creación, la Técnica, estableciendo una continuidad, cuya ignorancia ha
sido el germen de las relaciones conflictivas entre el hombre y la Técnica.
Es innegable que la historia reciente nos muestra una interconexión, cada
vez más estrecha, entre el hombre y la máquina, en la que se desdibujan
progresivamente los límites de una y otra.
Para
apreciar esta progresiva integración recordemos que en la década del 50,
North llamó a esta relación un hombre
mecánicamente prolongado.
En este caso, la prolongación es algo que se le suma al hombre natural,
pero el operador humano sigue proporcionando la iniciativa, la dirección,
la integración, el criterio y la meta. En otras palabras, el hombre mecánicamente
prolongado sigue siendo un hombre y el conjunto sigue siendo antropocéntrico
y antropomórfico, en tanto las partes mecánicas tienen el carácter de
ser meras extensiones de los órganos humanos. Claro es que, con el
desarrollo de estos sistemas, fue posible observar que, si bien en su
origen la meta era ayudar al hombre, progresivamente es el hombre el que
los ayuda en lugar de ser ayudado. Como ya decía Samuel Butler en 1872,
ésta es la habilidad de las máquinas, sirven a los que ellas pueden
dominar (228).
Posteriormente surge la
noción de una simbiosis hombre-máquina
de J.C.R. Licklider (418). Una simbiosis es una actividad
cooperativa entre dos organismos diferentes en íntima asociación,
incluso estrechamente unidos, que se traduce en una vida en común al
punto que, si uno de ellos falta, el otro no puede cumplir plenamente sus
acciones vitales. En este caso los organismos unidos no sólo resuelven de
manera conjunta sus problemas sino que son capaces de formular nuevas
cuestiones, plantear alternativas de resolución, y es factible descubrir
inesperadas direcciones de razonamiento, que es lo que planteó Poincaré
como piedra de toque del desarrollo de la computación. Sin embargo, en la
simbiosis hombre-máquina se
mantiene la identidad de ambos organismos aunque, sin duda, la unión es más
fuerte que la que presenta el hombre mecánicamente prolongado de
North.
Pero después de lo señalado
por Licklider, estamos frente a un paso más en esta integración, como es
la formación de un híbrido
hombre-máquina, entendiendo que en el híbrido no hay ya dos
organismos sino que se constituye una verdadera novedad. Usamos la palabra
híbrido para nombrar a la
conjunción hombre-máquina dando a entender que con ello surge una nueva
entidad. No creemos equivocarnos que esta secuencia, discontinuidad
radical - hombre mecánicamente prolongado - simbiosis hombre-máquina -
híbrido hombre-máquina, culmina en la radicalmente revolucionaria
concepción de una nueva racionalidad, el Logos
Meta-técnico que propone Mayz.
Vertientes
de la meta-técnica
Habiendo establecido la
posibilidad de un Logos Meta-técnico
y algunos de sus fundamentos, pasemos a considerar lo que Mayz propone
como las tres direcciones que harían que el operar técnico sufriera la
transmutación a las que nos hemos referido reiteradamente. Mayz
identifica estas tres vertientes como:
A) Un conjunto de
instrumentos y aparatos que al modo de sentidos artificiales
construidos por el hombre, alteran y transmutan los límites y
funciones de los sensorios humanos ingénitos... introduciendo
radicales modificaciones en la aprehensión, organización e
inteligibilización de la alteridad en general (1990:
22).
B) La segunda
vertiente que señala Mayz se halla representada por instrumentos o
aparatos que al introducir cambios o modificaciones en la disposición,
grados y códigos de las propias estructuras somáticas y psíquicas
del hombre... alteran el congénito o connatural funcionamiento de
ellas (1990: 23).
