Miguel Catalán
González
"EL HOMBRE Y SU OBRA"
Por Luis Veres
Miguel Catalán González nace en la ciudad de Valencia el 29 de enero de
1958. Cursó los estudios de bachillerato en el Instituto Luis Vives. Según
propias declaraciones, las dos primeras voces que reclaman en los años
bachilleres su atención tanto a la filosofía como a la expresión escrita son
las de Friedrich Nietzsche y Thomas Mann, quienes le llevarían, desde
experiencias distintas, a la obra de Arthur Schopenhauer. Catalán se
matriculó en la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la
Universidad de Valencia en 1980. Se definió así por la filosofía, pero sin
dejar de lado el aspecto expresivo de la escritura que después le llevaría a
publicar varias novelas y libros de relatos con los que ha obtenido diversos
galardones y conocido traducciones a otras lenguas. El tránsito de la
tradición intelectual germánica a la anglosajona se produjo en sus años
universitarios, hacia 1983, con la lectura de La transformación de la
filosofía del autor pragmatista norteamericano John Dewey. Un año
después, en 1984, obtuvo la licenciatura en Filosofía Pura. En 1991 Catalán
accedió al grado de doctor bajo la dirección del catedrático José Montoya
con una tesis titulada John Dewey y la superación del dualismo. Ante
un tribunal formado por Jesús Ballesteros, Jesús Conill, Adela Cortina,
Esperanza Guisán y Jorge Pérez de Tudela, la tesis resultante obtuvo la
calificación de apto cum laude. Una versión reducida de aquella tesis
fue publicada más tarde, en 1994, por la editorial P.P.U. de Barcelona con
el título de Pensamiento y acción. En las páginas de esta obra
inaugural, y en especial en su toma de posición frente al pragmatista
norteamericano, Catalán muestra ya rasgos del naturalismo ético que después
será una constante de su trabajo. Tales rasgos se muestran tanto en el
magisterio que autores como Ortega, Freud, Nietzsche, Mill o el propio Dewey
han ejercido en el desarrollo de sus escritos, como en los artículos y
libros inmediatamente posteriores a su doctorado. Entre los primeros cabe
destacar "Consecuencias
éticas del naturalismo deweyano" (Diálogo filosófico, XXIII (1992),
pp. 183‑189) o "Cómo acabar con el fin último", Daímon, VI (1993),
pp. 89-95); entre los segundos, Proceso a la
guerra (Valencia: Alfons el Magnànim, 1997). En
la misma dirección cercana al pensamiento práctico anglosajón pronto se
adscribió a la Sociedad Iberoamericana de Estudios Utilitaristas, en cuyo
órgano de expresión, Télos, viene colaborando desde entonces con
regularidad, y en cuyos congresos y encuentros internacionales ha
participado tanto en su aspecto organizativo como a través de comunicaciones
y ponencias.
Catalán ejerció su labor docente en diversos Institutos
desde 1986, año en que aprobó las oposiciones, como Profesor Agregado de
Filosofía y Ética de Enseñanza Media. En 1998 paso de la enseñanza media a
la superior al incorporarse como Profesor Titular de Ética y Deontología
Profesional a la Universidad Cardenal Herrera-CEU de Valencia. Fue ya en la
época de profesor universitario cuando comenzaron a aparecer sus libros más
personales, como El sol de medianoche (2001), el cual incorpora una
colección de noventa y nueve paradojas prácticas, aforismos más o menos
breves dotados de una contundente concisión, como ha señalado José Montoya,
las cuales muestran en su conjunto la sutil complejidad de la conducta
humana, o El manuscrit cremat, un libro editado en 2000 en Barcelona
que incorpora en sí mismo la paradoja de los límites de la comunicación. Ya
en el primer título se destacan tres de las características de la escritura
ensayística de Catalán, como son la penetración, la elegancia y el sentido
del humor, tal como destaca el filósofo Fernando Rodríguez Genovés en la
revista El Catoblepas:
Miguel
Catalán ha reunido, en un breve pero intenso libro, 111 paradojas en forma
de aforismos, de pensamientos concentrados, de partículas de saber, que
expresan con ingenio, gran capacidad de observación y mucho humor, la
naturaleza del pensar en estado naciente, casi conduciéndonos hasta el
origen de la meditación, a la cuna de las ideas, allí donde se incuban las
cogitaciones del hombre al objeto de invitar al lector a su posterior
desarrollo (...) En la mejor tradición del ensayismo, El sol de
medianoche, ofrece un listado de pensamientos compuestos con una
escritura elegante” (“Paradojas a
medianoche”, El Catoblepas, XI (enero 2003), pp. 21-3).
