Leopoldo Zea
El
pensamiento latinoamericano
primera parte
X
LA EXPERIENCIA BRASILEÑA
DE LA COLONIA A LA INDEPENDENCIA
Brasil,
como Hispanoamérica, tratará de incorporarse al camino del progreso cuya
máxima expresión se encontraba en los grandes líderes del mismo, las
llamadas naciones occidentales: Inglaterra, Francia y los Estados
Unidos. Pero, por una serie de circunstancias especiales que
expondremos, los esfuerzos para esa incorporación diferirán de los
realizados por los pueblos hispanoamericanos. Al contrario de éstos no
encontrará, como encontraron los líderes de la emancipación mental
hispanoamericana, un obstáculo en el pasado por ellos heredado. No verá
en el pasado ibero, en la herencia portuguesa, lo que los pensadores
hispanoamericanos vieron en la herencia hispana. No sentirá, como éstos,
el deseo de romper, cortar, en forma casi definitiva, con el pasado
heredado de la colonia. Todo lo contrario, verá en ese pasado un buen
instrumento para asimilar, incorporar, el mundo del que quería ser
también parte. No se plantea la disyuntiva, que ya hemos analizado
páginas atrás, entre el pasado y el presente; entre lo que se había sido
y lo que se quería ser; entre la religión y el progreso. Los brasileños
lograrán lo que los primeros pensadores hispanoamericanos intentaron en
vano, conciliar los que parecían dos mundos abiertamente opuestos. Y
para el logro de esta conciliación utilizarán una doctrina filosófica
también conocida por los hispanoamericanos, pero que sólo había logrado
influencia en la etapa anterior a la emancipación política de
Hispanoamérica, lo mismo en el continente que en las Antillas, el
eclecticismo.
En el
Brasil, como en Hispanoamérica, la ilustración y otras expresiones de la
filosofía moderna fueron difundidas y conocidas alentando, también, el
deseo de emanciparse de la metrópoli. Fue en Ouro Preto donde una
minoría cultural, formada en Verney y los enciclopedistas, alzó, como
sus equivalentes en Hispanoamérica por la misma época, la bandera de la
emancipación política frente a Portugal en 1789. Inconfidencia Minera
llámase a este movimiento. Allí estaban ya como ejemplos, la
revolución de independencia norteamericana y los ecos de las ideas que
por la misma época originaban la Revolución Francesa. Los brasileños se
sabían más avanzados social, política, económica y culturalmente que la
metrópoli que los tuteaba. La revuelta sería vencida y su director José
Joaquín da Silva, “Tiradentes”, muerto en el cadalso en 1792. Pero no
iba a ser por este camino, el que de una u otra manera tomaran las
repúblicas hispanoamericanas, por el que iba a marchar la historia
brasileña. Un accidente histórico le ofrecería la oportunidad que
permitiría la solución pacífica que en vano había venido solicitando
Hispanoamérica de la metrópoli hispana.
Este accidente lo
fue la huida en 1808 del rey Don Juan VI ante las tropas francesas
mandadas por Junot para ampliar el imperio de Napoleón el Grande sobre
el reino de Portugal al igual que sobre la España de Carlos IV. El rey
de Portugal se trasladó al Brasil acompañado de toda su corte
instalándose en Río de Janeiro. El desterrado rey Juan VI, asentado en
el Brasil concedió a estas tierras los privilegios equivalentes a los de
la metrópoli que se había visto obligado a abandonar. Concesión que
permitió alcanzar a los brasileños derechos que en vano reclamarán los
hispanoamericanos a Fernando VII, una vez que éste hubiese recobrado el
trono español perdido por su padre. El rey Juan VI decretó la
constitución del Reino Unido de Portugal, el Brasil y los Algarves. Una
constitución que hubiera satisfecho a los infidentes hispanoamericanos
cuando al grito de ¡Viva Fernando VII! ¡Mueran los franceses! se
levantaron a lo largo del que fuera imperio español en América.
Constitución que concedía a los brasileños ese mínimo de autonomía
política, al servicio de su desarrollo, que se consideraba lo que era
igualmente del imperio, autonomía que en vano reclamarían los
hispanoamericanos desde 1810 hasta 1898, fecha última en que tuvo que
separarse, también violentamente, el último trozo del imperio español en
Hispanoamérica, las Antillas.
