El
pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana: Argentina
"Gino Germani ante la condición humana"
Martina Casullo
Datos Biográficos
Nació en Roma en 1911. Estudió
Ciencias Económicas en la Universidad de esa ciudad. La cárcel y el
confinamiento en la isla de Ponza fueron los lugares que el fascismo le
asignó ante lo que prefirió el exilio. A fines de 1934 se traslada a la
Argentina donde completó la carrera de Filosofía en la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Entre 1942
y 1946 fue encargado de investigaciones en el Instituto de
Investigaciones de esa Facultad bajo la dirección de Ricardo Levene.
Fue miembro de la Comisión
Asesora de Demografía que preparo el IV Censo Nacional. Ejerció
funciones docentes en la Facultad de Filosofía y Letras de la
Universidad de Buenos Aires, en el Instituto de Sociografía y Planeación
de la Universidad Nacional de Tucumán y en la Universidad Nacional de La
Plata. Durante la dictadura no tuvo conexiones con la Universidad pero
dictó regularmente clases de Psicología Social y Sociología en el
Colegio Libre de Estudios Superiores. Creo en 1957 la Carrera de
Sociología en la Universidad de Buenos Aires, dirigió el Instituto de
Sociología y fue el primer director del Centro de Investigaciones en
Estructuras Sociales Comparadas del Instituto Torcuato Di Tella.
En 1966 a causa de la
intervención militar al mando del General Onganía acepta el cargo de
profesor de estudios latinoamericanos en la Universidad de Harvard en
Estados Unidos donde logra un lugar destacado entre lo especialistas en
sociología de la modernización. Se jubiló en 1979, año en que vuelve a
Roma y fallece.
Ha publicado numerosos
trabajos en el país y en el exterior sobre Morfología Social, Psicología
Social y Metodología de la Sociología (Jorrat).
La condición humana: Sociedad
e individuo
Las reflexiones de Gino
Germani sobre la condición humana están íntimamente relacionadas a la
situación política que lo llevó a exiliarse de Italia, el fascismo y al
movimiento nazi que llevó a Hitler al poder en 1933. Al igual que muchos
intelectuales contemporáneos observaron con preocupación y sobresalto
tales actos de irracionalidad que plantaban nuevas cuestiones y nuevas
respuestas a la relación entre individuos, grupos y, en definitiva,
entre el individuo y la sociedad o las instituciones que simbolizan a
ésta.
Como bien retrata Horowitz:
“Si Theodor Adorno acertaba al señalar algunas características básicas
de la ‘personalidad autoritaria’, uno debería, por extensión, ser capaz
de identificar los rasgos de la personalidad antiautoritaria que Ana
Germani aborda en el libro consagrado a su padre [...] creo que Gino
Germani expresó esos rasgos en diversos aspectos” (2004: 11).
Fenómenos de relevancia que
tuvieron lugar en el siglo pasado, la expansión del comunismo, la
depresión económica de 1929, los regímenes totalitarios y la segunda
guerra mundial, se dieron en un contexto en el que las normas, los
valores, las expectativas y los comportamientos tendían a asegurar una
mayor diversidad y diferenciación social pero colocaban al mismo tiempo
a los individuos, los grupos y a los sistemas sociales en conflicto
frente a la deseada y buscada uniformidad social.
Como muchos cientistas
sociales de izquierda, ante la decepción y el desconcierto que provocaba
el apoyo de las masas a los regímenes totalitarios –actitud que
representará sobre todo al Instituto de Frankfurt– Germani buscará ayuda
en elementos de la psicología profunda para intentar entender este
comportamiento, centrando luego su interés en aplicar las dimensiones de
análisis para abordar el fenómeno del peronismo. Más allá de la
experiencia italiana, el autoritarismo y el totalitarismo representaban
para Germani la más alta expresión del poder estatal, reflejo del
problema de la integración tanto de las sociedades como de sus clases.
Estas expresiones sociales y políticas cuestionaban aspectos esenciales
de la sociedad moderna y amenazaban tanto el porvenir de la libertad
como el desarrollo de una personalidad autónoma, antídotos ambos de la
aparición y perpetuación de nuevas servidumbres.
