El
pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana: Argentina
"Andrés Terzaga ante la
condición humana"
Carlos Pérez Zavala
Se cuenta que el
mar, uno por uno y en virtud de una ley, saca todos los
granos de arena a la playa para que tomen el sol. Las
razas hacen lo mismo con las divinas arenas del alma.
Siglo por siglo, año por año, grano por grano, las van
revelando a los ansiosos ojos de los hombres. Sobre la
playa del tiempo, cuando el hermano Caín sea un ángel,
no habrá aguas que oculten los infinitos, milagrosos
granos de arena que hoy reposan en el fondo de nosotros.
Datos biográficos: el personaje y su medio
Las
palabras del epígrafe nos revelan que nos hallamos ante un espíritu
inquieto, profundo, no convencional: Andrés Terzaga; librepensador,
teósofo, orientalista, pesimista radical. Nos proponemos rescatar esta
personalidad que florece en el primer tercio del siglo veinte en el sur
de Córdoba y reflejar, a la vez, una faceta del ambiente intelectual de
Río Cuarto durante esa época.
Omar Isaguirre, escritor
riocuartense, dijo de Andrés Terzaga:
por su actividad ante la
vida y su devoción por la palabra representa al poeta sin serlo,
pero sus líneas, de vibrante prosa fragmentaria
estuvieron asidas a la suprema ley del ritmo y a los dictados de
la razón, abrevó en la belleza, en lo natural y en el drama de
la incomprensión, sustentada en intensas lecturas desde Gibrián
a Nietzsche; por momentos lo desbordó el pesimismo [...] sus
reflexiones filosóficas, con emotivas incrustaciones poéticas,
configuran breves manifiestos, intuitivos y humanistas, sobre la
verdad y lo justo. Místico a veces, influido por concepciones
orientales en otras, conmovían sus cartas por los dramáticos
alegatos que le sugerían la vida y la muerte (Isaguirre; 1982).
Leopoldo Durán se refiere a
una voz clara, serena y
armoniosa, pronúnciase ahora entre las voces más armoniosas, más
serenas y más claras de América. Esa voz se manifiesta desde un
recogido lugar de provincia, y es la expresión de un espíritu
solitario y meditativo, maduro de graves y amables pensamientos.
De ahí que, leyendo las prosas fragmentarias de Andrés Terzaga...hallemos
en cada oración la síntesis luminosa de un proceso mental
certero y penetrante.
Elevaba su pensamiento a
las Alturas pero no practicaba ningún culto religioso; rechazaba
los dogmas y los ritos. Estudió, sin embargo, con morosa
atención las grandes figuras de los fundadores de religiones y
resumió sus vigilias en un paralelo que las define...Nunca actuó
en política ni ocupó cargo alguno público o privado, ni dependió
directamente de nadie (Durán: 1957: prólogo).
Manuel Gálvez, hablando de los
colaboradores de Ideas, recuerda que en su mayoría provenían de
las provincias:
Leuman y yo somos
santafesinos...Mario Bravo es tucumano, Alfredo López Prieto era
de Río Cuarto. Alberto Gerchunoff había pasado su infancia en
una colonia israelita de Entre Ríos. En la provincias residían
otros muchachos escritores vinculados a nuestro grupo, como
Andrés Terzaga, en Río Cuarto, que pasó algunos meses en Buenos
Aires, huésped en la pieza de su coterráneo, Alfredo López
Prieto; Leopoldo Velazco, también en Río Cuarto (Galvez: 1944:
40).
Hijo de Andrés Terzaga y Amelia
Ramallo, nuestro autor nació en Río Cuarto el 4 de agosto de 1882.
Antigua familia de españoles, los Terzaga se instalaron primeramente en
Villa Nueva en la primera mitad del siglo XIV. Ya en Río Cuarto, su
padre se dedicó a la política y a regentear una farmacia, centro de
caracterizadas reuniones en las que se intercambiaban inquietudes
literarias y se apoyaban iniciativas encaminadas al bien público, al
arte, al teatro.
Estudió como alumno interno en el
Instituto Nicolás Avellaneda, de la Capital Federal, concluyendo sus
estudios secundarios en 1901. Después de realizar el servicio militar
regresó a su pueblo natal. Sólo salió de allí en sus esporádicos viajes
a Buenos Aires y a Córdoba, ciudad donde falleció el 21 de noviembre de
1931.