La
presencia del rey de Portugal en el Brasil hace algo más, aceita las
aguas de un bravío mar que en la América hispana arrasaba con todos los
vestigios coloniales. Se impulsan las artes y las ciencias, en los
mismos momentos en que los artistas y hombres de ciencia de lo que
fueran colonias españolas se alzan contra la incomprensión de su
metrópoli y muchos son sacrificados a lo largo de América. El rey
portugués trae consigo una imprenta que difunde sin violencia las nuevas
ideas, al mismo tiempo que en Hispanoamérica se difunden proclamas
incendiarias y se persigue con saña a sus autores. Se impulsan las artes
y las ciencias, se presenta el proyecto del Instituto Académico, una
especie de universidad, la primera que tendría Brasil en tres siglos de
coloniaje, en el mismo tiempo en que vemos salir, de las viejas
universidades creadas por España en América, los adelantados del
movimiento de independencia que acabará separando brutalmente a las
nuevas repúblicas hispanoamericanas de la metrópoli que no había querido
aceptar el papel de madre que le pedían sus hijas al otro lado del
Atlántico. Una misión de artistas franceses traída por Juan VI da origen
a la Academia de Bellas Artes; las ideas filosóficas de Francia circulan
sin dificultad en la nueva sede del reino. Se pasa de Condillac a Maine
de Birán. Todo, mientras el fanatismo religioso y político trata de
aplastar en Hispanoamérica un movimiento que se hubiera contentado con
menos de lo concedido, por un accidente histórico, al Brasil.
En
1821 el rey Juan VI regresaba a la metrópoli. Brasil era ya una parte,
la más importante, del llamado Reino Unido. Al frente de esta parte del
reino quedará el primogénito del rey portugués, Pedro, con el carácter
de regente. Bastó un acto, simple y sencillo, la decisión del
primogénito del rey de Portugal, para desobedecer a las cortes
portuguesas que lo llamaban a Lisboa y quedarse en Río de Janeiro al
frente de sus fieles brasileños, para que se alcanzase sin dificultad,
sin sangre alguna, la emancipación política por la que se desangraba
Hispanoamérica. El 7 de septiembre de 1822, el regente Pedro, después de
lanzar el famoso grito de Ypiranga, “Independencia o Muerte”, Brasil fue
declarado independiente, y el 7 de diciembre del mismo año el propio
hijo del rey de Portugal, ascendía al nuevo trono del imperio del
Brasil, con el nombre de Pedro I. “El pueblo y la sociedad —dice
Guillermo Francovich— casi no intervinieron en el acontecimiento
provocado por el heredero del trono de Portugal y sus perspicaces
consejeros. De ahí que la independencia del Brasil no produjera ninguna
transformación radical en sus instituciones. El imperio continuó las
tradiciones de la Colonia, sin cambiar nada esencial, librando con ello
al Brasil de las convulsiones políticas que agitaron terriblemente a las
repúblicas latino-americanas durante el siglo
xix” (Francovich 1943: 24).
Un buen día, el pueblo que se había dormido siendo parte de una colonia,
se despierta formando parte de un imperio independiente. Así el Brasil
inicia la misma marcha tomada por los países hispanoamericanos pero sin
su violencia. La revolución es aquí sustituida por algo equivalente a la
evolución. El Brasil, en forma natural, se transformará de acuerdo con
sus necesidades adaptando las formas políticas más de acuerdo con su
desarrollo; casi sin tiranteces, como la fruta que una vez que adquiere
madurez se desprende del árbol que le alimentara y formara.
EL ECLECTICISMO Y EL IMPERIO
¿Cuáles serán las ideas, la filosofía, el pensamiento que justificarán
ideológicamente la actitud tomada por el brasileño en función con la
historia independiente que en esa forma se iniciaba? Ya lo hemos
anticipado, el eclecticismo. El eclecticismo que también encontramos
dentro de la historia del pensamiento latinoamericano, pero sin alcanzar
la eficacia que encontraría en el Brasil. El eclecticismo como doctrina
de conciliación que era serviría maravillosamente al espíritu igualmente
conciliatorio del brasileño. Sin saltos, sin rompimiento alguno, se
tomaba el pasado que se había heredado de la colonia conciliándolo con
las nuevas formas de organización política, social y económica que el
desarrollo del Brasil reclamaba. Doctrina de transición entre las viejas
ideas coloniales y las que se apuntaban ya en el imperio. Era el enlace,
desde el punto de vista filosófico, entre las ideas revolucionarias de
un Locke, un Condillac y los ilustrados que habían provocado la primera
infidencia violenta, y las de un Maine de Birán y Victor Cousin que se
orientaban a un nuevo tipo de orden reñido con el revolucionarismo de
los primeros. El Brasil, gracias a su notable desarrollo, no tenía por
qué seguir dependiendo de la metrópoli portuguesa; pero tampoco tenía
por qué romper con la herencia cultural que había recibido de ella y le
servían a las mil maravillas para lograr el orden sin necesidad de la
metrópoli. Un orden brasileño al servicio de los brasileños. El gran
ecléctico francés, Cousin, había ya señalado la esencia de la filosofía
ecléctica: “coleccionar y reunir las verdades dispersas en los diversos
sistemas, separándolas de los errores con que se hallaban mezcladas”.