Esta vertiente, que no
se refiere a la alteración de los inputs
de nuestra actividad intelectual sino a cambios
o modificaciones en la disposición, grados y códigos de las propias
estructuras somáticas y psíquicas del hombre, resulta de un muy
reciente desarrollo técnico e implica una real integración entre el
constructor y lo construido. El fruto ha sido una serie de organismos que
han recibido variados nombres, tales como sistemas biónicos, máquinas
vitales o cyborgs (cybernetic
organisms, organismos cibernéticos). Cuando se menciona cyborg
se piensa inmediatamente en los personajes de ciencia ficción, pero son
mucho más cotidianos que estos extraños personajes y el espectro es
mucho más amplio. Cada persona con un marcapaso, con un dispositivo de
liberación lenta de drogas para mejorar su fisiología/pensamiento/sentimientos
o con una prótesis mioeléctrica, cada piloto de bombardero con los últimos
adelantos del arte de la guerra, es un cyborg.
No sin cierta ironía los editores de El Manual del Cyborg
sostienen que a la trilogía tesis,
antítesis y síntesis
debería agregarse actualmente una cuarta, prótesis
(Grey, Mentor y
Figueroa-Sarriera 13).
Claro es que no debemos
limitarnos a estas hibridizaciones tecno-humanas porque también pudiera
darse, como de hecho ya se ha logrado, la posibilidad de crear seres vivos
multi-específicos, resultado de la combinación de características biológicas
de varias especies que pudieran conformar un nuevo ser vivo diseñado con
fines específicos a partir de material biológico, incluyendo al hombre
mismo. En estos desarrollos se trabaja e investiga activamente y puede
decirse, avalando empíricamente la afirmación de Mayz, que ya no hay una
sociedad entre el hombre y la máquina sino una verdadera fusión y/o
comunión que deberá manejarse con un lenguaje común a lo orgánico y a
la máquina. En este marco surge casi espontáneamente la necesidad de
pensar la conformación de un nuevo logos
que resulte de esta novedosa y sorprendente situación.
C) La tercera
vertiente Meta-técnica se refiere a instrumentos o aparatos que
transustancian ilimitadamente la energía (y/o la materia)
trans-formando y trans-mutando el perfil de los entes y del Universo
en total con un propósito aparentemente alquímico... que preside los
potentes y complejísimos procesos técnicos de la desintegración,
conversión y utilización de la energía atómica o sub-atómica (1990:
23).
Mayz señala que ésta
es la vertiente más compleja y reciente, por lo que no es fácil todavía
delinear claramente sus perfiles. Sin embargo, para los intereses de esta
presentación y aunque en el momento de escribir estas líneas no se
tienen resultados firmes de las investigaciones que estudian tales
aspectos, caben algunas reflexiones acerca de esta última vertiente. Las
dos anteriores, referidas al aumento de nuestras potencias sensoriales y
el desarrollo de seres trans-humanos, se presentan como una íntima unión
entre máquinas y hombres, lo que llamamos un híbrido.
En cambio, la última parece no hacerlo pues se trata de instrumentos
mediadores entre el hombre y las fuentes energéticas/materiales
originarias, en procesos en los que no estaría involucrada la directa
transformación del hombre mismo, sino la de los entes que conforman el
Universo. Se trata de los esfuerzos por intervenir en la estructura más
íntima de la materia, no sólo las de liberación de la energía atómica
o nuclear sino las de las fuerzas primarias (Rogers 42-43).