Con El sol de medianoche, Miguel Catalán
consiguió en efecto aunar el artificio literario a la esencia de las
contradicciones prácticas que rigen el mundo: la convivencia bajo el mismo
techo del amor y el odio, los sueños incumplidos que se convierte en
pesadillas, la separación definitiva o la muerte temprana como único
expediente para seguir admirando a los héroes y maestros.
El primer libro, sin embargo, en que Catalán muestra de
forma organizada su característico interés por las dimensiones filosóficas
del error, la ignorancia, el autoengaño y la mentira es, sin duda, su
Diccionario de falsas creencias (Barcelona: Ronsel, 2002), una
compilación de las falsas atribuciones (el autor las denomina ideas de
oído) vigentes en nuestra sociedad sobre los temas más variados:
desde los apócrifos cuernos en los cascos vikingos a los efectos de la
menstruación sobre el hilo de oro y desde los efectos de la luna sobre la
conducta humana a las causas ocultas de la alopecia. La lectura del libro,
como señala Alfonso Marco en las páginas de la revista para el fomento de la
razón y la ciencia El Escéptico, provoca estados de ánimos
cambiantes, de la indignación a la risa pasando por el estupor y la
incredulidad. En su extenso e ilustrativo prólogo cuyo valor hermenéutico
fue ya elogiado por Francisco Candel en las páginas del diario Avui
(10-7-2001, p. 17), Catalán nos da un atisbo de su teoría sobre la
naturaleza del prejuicio, el error y la ilusión:
“Una idea de oído viene a ser una contradicción en sus
términos, al menos en sus términos etimológicos, pues la palabra `idea´
procede del ideín griego, que significaba `ver´, y su más adecuada
traducción daría por tanto “aquello que es visto”. Porque las ideas genuinas
se buscan y, si hay suerte, se ven, pero no se oyen ni se las oye llegar
como a las ideas de oído. Las ideas genuinas se tienen o se le ocurren a
uno, en tanto las ideas de oído las recibe o le ocurren a uno. La metáfora
griega de la visión insinúa las actividades de buscar, rondar y hallar con
la mirada el objeto en cuestión y luego cogerlo con las manos para
observarlo más de cerca. En cambio, la metáfora del oído aquí propuesta
sugiere más bien la noción de hallarse invadido sin saberlo por un sonido
ambiental que nos envuelve y domina; algo así como el intangible hilo
musical de los grandes almacenes que se filtra en el ovillo de neuronas del
cerebro mientras elegimos unas mercancías que ocupan toda nuestra atención.
De ahí seguramente que un ilustre damnificado por las ideas de oído, Charles
Darwin, denunciara con firmeza la “ceguera de la opinión preconcebida”. Las
ideas genuinas son intrínsecamente personales y más bien raras, porque la
iniciativa y el derecho de admisión residen en el ocupadísimo uno mismo; más
amplias y abundantes hasta el granel resultan, en cambio, las ideas de oído.
Y es que oír sin escuchar, dejándose así invadir por el dulzón efluvio de
las comunes suposiciones, resulta más descansado y agradable que salir a la
intemperie en busca de escondidas evidencias o, lo que aún es peor, ponerse
a pensar por sí mismo, esa labor que Ch. S. Peirce describió con toda la
razón del mundo como intrínsecamente ingrata. Por todas estas razones las
ideas de oído, que también podrían llamarse públicas, son mucho más
frecuentes que las ideas personales.