Selección que harían los propios brasileños de acuerdo con las
necesidades de su desarrollo, aunando y sirviendo como punto de
transición, entre las ideas conservadoras y reaccionarias del siglo
xix ya en boga, en función
con una idea de orden que se consideraba necesaria para el desarrollo de
las naciones, y las ideas renovadoras al servicio de una humanidad cada
vez más celosa de sus derechos. “Y por eso se orientó hacia el
eclecticismo —dice Francovich— que, sin obligarle a romper con las
tradiciones religiosas le permitía asimilar las corrientes renovadoras
que se imponían con fuerza irresistible” (29). Se conciliaría el orden
colonial con la libertad que animaba el nacionalismo que la presencia de
Juan VI había estimulado en el Brasil.
La
figura principal del eclecticismo conciliador lo fue Frei Mont Alverne
(1785-1869). Brillante orador, atacó desde la cátedra de filosofía en
Río de Janeiro a la filosofía escolástica, al mismo tiempo que exponía y
criticaba a la filosofía moderna. Estaba contra una filosofía que
consideraba ya anacrónica; pero al mismo tiempo contra las doctrinas
filosóficas modernas que lejos de crear un nuevo orden mental creaban la
confusión y el caos. El eclecticismo, tomando las mejores expresiones de
la verdad entre una y otra doctrina, representaba la doctrina más útil
para crear el nuevo orden mental que el hombre, concretamente el
brasileño, necesitaba para continuar su marcha ascendente por el camino
del progreso sin los peligros de las exageraciones. En un sermón dicho
ante el emperador Pedro I resumía el sentido político del eclecticismo
con las siguientes palabras: “El estudio, la meditación, la experiencia
pueden crear las más sabias instituciones políticas, pero su
conservación depende principalmente del amor a la religión” (Francovich
32). Y refiriéndose a los motivos que animaron a los brasileños a
emanciparse de la metrópoli portuguesa decía en otro lugar: “Las teorías
del antiguo régimen eran insuficientes para facilitar el progreso
intelectual dentro de un monopolio injurioso de los honores y una odiosa
desigualdad de los derechos” (33). Con esto se iba apuntado ya el
surgimiento de una nueva clase, una especie de burguesía nacionalista
que se apoyaría, en principio, en el orden que representaba el imperio
creado por Pedro I para desembarazarse de él cuando en su desarrollo
encontrase que era contrario al mismo. Mont Alverne consideraba
necesario un orden semejante al colonial, un orden centralizado, que
permitiese el desarrollo total de la nueva nación. “Es un error —decía—
aflojar los lazos que deben estrechar nuestras provincias. Las apartaría
de la necesidad de un gobierno central que en un solo vínculo aprieta
todas las regiones del imperio” (Francovich 33). El imperio,
precisamente, había evitado las polémicas en torno al federalismo y al
centralismo que dividieron a las nuevas repúblicas hispanoamericanas al
lograr su independencia política de España. El imperio brasileño, pese a
su enorme extensión, se había podido unir en torno a su emperador
manteniendo la paz y el orden. Algo que en vano buscarán los
hispanoamericanos durante esos mismos años, para encontrarlo, como se
verá, en páginas posteriores, en una corriente filosófica que ya se
apuntaba en el Brasil, el orden positivista. El filósofo brasileño,
digno ecléctico, se manifestaba contra los excesos reformistas que
habían causado la anarquía hispanoamericana diciendo: “No busquemos una
perfección especial incompatible con las flaquezas humanas” (33). Estaba
contra las utopías y sostenía un mayor afianzamiento en las realidades
propias de las circunstancias concretas que habían tocado en suerte al
brasileño. Aceptaba la libertad, pero la libertad, diríamos utilizando
términos modernos, en situación, de acuerdo con las circunstancias en
las cuales ha de ser posible. “Un pueblo sin costumbres —decía— no sería
un pueblo libre. La libertad para ser sentida, para ser conservada
necesita constancia y resignación. Sin esos atributos la libertad
degenera en licencia. La libertad no puede existir sin espíritu público,
sin elementos de justicia y principios de equidad. Pero esos principios
elevados son consecuencia de una educación virtuosa basada en la
religión y en la verdadera filosofía” (Francovich 33-34).