La nueva sociedad de masas
ponía a éstas en situación de disponibilidad para aventuras políticas de
diverso signo, pero el problema de las masas no estaba en su presunta
brutalidad sino en su aislamiento y su falta de relaciones sociales. La
crisis no radicaba en una exacerbación del individualismo sino en una
insuficiente individuación, reducida a un efecto automático de la
diferenciación social que “ahoga al yo auténtico bajo el yo social y
transforma el ser viviente en un manojo de funciones” (Jorrat). El
proceso de individuación se reducía a un mero efecto automático de
diferenciación social pero que no proporcionaba al individuo los medios
para forjarse una personalidad sino que promovía una atomización social.
La transición presentaba entonces como problema fundamental a la moral,
al estilo de Emile Durkheim y Erich Fromm, en tanto debilitamiento de
los lazos sociales que les proporcionaban a los individuos los
necesarios sentimientos de comunión y pertenencia.
La contradicción entre
uniformidad y diferenciación que la sociedad moderna ponía en el tapete,
expresada en la aparición de las masas y el surgimiento del
totalitarismo comprometía a las Ciencias Sociales con una agenda bien
precisa. Germani se acercará al psicoanálisis reformista no sólo porque
comparte la idea de la necesidad de una renovada psicología social sino
porque como otros, estaba convencido que la respuesta ante los nuevos
interrogantes provendría de la integración del elemento humano y del
estudio de las relaciones entre fenómenos estructurales y psicosociales.
Sólo atendiendo el nivel de análisis de la interacción se lograría
interrogar y clarificar el significado cultural de determinados nexos
históricos y sus consecuencias para el porvenir de la libertad y el
desarrollo de una personalidad autónoma (Blanco, 64/69).
En el prólogo del libro
Miedo a la Libertad de Erich Fromm,
Germani postula que si bien desde fines de la Edad Media el sujeto había
logrado constituirse como entidad separada y autónoma, había
características de la estructura social contemporánea que lo colocaban
en situación de aislamiento y soledad moral. Si el individuo no lograba
una vinculación con el mundo y la sociedad basada en relaciones de
reciprocidad y la expansión plena del yo, quedaba al desamparo y en
condiciones de “presa fácil” de estructuras que por lealtades ciegas y
pérdida de libertad le ofrecían protección y membresía. Como señala
Blanco, en este tipo de vínculos Germani veía el origen de una situación
anómica de desintegración social puesto que la sociedad en formación
ofrecía sólo una individuación puramente mecánica que promovía la
uniformidad regateando los recursos indispensables para el desarrollo
de una personalidad autónoma.
Pero la nueva formación
social, la moderna sociedad de masas no sólo presentaba peligros sino
también una oportunidad. La participación social y política de amplios
sectores de la población hasta ese momento excluidos reflejaba una etapa
fundamental en la emancipación social (Blanco). Proteger y alargar los
espacios de la libertad en lo personal, en las tareas científicas y en
la labor académica, representaban los valores que guiaron sus propias
obras (Ana Germani, 151).
Escribía en 1935:
Si en el siglo XIX la
ignorancia era considerada como el peor enemigo del pueblo, ahora hay
algo peor y eso es la semiinstrucción, la enseñanza parcial y sectorial
con falsos objetivos culturales [...] Hoy el fascismo logra combatir la
cultura y la instrucción con mucha más eficiencia que las autocracias
del pasado, y las masas no son más meros espectadores sino que son los
protagonistas y los participantes más importantes de aquella coreografía
impuesta por los fascistas. (Ana Germani, “Prólogo”)
La preocupación por la
experiencia totalitaria se trataba más de un problema moral que
ideológico, de rechazo a cualquier forma de opresión. Germani comprendió
muy bien que: “...no estamos simplemente encerrados en un mundo de
continuidades y discontinuidades intelectuales, sino más bien
enfrentando políticas alternativas bastante prácticas y dolorosas sobre
si debemos avanzar, detenernos o retroceder (Jorrat, 246)
Ciencia y Sociología
La sociedad de masas planteaba
el asombro pero también el desafío de llegar a determinadas metas que
ella misma proponía y que aún no se alcanzaban. En el pasado no había
cabida para debatir acerca de la autodeterminación y la identidad
personal dado que la gran mayoría de los individuos cumplían pautas de
tipo prescriptivo mientras que la sociedad moderna obligaba a decidir
conscientemente aquello que en el pasado estaba resuelto de una vez y
para siempre por la tradición. El hombre moderno debía entonces buscar
la contestación, la máxima autodeterminación que el nuevo tipo de
sociedad abría a la mayoría de los hombres (Gino Germani, 1958: 258).