Con los años he ido convenciéndome de que
todos fatalmente hablamos más de oído de lo que creemos, y, sobre todo, más
de cuanto estamos dispuestos a confesar. Ir a las cosas mismas —el
imperativo filosófico de Husserl— es una tarea más ardua de lo que parece, y
de ello dan buena prueba las razones que se emplean con frecuencia para
probar una afirmación. “Lo han dado en las noticias de televisión” o “ha
salido en la prensa” o “lo pone en un libro” no son argumentos tan risibles
ni anómalos como pueda parecer a primera vista; por el contrario, la rutina
mental de dar crédito a lo que se ha oído o leído por el motivo y razón de
haberse oído o leído es universal y hunde sus raíces en tan hondos como
diversos estratos antropológicas (...) [de ello]. También damos testimonio
cada uno de nosotros: por poner algún ejemplo, sólo algunos insectólogos y
los más finos observadores de la naturaleza hacen oídos sordos a la
universal calumnia contra la cigarra. Pues sólo ellos saben que no existe el
canto de la cigarra, que la cigarra atesora tantas virtudes domésticas como
la hormiga y que nunca pudo pedir ayuda a la hormiga al llegar al invierno,
pues a esas alturas del año las cigarras ya han perecido. Las ideas públicas
compartidas por nosotros, los legos, contra la pobre cigarra (parece que,
para mayor escarnio, son las propias hormigas las que devoran sus cadáveres
en cuanto caen a tierra hacia las últimas semanas del verano) nos han
llegado de Lafontaine, un fabulista de tantas cualidades poéticas como
escasas aficiones campestres: un fabulista fabulador, quiero decir.
Para saber a ciencia cierta que los cisnes
no exhalan un hermoso canto antes de morir sería asimismo preciso poco menos
que tener un cisne en casa, o al menos asegurarse de que estaremos a su lado
cuando le llegue la agonía, como cuenta Neruda que hizo con un cisne del
lago Budi, en Chile. No es, pues, tan extraño que Ortega (...) creyera a pie
juntillas que la palabra ‘cesárea’ procedía del accidentado nacimiento de
Julio César. (...) Para liberarse con integridad y certeza de este
encantador sonido ambiental que son las ideas de oído uno debería
interrumpir la conversación con los amigos cada pocos segundos a fin de
consultar la última biografía crítica del personaje aludido, la monografía
histórica sobre el hecho mencionado, el manual de instrucciones, el tratado
técnico, el último número de Scientific American o el tratado de
botánica (...) Y tampoco conviene poner a prueba la lealtad de los amigos
haciendo que su cena se enfríe cada vez “.
Como antes señalábamos, desde
1999, aproximadamente, una vez se incorpora a la docencia superior, el
principal ámbito de análisis y meditación filosóficos de Catalán se cierra
en torno a un ambicioso proyecto de
investigación titulado “Seudología”, del que el Diccionario de falsas
todavía no forma parte en sentido estricto. Con el rótulo general de
Seudología Catalán hace referencia a todas las realidades teóricas y
prácticas vinculadas al engaño y la mentira; una vasta red de usos y
sistemas donde se entrecruzan los resultados de diversas ciencias humanas.
Este tratado en marcha de Seudología nombra un amplio proyecto
filosófico que trata de desentrañar de forma sistemática los distintos
mecanismos interactivos de disimulo y simulación que impregnan la presencia
humana.