El
logos meta-técnico
Mayz enfrenta el
conjunto de problemas contemporáneos en forma franca y plena en su Fundamentos de la Meta-técnica
y los coloca en una situación radicalmente nueva. Considera al logos
humano como histórico, no sólo en su contenido sino en sus categorías y
actividad inteligibilizadora pero no sólo con un carácter evolutivo sino
que son posibles giros irreversibles en la conformación de un ser, el
hombre, que por Naturaleza es inacabado, indeterminado, al que no podemos
considerar establecido definitivamente en su carácter sino como una
posibilidad nunca plenamente realizada (Castillo, Jiménez y Vallota
37). Esta posibilidad de construir nuevos modelos de racionalidad
se concreta gracias al actual desarrollo de la Técnica en que, habiendo
superado su carácter antropomórfico, antropocéntrico y geocéntrico,
propicia e impone radicales y decisivos cambios que inciden sobre la
epistemología y la ontología de nuestra propia época así como en
el instituir humano en general. Esto, a su vez, provoca la invención de
nuevos aparatos, como respuesta al desafío que presenta lo desconocido, y
se establece un círculo de mutua y dinámica irradiación entre los
avances epistemológicos, las innovaciones ontológicas y la creación
instrumental (Mayz 1990: 25). En otras palabras, se rompe la
discontinuidad entre el hombre y la máquina para constituir una unidad
sinérgica, una fusión hombre-máquina, que constituye una verdadera
novedad de cuya dinámica interacción emerge un nuevo logos
inteligibilizador que trasciende el natural humano, el Logos Meta-técnico
(Castillo, Jiménez y Vallota 54-58). Mayz lo expone con toda
claridad:
Frente a la
modalidad hasta ahora prevaleciente de la Técnica –de estilo y límites
antropomórficos, antropocéntricos y geocéntricos– comienza a
insinuarse, en nuestro propios días, un nuevo proyecto y modelo de
ella cuyo logos pretende transformar y traspasar aquellos límites
–modificando eo ipso el estilo del quehacer técnico– con
la finalidad de acrecentar el poder que dispone el hombre más allá
de las fronteras que establecen su ingénita constitución somato-psíquica
y la capacidad cognoscitiva sustentada en ésta misma (1990:
11).
Esta novedad se traduce
en amplias y radicales transformaciones en la actividad fundante y
ordenadora de la alteridad que constituye el meollo de la metafísica. Uno
de los cambios inmediatos es la pérdida de la dependencia que el hombre
tiene de su dotación ingénita, especialmente de sus sentidos naturales.
En efecto, Mayz destaca, con todo vigor, la dependencia que ha tenido de
la Visión, como principal sensorio humano, toda la actividad ordenadora
del logos humano innato (y de la metafísica tradicional que de esa
actividad resulta). Dice Mayz:
Destacando su
preeminencia... lo óptico se ha erigido en fundamento exclusivo de la
ratio humana... haciendo de la videncia y la evidencia
no sólo rasgos definitorios de la misma, sino protofundamentos
privativos de su genealogía (1990:
28).
Todas las categorías
inteligibilizadoras, el eidos platónico, el nous aristotélico,
la contemplación tomista, la evidencia cartesiana, la dualidad
fenómeno-nóumeno kantiana, las posiciones de Husserl o el descubrir
heideggeriano, tienen una raigambre óptico-lumínica y una dependencia
con la visión que la Técnica contemporánea obliga a superar. La primacía
de lo óptico-lumínico ha llevado a considerar al logos como una
luz (con una función iluminadora, especular o reflexiva, descubridora,
develadora), al que se le asignaba una índole noética o eidética. El
planteamiento Meta-técnico asume la pérdida de este predominio que
resulta del quehacer técnico, examina los protofundamentos del logos
óptico-lumínico natural y propone que el mismo sea reemplazado por otro
que parta de la superación de las innatas limitaciones humanas de su
origen.
Más aún, la Técnica
no sólo ha permitido librarnos de las limitaciones de nuestros sensorios
innatos, sino que también permite transformar la propia constitución
somato-psíquica del hombre natural que, con alcances inimaginables, puede
ser alterada, modificada, transmutada, abriéndose caminos nunca
transitados en las relaciones del hombre consigo mismo (expresión
que queda abierta en tanto su referente también ha de ser revisado) y con
la alteridad (Vallota 2001).