Domingos José de Magalhaes (1811-1882), discípulo de Mont Alverne,
continúa sosteniendo la misma filosofía a lo largo del imperio
brasileño. A la de Victor Cousin aumenta la influencia de Jouffroy,
Thomas Reid y la escuela escocesa. A estas corrientes, otro ecléctico,
Eduardo Ferreira Franca (1809-1857), agrega la corriente de los
ideólogos que conoce al cursar medicina en París. Corrientes semejantes
a las que hemos visto influyen en el pensamiento hispanoamericano, sólo
que puestas al servicio de una realidad hecha, establecida y no sólo
como un ideal por alcanzar. El conservadurismo sostenido por los
eclécticos brasileños alcanzará un éxito que en vano buscaron sus
equivalentes en Hispanoamérica, como sucedió en la República Argentina
cuyos sostenedores tendrán que enfrentarse en guerra sin cuartel con los
partidarios de un orden colonial puro. El eclecticismo brasileño
apuntará a una etapa más del desarrollo de la joven nación. Justificar a
un imperio constitucional que se asemejaría mucho al tipo de gobierno
que justificó el eclecticismo francés, a la monarquía constitucional de
la Francia de Luis Felipe. Etapa de política ecléctica en la que
encuentran acomodo todos los intereses. Una especie de compromiso entre
el absolutismo y el liberalismo. Los intereses conservadores enlazados
con los liberales. Era éste el segundo paso. El imperio, sí, pero en una
forma de gobierno más de acuerdo con el cada vez más poderoso
crecimiento de la burguesía brasileña. Es el paso del imperio encabezado
por Pedro I al imperio encabezado por su hijo, Pedro II. El espíritu
constitucional que animará al imperio en la sucesión que representa
Pedro II no es otra cosa que una expresión más de la conciliación que
vienen buscando las fuerzas más poderosas del país.
La abdicación de Pedro I, en 1831, ante lo que se hacía llamar “la
mayoría”, es una expresión de esta combinación de intereses que no
aceptan quedar en segundo plano de acuerdo con la concepción imperial
que aún mantiene Pedro I.
Otra
etapa, igualmente pacífica, pero más avanzada, seguirá durante el
gobierno de Pedro II. Imperio constitucional dentro del cual empiezan a
hacerse escuchar las nuevas fuerzas nacionales que van surgiendo
poderosas. Un paso más que se dará sin violencias. Sobre el mismo se
habla cuando al referirse a la etapa que antecede a la abdicación de
Pedro I, A Aurora Fluminense escribe: “nada de excesos.
Queremos la Constitución, no queremos la Revolución” (Cruz Costa
1957: 24). A estas mismas conclusiones se llegaría en Hispanoamérica,
como podrá verse más adelante al retomar el estudio de sus ideas y
pensamiento. A esta solución conciliadora de intereses, aunque apoyada
en gobiernos dictatoriales u oligárquicos, llegarán las repúblicas
hispanoamericanas. Pero llegarán a ella, después de un gran rodeo en el
que se pretendió alcanzar, por el camino revolucionario, la anhelada
etapa de libertad individual y bienestar material del mundo moderno,
para darse cuenta, aunque tarde, de que por ese camino no era posible
incorporarse a ese mundo y era menester conciliar el pasado con e1
futuro. Conciliación que en Hispanoamérica culmina, a su vez, en un
nuevo conservadurismo que apenas sirve a los fines del progreso que se
señalaban como metas finales. Brasil, por el camino de una evolución
natural, seguía su marcha sin equívocos ni tropiezos.
DEL IMPERIO A LA REPÚBLICA
En el
Brasil, a partir de la abdicación de Pedro I, como en Hispanoamérica al
logro de la independencia política de sus diversos países, se debatirán
las diversas formas de gobierno que debían suceder al primer imperio. Se
discutirá, en forma muy especial, el republicanismo federal y el
monarquismo constitucional, sin que la discusión tomase aquí la forma
que ensangrentó a los pueblos en Hispanoamérica. Triunfarán los
partidarios del monarquismo constitucional mientras el republicanismo
espera su hora, que sabía le llegaría en el tiempo oportuno, cuando la
nueva nación se encontrase madura para su asunción. Existieron, por
supuesto, opiniones circunstancialistas que pedían la monarquía
absolutista mediante la restauración en el trono del abdicante Pedro. En
general, sin embargo, las diversas fuerzas del país se agruparon en
torno al pequeño rey Pedro II, en favor del cual había abdicado Pedro I.