Tenía la íntima y fuerte convicción de que la Universidad, y en
particular, la sociología eran instrumentos para la construcción de una
sociedad distinta (Ana Germani, 2004: 145).
Germani veía en la ciencia una
herramienta poderosa de emancipación. Fuertemente imbricado en el
pensamiento de Karl Mannheim coincidía en que el problema fundamental
del mundo contemporáneo era la falta de correspondencia entre el
desarrollo alcanzado por las ciencias naturales y el avance en la
tecnología y una mayor racionalidad de la vida social y moral. Las
transformaciones económicas no se reflejaban en relaciones humanas más
racionales sino todo lo contrario, su contrapartida era la aparición de
comportamientos irracionales. Ante tal estado de situación, las ciencias
sociales estaban conminadas a actuar como orientadoras de un proceso que
promoviera una reconstrucción racional de la sociedad (Blanco, 2003:
70).
Para superar el estadio de
irracionalidad que primaba en el orden social y moral era necesaria una
conciencia emancipada en la que los hombres no sólo estuvieran en
condiciones de manipular sino también de interactuar. Las condiciones
para una conciencia emancipada exigían un nivel superior de la
reflexión, la autorreflexión, mediante la cual los hombres pueden
interrumpir ese vínculo inmediato, irreflexivo, con los intereses de su
práctica:
En la medida en que
consideremos que una decisión autónoma del individuo, fundada en la
razón y en una mayor libertad en relación con las circunstancias
determinantes de tipo sociológico o psicológico, constituye un objetivo
valioso, digno de ser perseguido, por cierto hallamos en la sociología y
en las otras disciplinas alguna contestación utilizable. (Gino Germani,
1958: 265)
Germani creía que una
actividad científica objetiva y experimental comprometida con cierta
praxis social alejaría al individuo moderno de la atomización a través
de dotarlo de una nueva moral que le permitiera actuar con libertad. Las
ciencias del hombre podían proporcionar una contestación, según sus
palabras, probablemente no en términos de respuesta clara o definitiva
pero sí como una orientación del camino a seguir y de las
características generales de la estructura social más favorable a tal
propósito. También puede proveer los métodos individuales que podrían
adoptarse para lograr la liberación de la potencialidad personal de
decisión consciente y racional.
Consideraba a la planificación
como el requisito indispensable de la sociedad moderna pero su
preocupación constante giró en torno de las tensiones entre los
imperativos de esa planificación y el mantenimiento de las libertades
individuales. Intentó entonces conectar la sociología con las tareas de
una planificación social y comprometer a la ciencia con una defensa de
los valores de la cultura moderna no sin advertir los aportes negativos
que tanto la sociología como otras ciencias del hombre podían hacer al
problema del comportamiento. La cuestión del libre albedrío constituiría
para él, precisamente, un límite a la existencia de un universo social
enteramente determinado:
se mezclan aquí varios
problemas, algunos de los cuales escapan a la ciencia. Veamos
especialmente el problema del libre albedrío [...] La ciencia busca
causas, indudablemente, pero los niveles en que se ponen las dos
cuestiones –explicaciones sobre la base de causas y problemas de la
libertad humana– son muy distintos y es incorrecto mezclarlos. Por otra
parte, muchas de las proposiciones científicas son de carácter
probabilística o estadístico y esto sobre todo en la sociología. Por lo
tanto, la actitud explicativa de la sociología no puede utilizarse para
sostener sin más alguna forma de determinismo psicológico. Por otra
parte, como ya se indicó, la ciencia trata de explicar y buscar causas,
pero no de justificar”. Podemos explicar o tratar de explicar por
qué fueron asesinados seis millones de judíos en Alemania, pero tal
explicación, o sea el análisis de los mecanismos sociológicos,
psicológicos y otros que produjeron ese hecho, nada dice acerca de la
validez moral del hecho mismo.
“el relativismo metodológico
de la ciencia no puede emplearse para fundamentar el relativismo ético.