El primer volumen del tratado apareció en 2004 con el
título de El Prestigio de la lejanía (Barcelona: Ronsel). Esta obra
se ocupaba del problema del autoengaño; es decir, de la ilusión más o
menos interesada en deformar la realidad por intereses que quedan ocultos o
semiocultos al propio sujeto. El tema del volumen lo constituye la relación
oblicua del sujeto consigo mismo. Un artículo de 1995 que ya llevaba el
mismo título, "El prestigio de la
lejanía", El Basilisco, XVIII, pp. 53-57, puede considerarse el
primer texto que denota el interés de Catalán por la seudología. En cuanto
al libro propiamente dicho, el original de El prestigio de la lejanía
obtuvo el Premio Internacional de Ensayo Juan Gil-Albert, de la
Ciudad de Valencia, en 1998. Tras diversas vicisitudes editoriales, el libro
apareció en el mercado en 2004, a cargo de la editorial Ronsel (Barcelona).
El prestigio de la lejanía. Ilusión, autoengaño y
utopía, título completo del volumen
inaugural de Seudología emprende un detallado análisis de la ilusión
y el autoengaño como procesos psíquicos específicos de la especie humana.
Desde una perspectiva intelectual en parte psicoanalítica y en parte
pragmatista, Catalán abordaba los distintos modos en que el hombre tiende a
caer, casi de forma fatal, en las falsedades fabricadas por su propio
pensamiento, en especial cuando se enfrenta a una realidad hostil o,
simplemente, indiferente. Surgen de este modo la falsa autobiografía, la
idealización de los países lejanos, pero también el embellecimiento del
pasado y la anticipación optimista de los sucesos futuros. Yendo más allá,
promueve la creación de utopías, aquellos lugares demasiado hermosos para
ser verdad donde la frustración del sujeto se apacigua y termina por
extinguirse, siempre de forma imaginaria a través de la escritura de
compensación, para dar lugar a una “isla del pensamiento”.
Los espacios literarios también responden, en El
prestigio de la lejanía, a esa necesidad de mentiras necesarias para
sobrevivir en medio del dolor que implica la vida. América, el buen salvaje
y el mito del habitante originario del Nuevo Mundo, cuestiones que se
fabrican en el S. XVI con Bartolomé de las Casas y que perduran hasta la
actualidad con puntales intermedios en Russeau, Voltaire o los poetas
románticos del S. XIX, entroncan en esta perspectiva de creación de utopías
que no apuntan sino a la necesidad de apartar la vista de la realidad
cotidiana. El prestigio de la lejanía recorre estos temas con un
estilo que aúna elegancia y erudición, y para ello recurre con frecuencia a
la tradición literaria y filosófica, sobre las cuales manifiesta un amplio
dominio. El libro representa un aldabonazo sobre la conciencia de una
sociedad donde la realidad aparente se constituye en el principal centro de
atención de la mayoría.
Saludado en su día por José Luis Villacañas como “un
ensayo necesario” para la reconciliación de los intelectuales con la
realidad (El Mundo, suplemento Valencia, 22-II-1999, p. 2), El
prestigio de la lejanía fue votado como uno de los mejores ensayos
publicados en España durante el año 2004 por el crítico de El Cultural
del diario El mundo Jaime Siles.
El segundo volumen de Seudología apareció al año
siguiente, en 2005, con el título de Antropología de la mentira.
Este libro, que emprende un análisis génerico del engaño desde un punto de
vista antropológico, obtuvo como inédito
el Premio Alfons el Magnànim de la Diputación de Valencia en la
modalidad de ensayo correspondiente al año 2001, y fue publicado en 2005 por
el editor Mario Muchnick (El Taller de Mario Muchnik, Madrid).
Una vez publicado, el libro obtuvo un segundo premio,
el de la Crítica Valenciana, en el
apartado de ensayo correspondiente al año 2004.