No faltaron, desde luego, algunas revueltas de diversos descontentos,
pero sin alcanzar extremada violencia, y menos aún sin llegar al punto
de las hispanoamericanas. Una relativa inestabilidad se hace sentir
durante diez años, entre 1830 y 1840. La monarquía constitucional, sin
embargo, se sostiene y triunfa, y en 1850 se afirma. Los intereses
quedan conciliados, no se vuelve a hablar de otra forma de gobierno
hasta 1889, año en que se establece la república. Establecimiento
natural, necesario, frente a la aparición de nuevas fuerzas sociales que
se hacen presentes al abolirse la esclavitud. Las viejas fuerzas de
origen colonial, apoyadas en el dominio de la tierra y su explotación,
por medio de esclavos, al igual que las de los ingenios azucareros, se
han debilitado y se ven obligadas a dejar el paso a nuevas fuerzas, pero
conciliando con ellas sus intereses. Fuerzas que tienen como base la
explotación industrial y ya no necesitan del esclavo. Un paso importante
más en la marcha progresista del Brasil, sin que se desencadene ninguna
violencia. Una violencia que no sólo se desencadenará por este mismo
hecho en Hispanoamérica, sino también en la nación modelo de las
latinoamericanas, Estados Unidos, con la guerra de secesión, resultado
de la abolición de la esclavitud decretada por el presidente Lincoln en
1863, lucha entre el norte industrialista y el sur esclavista; apoyado
en la explotación de la tierra y los ingenios de azúcar, Brasil da el
mismo paso, una vez más, pero en forma plenamente natural. El paso del
imperio a la república seguirá con la misma naturalidad que acompañó el
dado de la colonia al imperio.
Desde el año de 1850, año en
que se afianza el imperio constitucional de Pedro II, el Brasil pasa
aceleradamente por una serie de transformaciones sociales y económicas
que lo orientan hacia el anhelado industrialismo soñado por los grandes
utopistas hispanoamericanos. Un primer acto de este desarrollo, el cual
no necesita ya de la explotación directa del hombre en que se basaba la
colonia y el primer imperio, es la suspensión del tráfico de esclavos.
La inmigración, se va realizando en gran escala y sustituye al esclavo
negro por el colono europeo al que hay que dar otro trato, además de que
él mismo lleva sus propias ideas respecto de este trato. La guerra con
el Paraguay (1865-1870) obligó al Brasil a revisar su sistema
administrativo y fiscal, al mismo tiempo que puso a sus tropas en
contacto con uruguayos y argentinos con otra mentalidad política diversa
de la suya. A esto se agregó la controversia entre el gobierno y los
prelados católicos en que se hicieron patentes las pretensiones del
clero y, con ellas, los obstáculos que para el desarrollo de la
nacionalidad brasileña significaban las mismas. Es también en 1850 que
aparecen las primeras manifestaciones de la doctrina que habrá de tomar
el puesto del eclecticismo, una vez que éste dejó de ser útil a la
realidad brasileña, el positivismo.
La caída del imperio francés en
1871 y la proclamación de la tercera república influirán fuertemente en
los futuros sucesos políticos del Brasil respecto a su propio imperio.
La corriente republicana toma fuerza y prepara el cambio de poder. Otro
acontecimiento histórico mundial perfila, aún más, la futura orientación
del Brasil, la guerra de secesión de los Estados Unidos. Las viejas
formas de orden van a ser pronto alteradas. En el campo filosófico
corresponde a Tobías Barreto (1839-1889) dar las primeras batallas
contra el eclecticismo. Sigue, en cierta forma, al positivismo pero se
inclina más hacia la filosofía alemana, concretamente a Kant. Del
eclecticismo decía: “¿Quién no pretende ser filósofo leyendo Du Beau,
du Vrai et du Bien?” (Francovich 1943: 60). Según Barreto, Cousin,
el padre del eclecticismo, apenas podría resistir la fuerza del
pensamiento de un gigante como Kant. “La parte cómica de la filosofía
—dice en otro lugar— corresponde a los directos descendientes de Cousin.
El espiritualismo de Frank, Simon, etc., no pasa de un estéril y
misérrimo comentario del credo católico y es uno de los gestos de
repugnancia que hace el siglo xix ante la copa llena de nuevas y acérrimas verdades que le
ofrece la mano de los grandes pensadores” (60-61). Tobías Barreto crea,
en Recife, la escuela germana, el germanismo, que pone en crisis,
filosóficamente, al eclecticismo. El segundo paso lo dará el positivismo
que lo sustituye, y justifica a la nueva clase social que desplaza a la
hacendaria y cañera cuyos intereses había conciliado el segundo imperio.