El carácter histórico y socialmente condicionado del sistema moral no
puede asumirse como fundamento del relativismo ético. No puede invocarse
para sostener la aceptación acrítica de las normas imperantes en cada
lugar y momento; no puede utilizarse como una justificación [...]. (Gino
Germani, 1968: 251/252)
Germani se proponía establecer
la forma en que las ciencias sociales podían aportar al mejoramiento de
la condición humana:
No podemos afirmar sobre la
base de los resultados de la sociología o de la antropología, que un
sistema moral es mejor que otro, pero sí conocemos algo acerca de las
condiciones más favorables para que el hombre pueda decidir basado en la
razón y con libertad sobre estas cuestiones. (Gino Germani, 1968: 264)
Disciplinas como la Sociología
y la Antropología descubrían para él, sistemas morales que muchas veces
se revelan contradictorios en sus principios y sus aplicaciones, y es la
búsqueda de encontrar una explicación a esos fenómenos donde las
ciencias del hombre deben intentar develar la estructura subyacente que
vincula entre sí las diferentes formas en que lo social se manifiesta.
No deja sin embargo, de resaltar el hecho de que de la ciencia pueden
surgir conclusiones confusas y contradictorias con consecuencias tanto
aceptables como inaceptables:
Traducir el relativismo de la
ciencia, que es un relativismo metodológico –y surge de la
necesidad de colocarse frente a los sistemas morales con una actitud
imparcial–, en un relativismo ético [...] Hay un hiato entre
ubicarse metodológicamente frente a la realidad social, y estudiarla de
manera imparcial y la afirmación de una postura no ya en el campo de la
ciencia sino en el de los valores, e inferir de la coexistencia de
sistemas de moral opuestos, vinculados con diversos sistemas sociales,
la imposibilidad de establecer una escala objetiva, universalmente
válida de valores morales [...]
Afirmar la validez de un
sistema moral tan sólo porque es histórica y sociológicamente
explicable. Aceptar todo lo que es simplemente porque es,
lo que puede traducirse fácilmente en la sumisión a cualquier sistema
por la única razón de haberlo explicado. La aceptación de esta
explicación no se funda en el conocimiento científico. Esto no autoriza
de ninguna manera para afirmar que los individuos de una sociedad deben (imperativo moral) aceptar el sistema moral allí imperante,
tan sólo porque se lo ha explicado sociológicamente. (Gino Germani,
1968: 249/250).
Integración Intelectual
Germani orienta la reflexión
sociológica hacia el presente sobre la base de una integración de
distintas corrientes intelectuales y diferentes abordajes
disciplinarios. Integró la escuela italiana del poder con la escuela
alemana de la autoridad y acompañó a su sociología política de una
psicología política fruto de su interés por las producciones del
movimiento psicoanalítico. Escapando tanto del sociologismo como del
psicologismo, se interesó en la dimensión subjetiva de la acción,
nutriéndose básicamente de la obra de Erich Fromm.
Creía que la Psicología, como
disciplina que indaga los motivos de la acción, era esencial para
intentar dar respuesta con herramientas de análisis nuevas al problema
de la racionalidad de la acción política que el advenimiento de la
sociedad de las masas y que la emergencia del totalitarismo habían
tornado problemática.
En palabras de Irwing Horowitz
Germani:
Era refractario de las
teorizaciones en el vacío y al espíritu del sistema. Del mismo modo,
rechazaba las ortodoxias de escuela y sólo cometiendo un abuso se pudo
ver en él a un “funcionalista”. Sus raíces no se hunden en la tradición
sistemática, que en los años sesenta quería decir Parsons, sino más bien
en esa sociología histórica como podría entenderla hoy un Mannheim.
[...] Generalizaba y formulaba modelos, como es tarea del sociólogo,
pero los circunstanciaba, advirtiendo que su verdad es hija del tiempo y
del espacio y que el espectáculo del mundo real es siempre más complejo
que el modelo.
Como la mayoría de los
liberales antiautoritarios que sufrieron dictaduras de varios y diversos
tipos, sospechaba de la gran teoría y se resistía a una concepción
metafísica del mundo que reificaba y polarizaba el mundo social. Las
palabras sociológicas más malditas para Germani eran reificación y
polarización. La reificación intelectual, especialmente en
nombre de una gran teoría sintética, era para él no la esencia de la
imaginación sociológica sino su corrupción metafísica. (1992: 46)
Mannheim apelaba a lograr una
“democratización fundamental” a partir de del ingreso de las masas a la
vida política nacional y su interés en el psicoanálisis partía de la
íntima convicción de estudiar sistemáticamente los correlatos
psicológicos que acompañan al proceso social. Por su parte, el
psicoanálisis sui generis o “reformista” de Erich Fromm ponía a la
interacción social como el espacio único donde, a través de la
socialización, la naturaleza humana adquiere rasgos de personalidad
históricamente únicos. Su propósito era sacar a la luz el carácter
histórico y socialmente determinado de las formas de conciencia social.