Su primera esposa fue Ermelinda San
Millán. De ese matrimonio nacieron tres hijos, entre ellos el futuro
escritor e historiador, Alfredo Terzaga. Ermelinda falleció joven en un
sanatorio de Buenos Aires en 1924. Su segundo matrimonio ocurrió en
1925, uniéndose a Manuela Cabral, de la cual nacieron dos hijos, Emilio,
que sería catedrático en España, y Daniel.
Manuela Cabral, su segunda esposa,
era una persona muy inteligente, de gran sensibilidad y firme carácter,
que supo captar la fibra de su marido. Las cartas de Manuela a sus
amigos ayudan a penetrar en lo hondo de la personalidad del escritor:
Como había vivido
–fatalmente– se fue para siempre nuestro Andrés. Todas las
lágrimas me son pocas para llorar ese gran corazón, esa lúcida
cabeza , esa vida de `niño grande´ atormentada siempre por los
porqué superiores de la existencia y las minucias diarias de la
vida. Sin embargo, sus últimos momentos fueron una aceptación
gozosa y hasta ansiosa de la muerte [...] El se fue casi
tranquilamente. Entró en la Paz total y definitiva a las 17
horas y media. Entró en la muerte con la serenidad y seguridad a
que jamás pudo asirse en la vida. [...] fue su sepelio toda una
apoteosis al hombre bueno que cargó en la vida un corazón tan
grande como su cerebro lúcido. Río Cuarto lo quiso mucho (Terzaga:
1944: apéndice).
En Terzaga, como ocurrió con los
románticos, se entrelazaban el amor, el misterio, la vida, la muerte...
En cuanto a su fisonomía, Durán lo muestra
alto, erguido, recto,
cierta vez sus manazas me levantaron en vilo y cargándome a sus
espaldas avanzó por un corredor del sanatorio donde yo
convalecía de un grave mal. Tenía cabellos negros y ondeados:
frente combada y alta, con surcos: ojos oscuros que apuraban la
inquisición sin quevedos; nariz aguileña que venteaba oasis en
desiertos; labio inferior habitualmente con rictus amargo;
mentón prominente; tez blanca sonrosada y rostro rasurado. Su
semblante varonil de acentuados rasgos expresaba con
transparencia sus emociones. Era bueno y cordial bajo la
caparazón ríspida de hombre a la defensiva que las
contrariedades de la vida le hacían adoptar. Lo vimos vestido
siempre de riguroso negro. El tétrico atavío le daba un aspecto
curialesco, negación de la realidad de su persona (Terzaga:
1944: nota preliminar).
El Río Cuarto de la segunda década
del siglo, del primer mandato de Yrigoyen y de la Reforma Universitaria,
tenía una destacada vida cultural y social. El primer periódico fue
La Voz de Río Cuarto, que apareció en 1875. En 1912 salió a la calle
El Pueblo. En la segunda década del siglo se publicaban en Río
Cuarto La Revista, El Ideal, Río Cuarto Ilustrado, Ariel, El Fígaro
(revistas) y el diario Justicia. Hubo muchas publicaciones
menores sostenidas por instituciones educativas o por líricos y
espíritus cultos, como La Alborada (1923) Iris (1925) y
Juvenilia (1930) y revistas estudiantiles como Logos (1923) y
Alma argentina (1923).
Los conservatorios de música datan
de la primera década del siglo. En el arte musical no se puede olvidar
la obra de Alesio Ianaccone, forjador de grandes valores locales. En
cuanto a pintura, la figura más prominente es la de Herminio Malvino,
quien llega a Río Cuarto en 1904 y a quien José León Pagano considera un
precursor de la pintura en Córdoba. El teatro municipal fue inaugurado
oficialmente en 1909, con la presentación de un elenco italiano dirigido
por Pablo Giacometti presentado “La morte civile”.
En 1911 ya existían en Río Cuarto
sociedades masónicas como “La estrella de Río Cuarto”, de rito escocés,
con templo propio; “Víctor Hugo 2th”, del rito azul en sueño; y “Lautaro”,
del rito confederado, en sueño. Hay, además, un “Centro de
librepensadores”, con local propio. La Reforma universitaria de Córdoba
de 1918 tuvo ecos profundos en Río Cuarto, sobre todo en los centros de
estudiantes secundarios que la apoyaron fervorosamente.