En consecuencia, estos
cambios presentan una circunstancia desconocida para la cual carecemos de
fundamentos y herramientas para interpretarla, una situación de crisis y
una vía para superarla. Nuevamente se abren ante nosotros el abismo y el
caos que atemorizan pero que, a la vez, en tanto verdaderas instancias
originantes, nos desafían a buscar una filosofía primera con
fuerza hipnótica y necesidad vital (Mayz 1998: 12). Se trata de
establecer nuevos fundamentos, es decir, buscar una nueva metafísica en
tanto que el mismo hacer del hombre ha disuelto, llevando a la
obsolescencia, al conjunto de categorías a partir de las cuales cobraba
significación y sentido su vida, o las discusiones que en torno a ella se
daban.
Esta nueva búsqueda de
fundamentos descarta, por inadecuados, todo tipo de conceptos, categorías
y hasta el lenguaje, de origen óptico-lumínico. El nuevo Logos Meta-técnico
es el resultante de una radical novedad, la conjunción hombre-máquina,
que obliga a superar la inteligibilización derivada de la dotación
humana congénita.
Con más fuerza que nunca el hacer del hombre se transforma en una hacerse
que no se limita a ideas, nociones o fenómenos sino que alcanza su misma
constitución somática. En consecuencia, se requieren constructos de
nuevo carácter, meta-técnicos, que puedan conducir a una nueva sintaxis trans-humana,
en el sentido de que está más allá de lo que el hombre natural puede
alcanzar, pero que sin que por ello se la entienda como divina, mística o
irracional. Se trata de una nueva racionalidad cuya función logificante
se inscribe y despliega en una alteridad trans-óptica, trans-racional,
trans-finita, que no responde, ni es equivalente, a la efectuada por el logos
óptico-lumínico, sustentada en parámetros y horizontes de la misma
raigambre propios del hombre natural que señalaban un horizonte que la Técnica
contemporánea ha permitido superar.
De forma que la
propuesta de Mayz de la aparición de un nuevo logos ordenador, el Logos
Meta-técnico, constituye un inédito fundamento o, más bien, protofundamento,
que comporta una radical novedad en la actividad orientadora del hombre en
el mundo y en sus relaciones, por lo que prioritariamente ha menester
desarrollar su lenguaje, que no sólo ha de incidir en el campo científico
sino en la totalidad del instituir humano y todo cuanto se relacione con
una verdadera antropogonía Meta-técnica.
Toda racionalidad queda circundada por un Mundo y la irrupción de
la Meta-técnica plantea la trans-formación humano en trans-humano, de óptico
en trans-óptico, de finito en trans-finito. Se trata de un Nuevo Mundo
que requiere de un nuevo Logos que reimplante la conexión y el
sentido del hombre con ese Nuevo Mundo frente al cual solo cabe estar
preparado en el talante de la expectativa (1998: 275).
Esto permite hablar de
una nueva filosofía primera, en tanto que la propuesta abarca
todos los aspectos de la ordenación humana de la alteridad, provocando
profundas alteraciones en las concepciones epistemológicas, ontológicas,
éticas, institucionales, lingüísticas y hasta religiosas (Vallota 2001:
190). De esta forma, tal como lo afirma Mayz en reiteradas oportunidades:
El hombre es –con
todos los riesgos que esto pueda acarrear para sí– el gran demiurgo
del mundo y de la vida; proyectista y constructor de sus medios
y fines... incluyendo los de su existencia y razón. Ello es el
postulado fundamental de la Meta-técnica (1998: 181).
Final
Para concluir esta breve
y parcial presentación quiero hacer mención del trabajo elaborado por Zdenek
Kourím “Hacia una filosofía del futuro presente: itinerario de
Ernesto Mayz Vallenilla”, publicado en Cuadernos
Americanos, Nueva Época,
UNAM, Vol. 3, Nº 93, 2002, pp. 21-67, que expone exhaustivamente, con
comprensión y maestría, una visión del pensamiento de Ernesto Mayz
Vallenilla, del que hemos ofrecido algunos de los aportes que consideramos
más destacados.
Caracas, Venezuela
Mayo 2003.
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Alfredo D. Vallota
avallota@cantv.net
Caracas, Venezuela
Mayo 2003.
© José Luis Gómez-Martínez
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