Como señala su hija Ana,
Germani se proponía dar a las ciencias sociales un carácter
sociopsicológico donde la convergencia entre la sociología y la
psicología formaba parte de un proyecto político cultural que buscaba
conectar el desarrollo de las ciencias sociales con un programa de
intervención práctica sobre el mundo social. Desde esta perspectiva,
ningún otro intelectual o psicólogo cumplió como él un papel de
importancia en relacionar a las ciencias sociales con el psicoanálisis a
través de la traducción y difusión de dichas escuelas de pensamiento.
Fue también uno de los pocos sociólogos que incorporó de manera
sistemática la dimensión psicosocial tanto en las lecciones
universitarias como en su producción teórica.
Hay también una fuerte
influencia en el pensamiento de Germani de cierta producción intelectual
de algunos de los miembros del Instituto de Frankfurt. No hay duda de la
repercusión que tuvo la investigación de Theodor Adorno sobre la
Personalidad Autoritaria. Germani estaba interesado en imprimirle esos
procedimientos a la sociología pero su relación con el Instituto no fue
meramente formal-metodológico sino enteramente político-ideológico. Esto
unido a la figura de Karl Manhheim que representaba al marxismo
heterodoxo y aunque diferente a la del Instituto de Frankfurt,
expresaban una renovación de la tradición marxista y la necesidad de
prestar una mayor atención a la subjetividad (Blanco, 1999: 95/116).
disciplinaria específica ni
una tradición cultural determinada, por el contrario, revela la
existencia de un diálogo con diversas tradiciones intelectuales como la
escuela de Frankfurt, el culturalismo, el psicoanálisis reformista, el
racionalismo crítico, el neopositivismo y el interaccionismo simbólico.
Integra así también en este diálogo a la antropología, la teoría
política y la psicología social. El análisis de la actividad editorial
de Germani, rigurosamente trabajado por Alejandro Blanco, contribuye
también a reconsiderar una representación bastante corriente que pone a
Parsons y el estructural funcionalismo como base fundamental de la
producción intelectual de Germani (Blanco, 1999: 46-47).
En este sentido, para Leopoldo
Allub, Gino Germani es padre fundador del paradigma socio-histórico en
la Argentina. Desde éste se proponía integrar en un marco unitario los
procesos individuales y sociales, la estática o equilibrio con la
dinámica o cambio, la diacronía con la sincronía (Allub, 1998).
Desde esta perspectiva, su
mirada de la sociedad no la hacía con los mismos prismas de Dukheim ya
que consideraba que ésta no podía ser visualizada como un mero agregado
de elementos individuales ni tampoco como una entidad nueva, la sociedad
debía representarse como un sistema de relaciones e interacciones que
produce cambios en el individuo y que, a su vez, modifica el todo
valiéndose de las mediaciones culturales. Asimismo, se diferenciaba del
funcionalismo convencional –que enfatiza la noción de que los diferentes
aspectos de la realidad social tienen tendencia a desenvolverse
siguiendo patrones congruentes entre sí– pues afirmaba que cada época
histórica tenía una fuerza específica que crea el cambio fundamental, el
cual, a su momento, pone en movimiento otros cambios (Allub, 1979:
145-147).
Si bien Germani insistía,
desde lo que llamó la “sociología científica”, en que las afirmaciones
científicas sobre la realidad deberían ser sometidas a algún tipo de
prueba independiente y objetiva para poder ser consideradas científicas
y, esto las asemejaba a las de las ciencias naturales en tanto búsqueda
de leyes de uniformidad –y denota cierto tinte positivista–, en las
ciencias sociales el componente central es la libertad. En su visión de
la causalidad fue enemigo de los sistemas cerrados y un ardiente
defensor de la libertad y el indeterminismo. En la plenitud de su
madurez intelectual en la Universidad de Harvard, se lo ve con mayor
nitidez como un exponente de la sociología del conflicto al que
consideraba como un hecho social endémico que debía institucionalizarse
para asegurar la continuidad de las organizaciones sociales (Allub,
1979).