Desde el punto de vista del valor
documental, la Biblioteca del Convento de San Francisco siempre fue la
más importante, pero desde su fundación, el 10 de abril de 1905, la
Biblioteca Pública del Centro de la Juventud, antecedente inmediato de
la actual Biblioteca Pública “Mariano Moreno”, difundió la cultura en la
ciudad y prestó grandes servicios a los estudiantes. En 1919, a
instancia de los socialistas, se inauguró la Biblioteca “Luz y
Progreso”.
En 1923 tiene lugar la primera
huelga general declarada por los gremios obreros de Río Cuarto, en
protesta por el asesinato del dirigente Kurt Wilkens. En ese año, en
agosto, se constituye el Centro de Estudios Teosóficos, siendo Andrés
Terzaga uno de sus fundadores. El 16 de mayo de 1926, a raíz de la
conferencia ofrecida por la feminista italiana Condesa Pagani de Paci,
se constituye la Sociedad de Cultura femenina “para contribuir a la
dignificación de la mujer”.
No podemos extendernos aquí sobre
las actividades de otros grupos como el del partido radical, el
socialismo o sobre las pintorescas querellas entre conservadores y
liberales, clericales y anticlericales, patriarcalistas y
antipatriarcalistas, hedonistas y pesimistas, todo bien documentado por
la prensa de la época.
No faltaban, en Río Cuarto,
manifestaciones culturales y los índices de apertura ideológica no
resultaban un dato menor. Filloy, el gran escritor y promotor del boxeo
como deporte (pasión de Andrés Terzaga), ya trabajaba y escribía en esta
ciudad. Cuando Terzaga se queja de la soledad que sufre en este lugar
“horrible”, ¿se trata de un problema suyo o de la sociedad en que vive?
Los defectos de la sociedad riocuartense, el afán de lucro, por ejemplo,
eran comunes a la sociedad argentina tensionada entre la Argentina
criolla y la Argentina aluvional. La idea de que la protesta de Andrés
desborda los límites de su ciudad, aunque se desquita primeramente con
el entorno, se confirma cuando, en 1917, experimenta:
una rebelión y un asco
indecibles ante la estupidez y el odio fresquito de derechas e
izquierdas. Nadie sabe conciliar; nadie, desde el punto
equidistante, sabe darle a Dios lo que es de Dios, y al César lo
que es del César. Entretanto, canallas y bellacos, sórdidos e
imbéciles, vivos y simuladores sibaritas y hambrientos, rapaces
y mendigos se reparten el mundo: este pequeño `que nos lleva
encima como un atorrante lleva sus piojos`. No hay dónde asirse,
ni iluminar claro que testimonie luz legítima, ni cosa valedera
por la cual romperse el alma. El genio lleva encima la roca de
Sísifo ante la vasta carcajada del semicírculo de cretinos; y
cualquier bandido caradura o analfabeto del espíritu se
constituyen en directores de naciones o pilotos de la juventud.
Quedan, no obstante, el recurso de la protesta, de la puteada a
tiempo, de la defensa solitaria, de la voluntad individual
contra la que nada pueden la imbecilidad o la fuerza. ¡Y el
último recurso: morir, morir, morir...! (Terzaga: 1944)
Además, el hombre que escribió
“estoy solo en medio de la canalla” es el mismo que dice “Siempre estoy
enfermo y de un humor sombrío, como consecuencia, acaso, de lo primero;
aunque eso del humor sombrío podría también justificarse por lo de los
ojos muy abiertos” (1944: 67; 73).
Ese sentimiento de desterrado era
común en la época. El se sentía lejos de Buenos Aires y muchos
argentinos “tan lejos” de Paris. Faltaba conciencia de la centralidad
del sujeto propio, que está cerca de todo. A veces faltaban los
estímulos que dan los diálogos con almas similares y los medios que hoy
tenemos de comunicación y de información. La soledad de Terzaga tenía
mucho que ver con su actitud personal ante la vida, pero no era
atribuible al nivel cultural de la ciudad. Por lo contrario, la
presencia de los movimientos heterodoxos sólo se explica por un
apreciable florecimiento del pensamiento, del arte y de la preocupación
social y política.