La acción de Tobías Barreto en Recife es reforzada con el incremento que
se da a los estudios matemáticos y las ciencias naturales, en donde el
positivismo viene a ser la piedra de toque de su posible y exacto
conocimiento. El evolucionismo influye, a su vez, en la transformación
del derecho y se funda la Escuela de Minas. “Como expresión de estas
ideas nuevas —dice Cruz Costa—, comienza a tomar importancia una
élite nueva, una nueva burguesía que, en muchos aspectos se opondría
a la élite tradicional, representada por los latifundistas y por
los señores esclavistas y con ingenios. Son ahora los hijos de la
burguesía comercial y burocrática, hasta entonces de importancia
secundaria, los que van a aparecer en el escenario político e
intelectual del país. A las nuevas generaciones de los hijos de los
grandes propietarios rurales que ingresan a las dos Facultades de
Derecho del país (hasta entonces ahí eran reclutados los bachilleres
que formaban las planillas políticas, administrativas e intelectuales),
se juntarían ahora los representantes de esta nueva burguesía. Es
necesario agregar a éstos, los muchachos que se dirigían a la Escuela
Central y a la Escuela Militar, frecuentadas por jóvenes que irían a
servir en las nuevas empresas técnicas y en la oficialidad del ejército
y que también ocuparían un lugar de importancia en la constitución de
una nueva ‘inteligenzia’” (Cruz Costa 1957: 30). Todos ellos,
ingenieros, médicos y militares encontrarán en la ciencia, y en la
filosofía que decía expresarla, el positivismo, la justificación del
cambio político que correspondía a un ineludible cambio social y
económico.
El
positivismo, que en Hispanoamérica fue visto como instrumento para el
logro de una serie de cambios políticos, sociales y económicos, fue en
el Brasil el instrumento adecuado para servir a una realidad que se
transformaba por sí misma. Así lo que en Hispanoamérica resultó ser un
utopismo más, al no lograrse los anhelados cambios, en el Brasil resultó
ser el instrumento que reclamaba la realidad, la que dejaba de ser rural
para transformarse en industrial. Brasil, siguiendo su marcha evolutiva,
que no revolucionaria, se encontró con el positivismo y se sirvió de él
por considerarlo adecuado a sus nuevas circunstancias. La nueva
realidad, provocada por el crecimiento de fuerzas industriales en varios
centros del país, como São Paulo, fue debilitando a la representada por
los grandes dueños de haciendas e ingenios azucareros, apoyada en el
trabajo hecho por esclavos. La industrialización hacía innecesaria la
labor del esclavo; la abolición de la esclavitud en 1888 representó el
más claro signo del cambio logrado por la sociedad brasileña. Un año
después, en 1889 se proclamaba la república. El imperio era ya también
innecesario.
El
imperio hace mutis, en la misma forma en que había surgido casi sin
ruido, casi sin violencia. Surge una forma más de gobierno, la adecuada
a las circunstancias brasileñas. Lo mismo sucede en el mundo del
pensamiento y de las ideas en que se apoyará el brasileño. El
eclecticismo, servidor del imperio, deja su lugar al positivismo que
satisface mejor las necesidades ideológicas de la nueva república. Éste,
como aquél, tendrá como función la de frenar cualquier intemperancia
política que pudiese alterar la suave marcha de la nueva nación. El
propio positivismo será adaptado a las necesidades de la república
eliminando de una doctrina lo que fuese contrario a las mismas. En un
caso, como en otro, en el del eclecticismo y en el del positivismo, se
buscó servir a la realidad sin pretender desajustarla; se adaptaron a
ella ayudándola en su marcha; no pretendieron hacerla saltar. La
evolución era lo opuesto a cualquier salto que pudiese significar su
posible muerte o detención. Sobre el positivismo y su influencia en el
Brasil ha dicho Jackson de Figueiredo: “Si en vez del positivismo
hubiera sido otro el espíritu filosófico que hubiera animado a los
fundadores de la república, ¿a dónde nos hubiera llevado el entusiasmo
demagógico? Como brasileño, al contrario de mucha gente, veo con buenos
ojos la influencia más o menos eficaz del positivismo en nuestros
veintiséis años de vida republicana. El positivismo sabe lo que quiere
en medio de la confusión de ideas y de sentimientos egoístas” (Francovich
1943: 44).