Coincidimos con Alejandro Blanco en que no se puede
afirmar que Germani fue el inventor de la sociología en Argentina ya que
ésta tenía una larga tradición desde principios del siglo pasado cuando
su enseñanza fue introducida en las universidades y, cuando en los años
40 y 50 Ricardo Levene y Alfredo Poviña habían establecido sus bases
organizativas creando el instituto, una revista y formando las primeras
asociaciones profesionales. Sin embargo, sí se puede remarcar que frente
a una producción limitada al examen de las ideas sociológicas, fue
Germani quien colocó a la sociedad en el centro de las inquietudes
comprometiendo a la disciplina con cuestiones que ocuparon el debate
público. Tampoco fue el inventor de la investigación empírica pero fue
por su intermedio que ésta adquirió carta de nobleza en la
enseñanza universitaria. Rescatándolo como “ejemplar” de interpretación
sociológica de un fenómeno, Blanco retrata a Germani, a nuestro
criterio, de manera única y clara:
Empirista, funcionalista,
cientificista, psicologista...Fue todas
esas cosas distintas y hasta contradictorias a la vez. El principio de
no contradicción puede fácilmente predicarse de un conjunto de
proposiciones, pero difícilmente de una trayectoria intelectual.
(Blanco, 2004:13)
Germani llega a la Argentina
en una época de transición para el país y en sus obras reflejará esa
visión de una sociedad en una etapa de cambio; la transición de la
sociedad tradicional a una sociedad de masas; las transformaciones
tecnológicas, sus consecuencias y el proceso de migraciones internas
(desde las comunidades rurales a la ciudad) como correlato directo; la
dimensión de los fenómenos subjetivos frente a los desajustes producidos
por dichas migraciones, siendo un foco de conflicto par el cambio la
nueva familia que debería abandonar pautas tradicionales para adoptar
las modernas.
En su análisis de los efectos
en el campo intelectual frente al gobierno de Perón, frente a las
movilizaciones en el campo de lo político, Silvia Sigal destaca a
quienes apoyados en los desarrollos de las Ciencias Sociales muestran
una nueva identidad. Para la Sociología, Gino Germani sostenía que
“debía comenzar desde cero”, abandonando las viejas metodologías y
adoptando lo nuevo proveniente del marco internacional. En un momento en
el que se profundizaba el diálogo que la sociología europea y
norteamericana iniciaron en los años 30’ y que se intensificara en la
posguerra, Germani se orientó a esta formación de un estándar
internacional de la disciplina integrando el refinado tratamiento de la
información estadística a sus inquietudes intelectuales en tanto
filósofo de la historia. Entre los años 1950 y 1955, se producía un
resurgimiento de la sociología en Europa que otorgaba a los
intelectuales el nuevo papel de iluminar “no con ilusiones sino con
utopías concretas y proyectos simples derivados de las necesidades
cotidianas de la sociedad” (Orvietto Pinto en Sigal).
Esta tarea, el joven Germani
la inicia en un ambiente cultural fuertemente hostil a la sociología
moderna. Si bien la disciplina estaba ya institucionalizada desde mucho
tiempo atrás en las universidades argentinas después de 1930, y bajo el
impacto de la reacción antipositivista, soportaba un proceso de
declinación y agotamiento, sobre todo en sus aspectos empíricos pues la
investigación por los hechos brillaba por su ausencia (Vitiello,
1992: 58-63).
Así, Eduardo Devés Valdés
señala que:
una de las características
más importantes de las ciencias sociales en América Latina ha sido su
capacidad de reflexionar sobre sí mismas, de explicitar métodos,
objetos, temas, paradigmas, posiciones y escuela. Los trabajos de los
años 50 ya apuntaban a la constitución de estas disciplinas, y es una de
las estrategias destacar su quiebre u oposición a lo que llamaban la
“etapa precientífica”, que retratan mostrando las limitaciones, a la vez
que proponiendo los quiebres epistemológicos necesarios, según los
propios tratadistas: Gino Germani, Luis Costa Pinto, Luis Fuentealba e
incluso Rafael Caldera. (2003: 39)
En su estudio sobre el
emprendimiento editorial de Gino Germani Alejandro Blanco destaca:
[...] además de ser éste uno
de los emprendimientos editoriales más importante en el campo de las
Ciencias Sociales, Germani pone en juego dos operaciones diferentes: Por
un lado, construye una nueva agenda sociológica que gira alrededor del
debate sobre la sociedad de masas y su relación con el totalitarismo y
el porvenir de la democracia. Por otro lado, desplaza la reflexión
sociológica de su vocabulario más específico para inscribirla en el
contexto más amplio de las ciencias sociales. (Blanco, 2003: 46)
Modernización, Movilización
y Marginalidad
Autoritarismo, modernización,
marginalidad, movilización y participación política, estructura social,
estructura de clases, estratificación y movilidad social son algunos de
los conceptos que han quedado incorporados al vocabulario de la ciencias
sociales y Germani tuvo mucho que ver en esto. Para Horowitz,
Modernización, Movilización y Marginalidad son los tres pilotes de su
obra (1992: 44).