El heterodoxo y sus creencias
La razón cabe toda entera
en la imaginación, como una provincia en un territorio.
De la misma manera, la una
no es más que parte de la otra. Razonar no es sino imaginar con
método, trazar rectas y ángulos y recovecos en la imaginación.
Razonar es bordar en esa
tela, hacerse una casa en ese espacio.
De la primera nace la
lógica: arma no siempre noble, moneda con la cual tratamos en el
mundo de comprar la verdad... o de obscurecerla. De la segunda
nace el celeste y terrible ensueño: ala y garra de espíritus,
sabiduría de sabidurías, lobo de corazones. Y existe entre una y
otra la diferencia que va de una peinado jardín a una selva
virgen (Terzaga: 1916: 10).
¿Te llama el arte o la
belleza? ¿Deseas producirla para consuelo u enseñanza, para
domesticar la bestia brava que vive en el fondo de tu instinto?
¿Deseas para tu arte o tu belleza las virtudes del agua y del
pan? [...] Pues vuelca en la palabra el ritmo de tu sangre, tu
heroica intención de amor; refleja en ella el azul estrellado de
tu pensamiento sin anhelar la gloria. – esa gloria que aquí en
la tierra no va nunca más allá del mármol de su estatua...(Terzaga:
1916: 21).
En Terzaga no hay sistema. Ha leído
a Nietzsche, a Schopenhauer, a Voltaire, pero también a los pitagóricos;
se ha nutrido de la sabiduría de los grandes maestros de Oriente y ha
bebido en fuentes árabes como la obra de Kahlil Gibrián, sobre el
cual observa: “Ese espíritu tiene la estatura del cielo, del silencio,
del mar, de la vida, de la muerte. No conozco, en veinte años
consecutivos de lecturas y meditaciones, cosa más grande. Toda la
inteligencia, todo el dolor, toda la tristeza, toda la duda y toda la fe
de los hombres están en él. No he visto, tampoco, claridad más clara, ni
he sondado, tampoco, más honda hondura de pensamiento. Hay en Kahlil
Gibrán la muestra única, en letras humanas, de la capacidad de síntesis
del genio. La fatalidad de pensar, hermanada a la de vivir y esperar,
aparecen en el árabe estupendo concretas y reales: como puñales de
hierro que hieren y llamas que devoran. ¡Qué poesía, Dios mío! “El loco”
me ha quemado –hasta la médula– en dos hornos: uno de gloria y otro de
infierno” (Terzaga: 1916: 23).
En agosto de 1924, se define a sí
mismo: “el Terzaga de alma cuasi eslava, contradictoria, atormentada,
pasiva, asiática, budista, que siempre he sido” (1916: 14).
Su orientalismo es
patente cuando dice de La Revista de Occidente: “No hay ignorancia que
no sea suspicaz; y la mía ...ha olfateado más de una cosa viejísima en
las páginas “nuevas” de esa revista. Esa revista vuelve hacia Oriente
mucho más de lo que parece, e ideas contenidas ya en los Vedas, y en su
cuerpo principal –los Upanishads– están canalizadas, sistematizadas,
occidentalizadas, trajeadas de ‘nuevo’. Sí...pero...” (Terzaga: 1916:
54:55).
Terzaga se inscribe entre los
bohemios, como Emilio Becher y Edmundo Monteavaro, cuyo centro de
reunión era el Café de los Inmortales. En Río Cuarto se reunían en el
Centro de librepensadores, que Terzaga había contribuido a formar. Su
sincretismo es claro en algunos escritos. Uno de ellos, breve, se
titula “Y los tres no son más que uno”:
Hablando de Jesús, recuerda
que, según los cuatro evangelios, no hay profeta sin honra sino
en su tierra. Ya lo veis: no pudo ser más horrible su lucha de
tres años. En cambio Buddha fue honrado en su tierra, en su casa
y entre sus parientes. Pero hubo de luchar cuarenta y cinco
años! Mahoma también fue profeta en su tierra, en su casa y
entre sus parientes. Y... hubo de luchar veinte años!
Resume sus convicciones:
Jesús. Su copa está en nuestros corazones. Buddha. Y la suya en
nuestras mentes. Mahoma. Y la suya en nuestros cuerpos. Y los
tres no son más que uno. (Terzaga: 1916: 106).