Antropología de la mentira
pone en juego desde el principio un buen número de ideas atingentes a la
relación del hombre con el engaño. En su brillante comienzo, el universal
repudio de la mentira (en las religiones y en los sistemas morales, pero
también en las autodescripciones del actor social) no viene a ser sino la
confirmación en negativo de la universalidad del engaño. Desde ese
punto de
vista, los conocidos “yo nunca miento” o “lo que más odio es la mentira” no
vienen a ser sino un medio para reforzar el crédito de nuestras
afirmaciones, pues dicho repudio es sólo aparente: todos los humanos
mentimos hasta el punto paradójico de que cuando alguien dice la verdad
suele pasar por mentiroso. Según Catalán, para el hombre de carne y hueso la
mentira funciona como un verdadero supuesto comunicativo, tal como
demuestran las coletillas “a decir verdad” o “con la mano en el corazón”
entre muchas otras, y esto en base a la importancia que el engaño ha tenido,
en sus vínculos con la imaginación, la memoria o la capacidad estratégica,
en el desarrollo evolutivo de la especie: “No sólo las habilidades para el
disimulo, el camuflaje o el simulacro fueron practicadas por nuestros
ancestros homínidos, tanto con intención defensiva como agresiva, sino que
favorecieron el desarrollo de la inteligencia, el lenguaje y la libertad de
acción hasta hacer del hombre el complejo y contradictorio ser que hoy
conocemos”.
La esfera del engaño, siendo amplísima en la
interacción humana, no es sin embargo privativa de nuestra especie, contra
lo habitualmente creído. Desde el nivel más bajo de los mimetismos no
intencionales hasta el análisis de esos verdaderos “reyes del fingimiento”
que son los chimpancés, capaces no sólo de engañar por interés o mera
diversión, sino hasta de contraengañar a sus congéneres, Catalán da un
amplio repaso a los dominios del engaño animal. Por nuestra parte, a los
tres años de edad los humanos ya desviamos la atención a fin de evitar el
castigo de nuestros progenitores. A partir de la conciencia del efecto de
nuestros actos de habla sobre los demás, es decir, a partir de la conciencia
de la potencialidad perlocucionaria de nuestro lenguaje, el hombre se ve
obligado a mentir y a moderar sus aseveraciones, pues su significado depende
de la interpretación del interlocutor: “Cada vez que abrimos la boca, nos
arriesgamos a un posible rechazo de nuestro mensaje y/o de nosotros mismos.
Debido a esa razón, (...) prestamos mucha atención a la imagen que estamos
transmitiendo, y nos protegemos de atribuciones indeseables negando,
acumulando actos, razones… para aminorar el efecto y la impresión que pueden
provocar nuestros mensajes. Elegimos nuestras respuestas en términos de
conducta sabiendo que no pasarán desapercibidas y que serán interpretadas”.
Antropología de la mentira
transita los campos de conocimiento de la antropología filosófica y
cultural, así como la psicología evolutiva, recurriendo con frecuencia a la
tradición literaria y filosófica, pero también al análisis del mito; de
especial interés en este sentido es la exploración, desde el punto de vista
del ocultamiento, de los mitos antropogónicos del Jardín del Edén y de la
rebelión de Prometeo. El libro, algo menos extenso que El prestigio de la
lejanía y con un lenguaje quizá más accesible al lector común, deja la
puerta abierta en su último capítulo al tema del secreto íntimo, del
cual se ocupa el tercer volumen, titulado Anatomía del secreto.
El
volumen III de Seudología, Anatomía del secreto, obtuvo como
inédito el Premio Internacional de Ensayo Juan Gil-Albert en el año 2007.
Anatomía del secreto (Madrid: Taller de Mario Muchnik, 2008) parte de la
proscripción del secreto como elemento que desliga a los individuos de la
masa social. El mito de Prometeo sirve para ilustrar que el secreto
individual es advertido por el resto de la sociedad como una amenaza, ya que
puede suponer un alejamiento de sus propias normas, incluso una separación
de la tradición social. Por ello el secreto constituye una infracción a la
norma y por ello desde Roma ha existido una censura de la actividad privada
cuando esta supone un apartamiento de la norma. El secreto, de este modo, se
legitima para los individuos en una defensa ante aquello que en público la
sociedad no admite.
