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"Abenámar, Abenámar"
(Anónimo)
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—¡Abenámar, Abenámar, moro de la morería, el día que tú naciste grandes señales había!
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Estaba la mar en calma, la luna estaba crecida; moro que en tal signo nace, no debe decir mentira. Allí respondiera el moro,
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bien oiréis lo que decía: —No te la diré, señor, aunque me cueste la vida, porque soy hijo de un moro y una cristiana cautiva;
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siendo yo niño y muchacho mi madre me lo decía; que mentira no dijese, que era grande villanía; por tanto pregunta, rey,
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que la verdad te diría. —Yo te agradezco, Abenámar, aquesta tu cortesía. ¿Qué castillos son aquéllos? ¡Altos son y relucían!
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—El Alhambra era, señor, y la otra la mezquita; los otros los Alijares, labrados a maravilla. El moro que los labraba
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cien doblas ganaba al día, y el día que no los labra otras tantas se perdía. El otro es Generalife, huerta que par no tenía;
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el otro Torres Bermejas, castillo de gran valía. Allí habló el rey don Juan, bien oiréis lo que decía: —Si tú quisieras, Granada,
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contigo me casaría; daréte en arras y dote a Córdoba y a Sevilla. —Casada soy, rey don Juan, casada soy, que no viuda;
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el moro que a mí me tiene, muy grande bien me quería.
[Fuente: Romancero
español. Edición de Luis Santullano. Madrid: Aguilar, 1968
Audio: interpretación de Macu Gómez,
macumacu2006@yahoo.es ]
Reflexiones
para una lectura de "Abenámar, Abenámar"
Proyecto Ensayo Hispánico
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