No le interesaba el proceso de
modernización en sí, sino la serie dada de los procesos que podía
estudiar en la región latinoamericana. El proceso de “europeización” que
se produjo con las revoluciones industriales y liberales y que
comprometió al mundo entero adoptó a partir de la posguerra el nombre
más discreto de “modernización”. El tema de los ensayos de Germani versa
sobre estas particulares transformaciones y las formas que adoptaron en
el subcontinente latinoamericano.
Germani ve a la modernización
como la piedra de toque del siglo XX. La noción de modernización de
Germani es mucho más amplia –y política–. Tiene que ver con cómo una
sociedad puede encarrilar la tecnología hacia fines distintivamente
políticos y enlazar la ciencia con fines distintivamente económicos.
La emergencia, a partir de los
años cincuenta de los problemas del Tercer Mundo, condujo a despertar el
interés por el cambio social. La noción de autoritarismo burocrático,
abrazada a la de modernización, le dio a Germani una comprensión
especial, no solamente de Argentina sino del Tercer Mundo como un todo.
La modernización para Germani fue un problema de sistemas políticos, no
de atraso económico.
Para Eduardo Devés Valdés,
Gino Germani fue el autor que con mayor fuerza se refirió a la
“sociología de la modernización”, fijando una serie de criterios para
definir su propuesta teórica. Según el autor, la sociología de la
modernización de Germani alude en primer lugar a la transición desde un
sistema tradicional a uno moderno, y está destinada a estudiar estos
procesos en los lugares en que se iniciaron con retardo, cuestión que
por su parte se articula con el fenómeno de la dependencia. Germani
define a la modernización a partir de una serie de pautas relativas a la
población y tasas vitales, urbanización, cambio en las estructuras
sociales y culturales y marginalidad, entre otras. Estas pautas no se
modificaron de manera idéntica en todas las sociedades, ni
simultáneamente dentro de un mismo sistema. Ello evidentemente tiene que
ver con factores de especificidad histórica, cultural y de interrelación
étnica.
A partir de una
conceptualización de lo que es la modernización en el sentido económico,
político y social, estableciendo una serie de indicadores mensurables,
le interesa fijar las etapas de ese proceso en América Latina. A la vez,
destaca que la modernización no es simplemente la acumulación de tales
indicadores sino que “la característica distintiva de la sociedad
moderna reside en su permanente incorporación de mecanismos adecuados
para originar y absorber un flujo de cambio continuo, al tiempo que
mantiene un “adecuado” grado de integración. Insiste en esto último
señalando que “la modernización no es el hecho del cambio continuo, sino
su legitimidad en términos de expectativas institucionalizadas y
actitudes internalizadas, a la vez que la capacidad de originarlo y
absorberlo”. Para ello es necesario que se dé un desarrollo
económico autosostenido así como un cambio social y político también
autosostenido (Devés, 2003: 56-57).
La noción de movilización
también deriva de las condiciones imperantes en Italia y la Argentina, o
que al menos se desarrollaron allí al máximo debido a que ambas eran
sociedades tanto en proceso de modernización como de movilización.
Distinto de Brasil y Alemania, la movilización de masas en Italia y
Argentina alcanzó y permaneció en un nivel alto. Cómo la modernización
alimenta la movilización y, a su vez, cómo la movilización provee
estímulos al proceso de modernización, constituyen la interacción básica
en el núcleo de la sociología política; son la característica
fundamental del trabajo de Germani.
Hay nociones bien difundidas
de la masa como parte de una vanguardia socialista, no menos que las
definiciones de un proletariado con conciencia de clase. Pero Italia y
Argentina representaban fenómenos de una masa conservadora inspirando a
elites innovadoras. Germani mira a este proceso cuidadosamente, más bien
precavidamente, porque la movilización no simplemente conduce a una
teoría del socialismo revolucionario, sino que en la misma medida ayuda
a explicar el fascismo reaccionario. Ayuda a dar cuenta de mucho del
siglo XX: la experiencia política totalitaria en una variedad de ropajes
económicos.