En
Anatomía del secreto, éste es visto como un elemento de la intimidad
que está presente desde la proxémica a los ámbitos sociales más amplios como
el sexo, la familia, la política, los medios de comunicación, lo que Catalán
denomina programas de "telehumillación", etc. Con el surgimiento de la casa
particular surge el secreto hace 20.000 años. El secreto se convierte en
algo perteneciente a la honra, ya que supone la inexistencia de conductas
reprobables en la familia o en el grupo que no tiene nada que esconder. En
la sociedad el secreto se combate y se utiliza mediante la tortura, el
interrogatorio, la ordalía, el juramento, la amenaza, el chantaje, la
delación, el disimulo, etc. Pero es en la autodefensa a todas estas
estrategias en donde el secreto encuentra su legitimidad, según los
postulados de Henry Sidgwick. Basta ejemplos algo utópicos de anulación del
secreto personal como los panópticos utópicos concebidos para las prisiones
o algunos reales como los campos de concentración nazi o las prisiones
estalinistas.
De
este modo la propuesta final del libro parece encaminarse junto al
pensamiento de Stuart Mill ofrecido en Sobre la libertad, cuando se
piensa que la vida social no debe interferir en la intimidad de los
individuos, pues la sociedad gana más dejando vivir a cada uno su intimidad
según sus deseos que interfiriendo en ésta. El bienestar del grupo depende,
de esta manera, del bienestar individual.
El autor ha anunciado la publicación en los próximos
años de posteriores volúmenes que irán completando de forma orgánica el
proyecto del engaño. Aunque no se conocen todavía títulos ni contenidos
exhaustivos de esos próximas entregas, sí han aparecido ya diversos
adelantos en forma de artículos y estudios, de los cuales podríamos destacar
“La mentira en El Quijote”, (República
de las letras, Suplemento especial número 9 (diciembre de 2005), pp.
174-191), estudio que analiza en detalle la obra de Cervantes desde un punto
de vista seudológico. En un segundo plano en orden de extensión, también han
aparecido tres artículos cuyo contenido pertenece al futuro volumen sobre la
mentira política: “Genealogía de la noble mentira” Amnis. Revue de
Civilisation Contemporaine de l’Université de Bretagne Occidentale,
2004, vol. IV, pp.257-273), “Prensa, verdad y terrorismo: la lección
política del 14-M”, publicado en El Argonauta español, II (2005),
ISSN 1765-2901 y “Alegato de las ciento treinta y cinco mentiras”,
República de las letras, LXXXI (2003), pp. 101-106. A ellos hay que
sumar una contribución sobre el utilitarismo y la mentira
“Utilitarianism and moral
valuation of lying”
aparecido en
Philosophical Inquiry: An
International Quarterly,
XXVI (2004, 3) 33-40 y dos artículos sobre el futuro volumen dedicado a la
publicidad y las relaciones públicas
“Verdad, ficción y
publicidad”, en Comunicación y Estudios Universitarios, XI (2001-2),
pp. 143-150 y “Camuflaje publicitario en la espesura de las ondas. Una guía
de las infracciones del principio de identificación en la radio española”,
en Comunicación y Estudios Universitarios, V (1995), pp.
153-164.
El conjunto
del tratado seudológico, pues, con estos avances y los libros ya redactados,
se dibuja como una teoría consistente sobre la realidad humana partiendo
del eje de relaciones entre verdad y mentira, que cruzan de forma multidisplinar las ciencias y los saberes contemporáneos.
Una segunda línea de investigación y docencia, aparte
de la Seudología, la constituye la ética de los medios audiovisuales,
la publicidad y la empresa en general, que imparte en las licenciaturas de
la Universidad Cardenal Herrera-CEU desde 1986, así como en los másters de
ética empresarial en la Escuela Superior
de Marketing y Comercio de Valencia desde el curso 2001-2.