EL POSITIVISMO Y LA NUEVA CONCILIACIÓN
El
positivismo, decíamos, se presenta en el Brasil como el más adecuado
instrumento para frenar dos fuerzas cuya orientación hubiese podido
llevar a la joven nación por el camino de las guerras fratricidas que
desgarraron a Hispanoamérica: la Iglesia y la masonería. Dentro del
imperio estas dos fuerzas se disputaban el derecho a orientar a la
nación y su disputa pudo originar la anarquía que siguió en
Hispanoamérica a la emancipación política de España. Los pensadores de
la América hispana se encontrarán con el positivismo para ver en él un
arma ideológica eficaz para poner fin al largo caos que los azotaba; los
pensadores brasileños por su lado se encuentran con el positivismo antes
de que se pudiese desatar tal caos. Hispanoamérica, se podría decir,
utilizará el positivismo para poner fin a la anarquía; el Brasil, pura y
simplemente, para evitarla. Una vez más se elude la ruptura, los
extremismos destructores. La conciliación, buscada por Hispanoamérica
después de una sangrienta etapa de desorden, es simplemente continuada
por el Brasil, dándole otros matices.
Luis
Pereira Barreto (1840-1923), el más destacado de los introductores del
positivismo en el Brasil, se enfrentó, ya dentro del imperio, a las dos
fuerzas que se disputaban el porvenir de la nación y pudieron llevarla a
la anarquía de la que había escapado al lograr su emancipación de
Portugal. Hace una crítica, que veremos coincide con la hecha por los
hispanoamericanos a las mismas fuerzas, siguiendo la interpretación de
la historia de Augusto Comte, de acuerdo con la cual la Iglesia no es
sino expresión ya anacrónica del estadio teológico; mientras la
masonería liberal representa, a su vez, otra etapa igualmente ya
anacrónica, la metafísica. Etapas de la historia del espíritu de la
humanidad que deben dejar su lugar al más alto de los estadios, el
positivo que resume y concilia toda historia.
Allí
estaban, como un signo de advertencia, las pretensiones de la Iglesia
frente al imperio suscitando la cuestión religiosa entre los años 1872 a
1874. Tales hechos habían mostrado “el vigor agresivo de las
pretensiones ultramontanas” (Francovich 1943: 53). Por el otro lado
estaban las pretensiones, igualmente agresivas, del liberalismo
masónico, para el cual el progreso empezaba con la Revolución Francesa y
daba a las palabras un poder mágico de transformación. Los
representantes de estas fuerzas partían de “la suposición de que con una
palabra mágica, con una simple mudanza de gobierno sería resuelto el
problema social y garantizado el triunfo del progreso” (53). Frente a
estos extremismos, teológicos y metafísicos, estaba la mentalidad de los
representantes de las fuerzas positivistas que “deseaban para el Brasil
una nueva organización espiritual por la ciencia” (53). De acuerdo con
la cual “la vida adquirirá nuevo aspecto y una nueva claridad iluminará
todos los horizontes, una moral superior a la moral teológica dominará
el mundo. Será la justicia social, será la tolerancia, será la paz, será
la subordinación de los intereses privados al interés común, será la
simpatía universal, será la humanidad” (53).
En
donde el positivismo adquirió más fuerza, la suficiente para orientar el
cuartelazo que dio fin al imperio, fue la Escuela Militar de Río.
Benjamín Constant (1836-1891), profesor de matemáticas de la citada
escuela, fue el encargado de difundir el positivismo comtiano a los
jóvenes que acudían a ella, estimulando los anhelos de transformación
que ya se han señalado. Al lado de este grupo se formó otro más radical,
el del Apostolado que no sólo verá en la filosofía de Comte un
instrumental al servicio de la realidad brasileña, sino una doctrina
total, para ser seguida en todos sus aspectos, incluso el religioso, al
aceptar la religión de la humanidad y crear el único templo positivista
de América. En otro lugar de este libro veremos las implicaciones de
este movimiento con el de los hermanos Lagarrigue de Chile, que
siguieron línea parecida y reconocieron la “ortodoxia” brasileña frente
a los propios herederos franceses de Comte. Miguel Lemos (1854-1916) y
Teixeira Mendes (1855-1927) fueron los animadores de la ortodoxia
positivista, enfrentándose a Pierre Lafitte que, en opinión de los
fundadores del Apostolado Positivista del Brasil se había apartado de
las enseñanzas del maestro. Cisma que surge, precisamente, en función
con el cambio social y económico de que hemos hablado, y que culminará
con la abolición de la esclavitud. Los positivistas no podían tener
esclavos, de acuerdo con el maestro francés Comte, aunque era todavía lo
natural en el Brasil. Uno de los miembros del Apostolado que se empeñaba
en tenerlos fue expulsado; expulsión notificada a Lafitte que aconsejó
no tomar tan drásticas medidas y distinguir entre la doctrina y moral
positivistas y lo que eran simples consejos que podían seguirse o no
según lo permitiesen las circunstancias. Los del Apostolado rompieron
con París y mantuvieron su punto de vista como propio de la ortodoxia
positivista. El punto de vista que adoptaría toda la nación respecto a
la esclavitud, aboliéndola, como ya se indicó, un año antes de que se
proclamase la república. “La Sociedad Positivista —decía Lemos— no es
una sociedad literaria o una academia científica. Somos una Iglesia”
(42).