La marginalidad, es una
función de la fragmentación de las clases sociales en el mundo moderno.
No solamente tiene que ver con la noción de estar afuera de las clases
fundamentales; es una característica principal del sistema de
estratificación dentro de una sociedad total desprovista de un centro.
En este sentido la marginalidad caracteriza el marco societal del Tercer
Mundo, donde la alineación y la anomia se colectivizan.
Mientras que la marginalidad
se convirtió en típica de la sociedad moderna, típica de la forma en que
la gente posindustrial sobrevive, la movilización, por su parte, fue la
expresión pública del síndrome autoritario y, en sentido contrario, su
expresión privada. El elemento privado en la marginalidad está
íntimamente ligado a la condición psiquiátrica. La marginalidad se
convirtió en la teoría general de las clases sociales alienadas, la
teoría de la forma en que la movilización cedió su identidad privada al
control pública. La privatización devino lo opuesto de la socialización:
ambas expresaban las formas en que lo público y lo privado se oponían.
La sensibilidad modernizadora no se preocupa solamente por la
innovación, o por las cosas nuevas en aras de una estética original,
sino que más bien se interesa, por un lado, en un mecanismo de
integración de las clases sociales marginales y, por otro lado, en la
movilización con fines políticos de amplios sectores sociales.
La “secularización” –que
derivó de Howard Becker– recibió de Germani una elaboración original.
Era para él un trend plurisecular en la historia de las
sociedades occidentales, en el que se resume su particular
susceptibilidad al cambio social, a la especialización, a la acción
colectiva. Se trata de un ethos que, ejerciéndose en la esfera
del conocimiento científico, de la tecnología y de la economía, ha
originado la sociedad moderna, es decir una “nueva especie” de sociedad.
El representa el “principio dinámico” y el “núcleo universal” del
complejo cultural industrial moderno.
También ha incorporado algunas
cosas nuevas que hoy otros usan con ventaja: se trata de la teoría de
los “ciclos de movilización social”. Estos se inician a partir de una
ruptura del estado de integración de los grupos y sectores, dentro de
una sociedad dada. Tales perturbaciones modifican las condiciones de
vida tanto de las masas como de las elites, tornándolas subjetivamente
disponibles y objetivamente movilizables, aunque no siempre bajo formas
políticas.
El concepto de ciclo de
movilización ha permitido a Germani desarrollar penetrantes análisis del
autoritarismo político en las sociedades en curso de modernización, que
emergen de la literatura, tan amplia cuanto repetitiva, sobre el
fenómeno del fascismo.
El fenómeno fascista
representa según Germani, una de las soluciones posibles a los
conflictos que amenazan un ordenamiento social dado, particularmente
agudos en períodos de gran transformación. Representa la clausura típica
de ciclos de movilización típicos, basada sobre la desmovilización de
las clases subalternas.
En los últimos años se
preocupaba y se interrogaba con mayor frecuencia sobre el futuro de las
sociedades modernas “secularizadas”. La expansión de la libertad y del
proceso de “individuación”, era una dinámica acumulativa que generaba
una creciente diferenciación institucional, un incremento en el
pluralismo de valores y una creciente aceleración en los cambios. En
esta ascendente “secularización” veía una amenaza al fundamento mismo
de la sociedad posindustrial, a su núcleo de valores y normas aceptadas
que H. Lasky llamaba “el acuerdo sobre los fundamentos”. A Germani le
parecía que el principio dinámico de la historia universal procedía
velozmente hacia su destrucción. Lo cual de ningún modo podía alegrarlo.
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Notas
Como bien señala y
analiza Alejandro Blanco, hay aquí una clara influencia de las
ideas de la Escuela de Frankfurt respecto del problema del
predominio de una racionalidad instrumental y de la necesidad de
una ciencia social que apuntara a la transformación de la praxis
social de carácter emancipatorio. La mera racionalidad formal
privaba a los individuos de formas de integración “orgánicas” a
la sociedad. Pp. 115-116.
Martina Casullo
Universidad de Palermo
Actualizado, noviembre 2006
| © 2003 Coordinador General Pablo
Guadarrama González. El pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana. Coordinador General para Argentina, Hugo Biagini. El pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de
2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez. |
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