Sus estudios respecto a
la ética publicitaria “Verdad, ficción y publicidad” (Comunicación y
Estudios Universitarios, XI (2001-2), pp. 143-150) o
“Las cinco principales acusaciones contra la publicidad
como institución del sistema de mercado” (publicado en la revista portuguesa
Cadernos de Estudos
Mediáticos, IV
(2006), ediçao especial, pp. 350-363),
han sido incorporados, junto a otros artículos sobre la ética de las
actividades comerciales, profesionales o políticas (véase “Genealogía de la
noble mentira”, en Amnis. Revue de Civilisation Contemporaine de
l’Université de Bretagne Occidentale, 2004, vol. IV, pp. 257-273), a su
conferencia “El espectador y el consumidor ante los medios de comunicación”,
pronunciada en diversas instituciones.
Al margen de su labor como pensador y escritor, Catalán
ha traducido textos tanto filosóficos como literarios. Así, conviene
destacar su traducción del inglés de “Literary Ethics”, de Ralph Waldo Emerson
(“Ética literaria”, Caracteres literarios, II (1999), pp. 83-99. Más
adelante, en 2003, tradujo del francés Sur la lecture de Marcel
Proust, y del inglés Sesame and Lilies de John Ruskin. Ambas
versiones se encuentran en el volumen John Ruskin /Marcel Proust, Sésamo
y lirios / Sobre la lectura, publicado por la Universidad de Valencia en
2003. El interés teórico de Catalán por el hecho y la tarea de la
traducción se ha reflejado en su estudio “Alquimia y paradoja de la
traducción” (Debats, XCII (Primavera de 2006), pp. 71-4). También ha
publicado entrevistas con filósofos como Richard Rorty, Thomas Mc Carthy o
Javier Muguerza y escritores como Vladimir Tolstoi, Jean Chalon o Francisco
Brines en diversas revistas especializadas.
De entre todas sus traducciones, destaca por varias
razones de la Proust y Ruskin, pues con ella aparece por primera vez
traducido al castellano un grueso corpus de notas al pie que Marcel Proust añadió a los
textos de Ruskin. La compilación representa el
capítulo final de una aventura de profunda idolatría que mantuvo Marcel
Proust con la obra del esteta y crítico social inglés John Ruskin
(1819-1900). Como se reconoce en la introducción, la obra de Ruskin fue
definitiva en la configuración de la personalidad literaria de Proust: su
gusto por la pintura prerrafaelista, su fascinación por la arquitectura
medieval o su admirada mirada hacia el universo veneciano aparecen en Ruskin
y luego se constituirán en elementos esenciales de la narrativa proustiana.
Proust también tomó de Ruskin su capacidad para describir los paisajes y
elementos naturales con esa exactitud obsesiva que es uno de los rasgos más
sobresalientes de la serie A la búsqueda del tiempo perdido. Y,
finalmente, la figura de Ruskin sirvió a Proust para tomar como ideal moral
el propio trabajo fundamentado en un ideal del arte y la literatura
considerados como un fin vital en sí mismo. Mucho más distante queda Marcel
Proust de las ideas más destacables del utilitarismo de John Ruskin: como
los programas sociales para mejorar la situación de los más desfavorecidos o
su propuesta de creación de una gran red de bibliotecas públicas, cuestión
presente en “Sésamo y lirios”. Verdaderamente estos asuntos le traían
indiferente.
Pero el volumen destaca sobre todo por el interés intrínseco de los textos.
El prólogo de Proust “Sobre la lectura” es una breve filosofía de la lectura
y también una introducción al pensamiento finisecular de Ruskin que,
finalmente, resulta leída de la misma manera que Por el amor de Swam
o Sodoma y Gomorra, ya que Proust juega, en esta detallada
descripción del proceso de lectura, con los mismos procedimientos y
artificios que en su producción novelística: el juego con el tiempo o la
minuciosidad descriptiva, los saltos temporales y la atmósfera finisecular.