¿Iba a
ser éste el camino del positivismo y de la nación que se servía de él?
Por supuesto que no. La ortodoxia, el radicalismo positivista, tenía que
ser contraria a la mente equilibrada, práctica, del brasileño. Benjamín
Constant, también miembro del Apostolado, y uno de los fundadores de la
república se apartó de tal ortodoxia. Lo mismo hicieron muchos de los
seguidores del positivismo. Éste no era sino un instrumento de
conciliación, de orden, no una meta a realizar y a seguir. Los miembros
ortodoxos del Apostolado, al declararse la república le ofrecieron su
inmediata adhesión y cooperación, y, con ellas, un programa a realizar.
El programa tenía como puntos esenciales los siguientes: “Nuestra
constitución —decía— debería combinar el principio de la más absoluta
libertad con el principio de autoridad. Tal combinación quedaría
asegurada del modo siguiente: a) perpetuidad de la función
dictatorial, acumulando el poder ejecutivo, comprendiendo en éste el
poder judicial, con el legislativo y transmisión del poder a un sucesor
libremente elegido por el dictador, bajo la sanción de la opinión
pública convenientemente consultada; b) separación de la Iglesia
y el Estado; supresión de la enseñanza oficial, salvo la instrucción
primaria; plena libertad de reunión y discusión, bajo la única condición
de la firma de los escritores y completa libertad profesional, mediante
la abolición de todos los privilegios científicos, técnicos e
industriales; c) una única asamblea, elegida a claras, poco
numerosa y exclusivamente destinada a votar el impuesto y fiscalizar los
gastos” (42-43). El ideal de orden establecido por Augusto Comte podía y
debía ser establecido en el Brasil. Teixera Mendes fue, además, invitado
a presentar un proyecto de bandera para la nueva república. Éste fue
presentado con el lema positivista: Orden y Progreso. La bandera fue
aceptada y también lo referente a la separación de la Iglesia y el
Estado. La idea de la dictadura, por el contrario, fue rechazada sin
debate. El liberalismo brasileño, que nada tenía que ver con el
liberalismo metafísico combatido por los positivistas, se imponía y no
utilizaba de esa doctrina sino la capacidad de la misma para la
observación de la realidad y el adiestramiento técnico y científico del
hombre que estaba creando una nación y que eludía cualquier extremismo
que la pusiese en peligro.
Había
que esperar varios años, a través de los cuales la república se encontró
alterada con una serie de pugnas internas, para que el ideal de la
dictadura positivista fuese, si no aceptado, al menos relativa e
implícitamente realizado. Fue en otro momento de la historia del Brasil
en que la dictadura liberal, se considera necesaria para el desarrollo
de la nación. Dictadura no impuesta, sino solicitada y aceptada por el
propio pueblo brasileño para combatir las contradicciones internas y las
presiones externas que frenaban su marcha hacia el progreso. La
dictadura de Getulio Vargas, que en nada se parece a las dictaduras
surgidas en Hispanoamérica, ya fuesen éstas conservadoras o liberales.
Ya Cruz Costa ha señalado la relación de la mentalidad de Vargas con el
positivismo brasileño. Una dictadura aceptada, como se aceptó la
emancipación, los dos imperios y la república. Esto es en función con la
marcha de la nación brasileña. Instrumentos necesarios, que fueron
abandonados, fría y serenamente, cuando los mismos carecieron de
utilidad.
Notas
Cf. João Cruz Costa, Contribução a história das ideias no Brasil,
Río de Janeiro, 1956 (trad. cast. Esbozo de una historia de
las ideas en el Brasil, México, 1957).
©
Leopoldo Zea. El pensamiento latinoamericano. Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, con
la colaboración de Martha Patricia Reveles Arenas y Carlos Alberto Martínez
López, Diciembre 2003. La edición digital se basa en la tercera edición
del libro (Barcelona: Ariel, 1976) y fue autorizada por el autor para
Proyecto Ensayo Hispánico y preparada por José Luis Gómez-Martínez.
Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción
destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.