Un Himno a la vida:
Cerca ya de los cincuenta
se empeña la lucha: defenderse de los recuerdos y soltarse a la
vida para tomarla en la integridad de su azul y de su sol. Sin
eso que llaman fe, y sin lo otro que llaman esperanza, vivir. La
invitación a la vida es infinita, y su llamado inmediato, sin
lecciones, sin deberes, sin recetas, sin mayores cosas ni casos
de conciencia. Muy respetable el señor Buddha; muy respetable el
señor Mahoma; muy respetable el señor Jesús...¡Pero que me dejen
pasar! ¿Que me voy a morir y es menester un asidero póstumo? Que
venga la muerte sin asidero ninguno, como fin necesario y
natural de mi zarandeada existencia. Ella será mi premio:
descansaré. Ni el señor Buddha, ni el señor Mahoma, ni el señor
Jesús podrán hacer que sea de otra manera. A bailar, pues, el
bello y trágico baile de la vida. (La música la pongo yo. Cada
cual le pone a la vida su propia música). Ya lo ve Vd., mi
querido e inolvidable Leopoldo, como, oliendo a miedo, me doy
cuerda para vivir, logrando, para equilibrio de mi ánimo, hacer
de mis zigs- zags otras tantas verticales. ¡La vida! ¡Qué bella
que es! No hay estupidez que logre afearla. No hay maldad que
pueda hacerla aborrecible hasta el extremo de no desearla. ¡Viva
la vida, Leopoldo!...Terzaga. Octubre de 1931.(Terzaga: 1916:
92).
Esa carta fue redactada un mes
antes de la muerte de su autor.
El 11 de octubre de 1929 les había
escrito a los Durán: “Madre Catalina, Leopoldo, Carlos: no me olviden,
que siempre me hará bien, como un envío al corazón, el recuerdo de todos
Vds. ¿Mi vida? La de siempre: amar, aborrecer, holgazanear, vagar,
putear, vivir. Viva la vida, viva el combate, viva el dolor” (Terzaga:
1916: 87; 89).
Aunque en las citas anteriores
aparecen rasgos teosóficos, hemos preferido ubicarlas dentro de una
tendencia sincretista. Su adhesión a la teosofía muestra perfiles más
profundos, más interiores y nunca prestó una adhesión externa que
supusiera un acatamiento disciplinado a una organización, eso no estaba
en su temperamento.
Terzaga adhería interiormente a la
teosofía, admitiendo los principios esenciales de la doctrina esotérica,
según la cual “el espíritu es la sola realidad y la materia su expresión
interior, cambiante, efímera”. La gnosis, o mística racional de todos
los tiempos, es el arte de encontrar a Dios en sí, desarrollando las
profundidades ocultas, las facultades latentes de la conciencia.
En sus Cartas, Terzaga habla del
consuelo que significaron para él, luego de la muerte de su primera
esposa, algunas obras teosóficas como “Luz en el sendero”, “Por las
puertas de oro” y otras:
Sí, amigo mío, aún hay
obras consoladoras y sanas que leer en esta época. De mí sé
decirle que me he refugiado en la casa de la esperanza. He
creído y sigo creyendo, por ejemplo, en la profundidad de un
Emerson, o en la santidad de un Tolstoi. Hoy, más que nunca se
habla mucho de arte y de belleza, pero...¿Dónde está la salud
del alma? ¿Quién y qué cosa nos darán a beber el agua única de
que estamos terriblemente sedientos? ¡Benditos los libros como
ese de Schuré, que nos traen un poco de luz y nos enseñan a
morir!...
En una suerte de pesimismo radical
Terzaga solía decir: “Soy contradictorio, vehemente, abúlico,
desorientado, inútil para la lucha por la vida, lleno de exabruptos,
herido desde niño en el alma por no sé qué mal misterioso, doloroso,
vago, sin nombre...” ¡Inútil para la lucha por la vida! Ese era en gran
parte su drama, acaso de vinculaciones karmánicas. No pudo ganarse la
vida con la pluma, no tenía habilidades manuales o comerciales.