En este sentido, destaca el profundo amor al arte que salpica todas sus
páginas y su consideración de que la lectura es un trabajo que continúa la
labor del escritor, una vez finalizada la obra, cuestión de radiante
actualidad, en lo referente a la recepción de los textos literarios, y que
ya ha creado escuela. Sin embargo, Proust también nos advierte sobre los
peligros del ejercicio lector, porque, si bien su práctica nos adentra en
territorios en donde nunca hubiéramos penetrado por nosotros mismos, su
obsesiva presencia en nuestras vidas puede llegar a suplir a nuestro propio
espíritu y a nuestra propia vida.
Por su parte, la primera conferencia de Ruskin, “Sésamo: de los tesoros de
los reyes” nos advierte ya de la necesidad de una selección rigurosa ante la
lectura que supone una renuncia de todos los placeres vulgares: “¿Pero
habéis medido y previsto esta corta vida y sus posibilidades? ¿Sois
conscientes de que si leéis esto, no podréis leer aquello? ¿Que lo que
perdéis hoy no podéis ganarlo mañana? ¿Iréis a cotillear con vuestra
doncella o vuestro mozo de cuadra, cuando podríais estar conversando con
reyes y reinas?” Del mismo modo, la concepción sobre la lectura de Ruskin se
fundamenta en la idea de la cultura como una institución perteneciente a la
elite intelectual, institución que debe extenderse pragmáticamente al resto
de la sociedad. Esos reyes y reinas, finalmente, deberán estar al alcance de
toda la población mediante diversas tareas del estado, como la educación del
gusto o la creación de bibliotecas. A su vez, Ruskin defiende la lectura de
aquellos libros que suponen una contraposición a las ideas más arraigadas en
nuestro pensamiento, puesto que de dicha actividad surgirá la reflexión y el
replanteamiento del problema desde una nueva óptica. Por ello, Ruskin, en
ambas conferencias, supone un revulsivo contra ideas asentadas o los hechos
consumados: de ahí que ataque el analfabetismo infantil, la incultura de las
mujeres de su época, la adulación literaria, la imitación y la puesta en
escena, idea muy actual, de un circo que engloba toda la actividad alrededor
de la literatura. El verdadero artista debe quedar al margen de todo ello.
Quizás sea aquí donde resida la verdadera importancia de los textos de
Ruskin, en esa tentativa, que se adelanta a su época, de aglutinar una
atrevida propuesta moral con un programa social junto al desdén aparente por
la maquinaria industrial de la institución artística en una época en donde
el mercado y una decadente cultura de masas lo invadido todo.
Para concluir con alguna referencia a la labor
investigadora de Miguel Catalán, ha obtenido en 2005 el
Premio Ángel Herrera de investigación a
la mejor labor investigadora en el área de Humanidades llevada a cabo por
profesores de las universidades auspiciadas por la Fundación San Pablo
durante 2002-2004. El premio fue fallado en Madrid el 13 de enero de 2005 y
entregado el día 25 del mismo mes y año. Catalán ha realizado
recientes estancias docentes e investigadoras en el Instituto de Ciencias
Políticas de la Universidad de Wroclaw (Polonia) en 2004 y de la Hochschule
de la Universidad Técnica de Sankt-Pölten (Austria) en 2006. Ha sido
invitado para este año 2007 a realizar una estancia similar en la
Universidad Fernando Pessoa de Oporto (Portugal). Ha sido miembro del
consejo de Redacción de diversas revistas especializadas, como Debats,
Creatio, Res Publica o Caracteres literarios y Miembro del
Consejo Asesor de Publicaciones de la Biblioteca Valenciana desde el 8 de
diciembre de 2003. Por último, su actividad como conferenciante tanto de
temas vinculados a sus libros más filosóficos sobre la verdad y mentira como
los relativos a los medios de comunicación y la publicidad le han llevado a
diversos foros nacionales e internacionales.
Luis Veres
Octubre 2006
Actualizado: Noviembre 2009
© José Luis Gómez-Martínez
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