Se le escuchó decir: “¡Paradoja soy
¡ Estremecida, enturbiada, sangrienta, viva paradoja”. Julio Carri Pérez
escribe en el diario El Pueblo el 31 de marzo de 1917:
Tiene robusto el talento y
rico el corazón, sabe pensar y sabe sentir pero le falta el
optimismo decisivo que endereza la voluntad e inflama el
entusiasmo...¡Lástima que un artista y pensador del coturno de
Terzaga, no tenga una visión más amable y alentadora de la
vida!...Tal vez de tanto sondear el misterio sin encontrar las
soluciones definitivas, Terzaga ha cedido a la presión del
pesimismo...Mas no es el pesimismo conturbador y sombrío con que
se inficionaba Schopenhauer...Es más bien un pesimismo doloroso,
acerbo, superior a su voluntad. De todos modos, su literatura
resulta generosa y cordial...Por ahí nos deja una impresión de
punzante incertidumbre, de amargura y de duda, pero siempre es
comprendida. Ya dijo Rodó, con soberana eficacia, que sólo la
máscara o la estatua tienen una expresión inmutable.
Terzaga escribía en 1918: “No tengo
sino un solo respeto sin dudas: Nuestro Señor Jesucristo”. Y en 1921:
Leo mucho, batallo lo que
puedo y no creo en nada [...] a no ser en Dios y en Lenin y
agrega: a estas coincidencias explica, aunque con un poco de
complejidad, la Teosofía... Como lo que menos tengo es de
lógico, y sí mucho de intuitivo, creyente y aún crédulo, acato
la coincidencia sin meterme allá en las sombras de nuestras
mentes o nuestras almas, a indagar en tal caso el de dos más dos
igual a cuatro. Creyente, crédulo, intuitivo, así he vivido,
así, vivo, así viviré. Y así he de morir...(López: 1955)
Un año más tarde le escribía a
Montagne “No soy católico, aunque mi aspiración sea profundamente
cristiana. Siento el Cristo, pero no siento la Iglesia, no pertenezco a
ninguna, ortodoxa o heterodoxa. Jesús está, para mí, en los cuatro
Evangelios. Jesús y el Cristo” (López: 1955).
El Jueves Santo de 1923 le escribe
al mismo amigo: “Por supuesto que la divina semana nos ofrece
meditaciones fuera de toda ortodoxia. Pero no importa: ortodoxos o
heterodoxos vivimos todos para El. Ni la justicia, ni la verdad, ni la
belleza pueden existir fuera de sus palabras y de sus actos. Y morirse
es testificarlo. Este acto último, absolutamente involuntario, es la
puerta secreta que se nos abre a su absoluta sabiduría. Todo lo demás
carece de importancia, inclusive eso que amamos tanto y que tan
orgullosamente llamamos nuestro dolor” (López: 1955).
Andrés Terzaga, un heterodoxo de
las primeras décadas del siglo XX, representa el signo de una rica,
aunque embrionaria vida cultural en una pequeña ciudad de la pampa
argentina.
Bibliografía del autor
-
Líneas. Buenos Aires:
Ediciones Mínimas. Cuadernos mensuales de
Ciencias y Letras, 1916.
-
Cartas a un amigo. Nota preliminar de
Leopoldo Durán. Buenos Aires: Leopoldo Durán, 1944.
-
Exordios. Buenos Aires: Leopoldo Durán,
1954.
-
Correspondencia. Buenos Aires: Leopoldo
Durán, 1957.
-
Revista
La Nota “Lineas” en pp. 688, 910, 1427. Buenos Aires, 1916.
-
Revista
El Ideal 1, 6 , 7, 8, 9, 13, Río Cuarto 1920.
-
Diario
El Pueblo 31 de marzo de 1917.
Bibliografía
sobre el autor
-
Gálvez, Manuel. Recuerdos de la vida literaria. Amigos y maestros
de mi juventud. Buenos Aires: Kraft, 1944.
-
Isaguirre, Omar. La Calle. Páginas dedicadas a Andrés Terzaga.
1 de agosto de 1982.
-
López,
Andrés. Revista del Viajante. Río Cuarto: 1955.
-
Martínez Cuitiño, Vicente. El Café de los Inmortales. Buenos
Aires: Kraft, 1949.
Carlos Pérez Zavala
Revisión Técnica: Adrián Celentano
Actualizado, julio 2005
| © 2003 Coordinador General Pablo
Guadarrama González. El pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana. Coordinador General para Argentina, Hugo Biagini. El pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de
2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez. |
© José Luis Gómez-Martínez
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